Mundo ficciónIniciar sesiónEn un mundo donde todo tiene un precio, ella pensó que solo estaba vendiendo su tiempo. Él decidió comprar su vida. De día, Laura Castillo es una estudiante de Economía que hace malabares para pagar el alquiler y las asfixiantes facturas médicas de su madre. De noche, se transforma en "Lara", la joya más codiciada de La Cámara Roja, un club de lujo para hombres de élite. Las reglas de Laura son estrictas: cero apegos, cero nombres reales, y el control siempre es suyo. Hasta que él entra en la sala VIP. Alejandro no es un cliente más. Es un hombre de negocios implacable, frío y letal, que no está acostumbrado a pedir, sino a tomar. Y la ha elegido a ella. Tras despojarla de sus secretos y descubrir su verdadera identidad, le hace una oferta que no puede rechazar: exclusividad absoluta a cambio de saldar todas sus deudas. Lo que comienza como un salvavidas financiero pronto se convierte en una jaula dorada de sexo, poder y dominación psicológica. Alejandro exige un control que Laura se resiste a entregar, desatando una guerra de voluntades donde la química es tan tóxica como adictiva. Sin embargo, el verdadero peligro no está en la cama de Alejandro, sino en el mundo que él oculta. Cuando Laura descubre quién es realmente el monstruo con el que duerme y los enemigos que lo acechan, intentar huir podría costarle la vida. Atrapada entre el fuego cruzado y una atracción prohibida, Laura tendrá que tomar la decisión más peligrosa de su existencia: correr... o aprender a jugar con el diablo. «Esto no ha hecho más que empezar».
Leer másEl contraste entre mis dos vidas siempre empezaba en los pies.
A las seis de la tarde, me descalzaba unas zapatillas Converse gastadas cuya suela apenas me protegía del asfalto de la ciudad. A las nueve de la noche, deslizaba mis pies en unos tacones de aguja de doce centímetros que costaban más que la matrícula de todo mi semestre en la universidad.
Me miré en el espejo rodeado de bombillas del vestidor de La Cámara Roja, el club privado más exclusivo y discreto de la ciudad. La chica del espejo no era Laura, la estudiante de Economía que sobrevivía a base de café barato y fideos instantáneos, preocupada por llegar a fin de mes y pagar las facturas médicas de su madre. La chica del espejo era "Lara". Sofisticada, inalcanzable, envuelta en un vestido de seda negra que se adhería a mi piel como una segunda intención. Un producto de lujo para hombres que creían que el dinero podía comprarlo absolutamente todo.
Y hasta esa noche, yo también creía que solo era una transacción.
—Lara, te toca —la voz de Madame Corine me sacó de mis pensamientos. No era una proxeneta de calle, era una mujer de negocios impecable. Me pasó un dedo por el tirante del vestido, asegurándose de que todo estuviera en su sitio—. Sala VIP 3. Un cliente nuevo. Ha pagado por exclusividad toda la noche. Solo quiere hablar, por ahora. No la cagues, este no es de los que perdonan.
Asentí, forzando esa sonrisa enigmática que había perfeccionado durante el último año. Una sonrisa que prometía todo y no entregaba nada. Salí del vestidor y el sonido amortiguado del jazz y el clinking de las copas de cristal de bacará llenaron mis oídos. El aire olía a perfume caro, a puros importados y a testosterona contenida.
Caminé por el pasillo enmoquetado hacia la zona VIP. Mi pulso era constante. Había lidiado con políticos arrogantes, empresarios narcisistas y herederos aburridos. Sabía cómo jugar al ajedrez con el ego masculino. Solo tenías que hacerles creer que ellos tenían el control, mientras tú dictabas los tiempos.
Empujé la pesada puerta de roble de la sala 3.
El ambiente estaba sumido en una penumbra calculada. Solo la luz tenue de una lámpara de pie iluminaba la mesa de caoba del centro. Y allí, sentado en el sofá de cuero Chesterfield, estaba él.
No me miró inmediatamente. Estaba concentrado en el líquido ámbar de su vaso de whisky, girándolo lentamente. Llevaba un traje oscuro, a medida, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Su postura era relajada, pero era la misma relajación que tiene una pantera antes de saltar sobre su presa.
—Buenas noches —mi voz salió aterciopelada, una octava más baja de lo normal—. Soy Lara.
Él detuvo el movimiento de su vaso. Levantó la vista y el aire de la habitación pareció evaporarse.
Tenía unos ojos oscuros, fríos, de una intensidad que me golpeó físicamente. No había lujuria en su mirada, ni el hambre desesperada que solía ver en los hombres de este lugar. Lo que vi fue cálculo. Me analizó de arriba abajo en un segundo de reloj, y sentí que me había desnudado, no solo de la seda negra, sino de todas mis mentiras.
—Siéntate, Laura.
El sonido de mi nombre real —mi verdadero nombre— saliendo de sus labios me paralizó. Nadie aquí sabía cómo me llamaba. Corine era fanática de la seguridad. Mis papeles estaban blindados.
Tragué saliva, obligando a mis piernas a moverse hasta el sillón frente a él. Crucé las piernas, manteniendo la espalda recta, negándome a mostrar el temblor de mis manos.
—Creo que hay un error. Me llamo Lara —respondí, manteniendo el contacto visual.
Él dejó el vaso sobre la mesa de caoba. El sonido del cristal contra la madera sonó como un disparo en el silencio de la sala. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, invadiendo mi espacio personal sin siquiera tocarme.
—Laura Castillo. Veintidós años. Estudiante de último curso de Economía. Tienes un examen de macroeconomía el jueves a las nueve de la mañana, y el alquiler de tu piso en el barrio de las Delicias vence en tres días. —Su voz era grave, tranquila, sin una gota de amenaza evidente, lo cual la hacía mil veces más aterradora—. No me gusta perder el tiempo con juegos de nombres falsos, Laura. Mi nombre es Alejandro. Y esta noche, no he pagado por 'Lara' la escort. He pagado por ti.
Mi estómago se contrajo. El instinto de supervivencia me gritaba que me levantara y saliera corriendo por esa puerta de roble. Pero mis pies estaban clavados al suelo. Él emanaba un poder absoluto, denso, casi asfixiante.
—¿Qué quieres? —La fachada de cortesía profesional se derrumbó. Ya no era Lara. Era yo, arrinconada.
Alejandro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa afilada.
—Quiero ver de qué eres capaz cuando te quitas el disfraz —murmuró, su mirada clavada en la mía—. Me han dicho que eres la mejor de este club manejando el control de la situación. Bien, Laura. Intenta controlarme a mí.
El juego había empezado. Y por primera vez desde que entré en este mundo de luces y sombras, me di cuenta de que no conocía las reglas.
El zumbido de los bajos hacía vibrar las vigas de acero de la nave industrial abandonada, un latido gutural que se colaba por la suela de mis botas y me subía por las piernas hasta instalarse en el centro del pecho. Habían pasado apenas tres semanas desde la amenaza de la reina negra partida por la mitad, y en ese tiempo, mi antigua vida se había desintegrado por completo para dar paso a la maquinaria de mi nuevo imperio.Me encontraba de pie en una pasarela metálica, observando el caos controlado que se desarrollaba cinco metros más abajo.La fachada legal ya estaba operativa. La había bautizado como Productora Vórtice, una agencia de entretenimiento con una identidad visual de lujo decadente que yo misma había diseñado. Sobre el papel, éramos una empresa emergente apostando por el talento urbano. En la práctica, éramos la lavandería de dinero en efectivo más rápida y opaca que el sur del país había visto jamás.Había estructurado un ecosistema financiero impecable. Por un lado, la v
El retroceso del arma me golpeó la palma de la mano con la fuerza de un latigazo. El estruendo resonó en las paredes de hormigón del búnker subterráneo, seguido inmediatamente por el olor a pólvora quemada; un aroma áspero y metálico que, de forma perturbadora, empezaba a resultarme más familiar que mi propio perfume.Bajé la pistola lentamente. A quince metros de distancia, la silueta de papel negro mostraba una agrupación de tres agujeros perfectos justo en el centro de la cabeza.Alejandro, que permanecía de pie a un par de metros de mí, observando cada uno de mis movimientos con una intensidad casi palpable, soltó una exhalación profunda. No llevaba camisa, solo los pantalones tácticos oscuros. El sudor brillaba sobre las cicatrices de su torso tras dos horas ininterrumpidas de entrenamiento cuerpo a cuerpo y tácticas de evasión.—Tu pulso ya no tiembla —constató, acercándose a paso lento. Su voz grave rebotó en la acústica del sótano—. El miedo te hacía dudar ayer. Hoy, la ira te
El sol de la mañana bañaba los inmensos jardines de la finca con una luz dorada y engañosa. A través del ventanal del pasillo, el paisaje parecía un paraíso renacentista, pero las patrullas armadas que cruzaban el césped cada quince minutos me recordaban la verdadera naturaleza de aquel lugar.No era un santuario. Era una fortaleza.Caminé hacia el ala sur, donde se encontraba la habitación de mi madre, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. La adrenalina de la noche anterior en La Cámara Roja había desaparecido, dejando tras de sí una resaca emocional abrumadora. Volkov estaba muerto y el tablero estaba limpio de amenazas inmediatas, pero el eco del disparo seguía zumbando en mis oídos.Empujé la pesada puerta de roble sin llamar. Lo que vi me paralizó en el umbral.Mi madre no estaba en la cama descansando tras el trauma. Estaba de pie junto al armario, vistiéndose con manos temblorosas. Se había quitado el pijama de la clínica y llevaba puesto el viejo jersey de lana gastada
Me miré en el inmenso espejo de cuerpo entero del ático, pero la mujer que me devolvió la mirada ya no era la estudiante de Economía asfixiada por las facturas médicas de su madre. Tampoco era "Lara", la joya más codiciada envuelta en disfraces y sonrisas falsas. Esta noche no llevaba un vestido de seda negra que se adhería a la piel como una segunda intención. Opté por un traje sastre oscuro, de corte impecable y hombros estructurados, sin absolutamente nada bajo la chaqueta cruzada. Era una armadura diseñada no para seducir, sino para conquistar.Alejandro apareció a mi espalda, su reflejo fundiéndose con el mío. Llevaba su habitual traje oscuro a medida, sin corbata, proyectando esa autoridad gélida que hacía temblar a la ciudad entera. Sus manos grandes, aquellas que la noche anterior habían ejecutado a hombres sin dudar, se posaron en mi cintura con una delicadeza abrumadora.—Estás a punto de volver al lugar donde te compré, Laura —murmuró, su aliento acariciando mi cuello, just





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