Cuando la voz se despidió, llegaron los policías.
Lorena no opuso resistencia cuando le pusieron las esposas. Esta vez no gritó, no forcejeó. Su expresión era la de alguien que ya lo había perdido todo.
Susana, aún temblando, sostuvo la mano de Rodrigo con fuerza.
—Rodrigo… aguantá. La ambulancia está por llegar. Por favor, no te rindas —suplicó con la voz quebrada.
Rodrigo apenas pudo mover los labios. Su voz era apenas un susurro:
—Perdoname, Susana… Esto… esto era lo que te debía. Mi deuda de