Mundo ficciónIniciar sesiónEn un mundo donde todo tiene un precio, ella pensó que solo estaba vendiendo su tiempo. Él decidió comprar su vida. De día, Laura Castillo es una estudiante de Economía que hace malabares para pagar el alquiler y las asfixiantes facturas médicas de su madre. De noche, se transforma en "Lara", la joya más codiciada de La Cámara Roja, un club de lujo para hombres de élite. Las reglas de Laura son estrictas: cero apegos, cero nombres reales, y el control siempre es suyo. Hasta que él entra en la sala VIP. Alejandro no es un cliente más. Es un hombre de negocios implacable, frío y letal, que no está acostumbrado a pedir, sino a tomar. Y la ha elegido a ella. Tras despojarla de sus secretos y descubrir su verdadera identidad, le hace una oferta que no puede rechazar: exclusividad absoluta a cambio de saldar todas sus deudas. Lo que comienza como un salvavidas financiero pronto se convierte en una jaula dorada de sexo, poder y dominación psicológica. Alejandro exige un control que Laura se resiste a entregar, desatando una guerra de voluntades donde la química es tan tóxica como adictiva. Sin embargo, el verdadero peligro no está en la cama de Alejandro, sino en el mundo que él oculta. Cuando Laura descubre quién es realmente el monstruo con el que duerme y los enemigos que lo acechan, intentar huir podría costarle la vida. Atrapada entre el fuego cruzado y una atracción prohibida, Laura tendrá que tomar la decisión más peligrosa de su existencia: correr... o aprender a jugar con el diablo. «Esto no ha hecho más que empezar».
Leer másEl peso de un brazo musculoso sobre mi cintura fue lo primero que registró mi cerebro al despertar.No abrí los ojos de inmediato. Me quedé inmóvil, respirando el aroma a sábanas limpias, a piel cálida y al inconfundible rastro de cedro de Alejandro. Mi cuerpo entero era un mapa de agujetas sordas, un recordatorio físico y latente de la tormenta de la noche anterior. La seda roja de mi vestido debía de estar tirada en algún rincón del salón, pero aquí, bajo el pesado edredón blanco, solo estábamos él y yo.Lentamente, abrí los pesados párpados.La habitación estaba inundada por la luz dorada de la mañana. Me giré con cuidado para no despertarlo. Alejandro dormía boca abajo, con el rostro hundido en la almohada y la respiración profunda y acompasada. A plena luz del día, las tenues cicatrices de su espalda ancha eran más visibles, trazando caminos irregulares sobre su piel bronceada. Sentí un impulso irracional de trazar esas líneas con las yemas de los dedos, de preguntarle quién le h
A las ocho y cincuenta y cinco de la noche, mi reflejo en los inmensos ventanales del ático me devolvía la imagen de una extraña.La caja blanca que Alejandro había dejado sobre la cama contenía un vestido de seda roja. No era el rojo oscuro de la sangre seca, ni el rojo burdeos elegante y apagado. Era un rojo vivo, escarlata, diseñado para incendiar la retina de quien lo mirara. Se ajustaba a mis curvas con la precisión de una segunda piel, con un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto y una abertura en la pierna que rozaba la indecencia.No llevaba ropa interior. Esa no había sido una orden escrita, pero en cuanto vi la caída de la tela, supe que cualquier costura arruinaría la intención de la prenda.Estaba descalza sobre la alfombra del salón, con el corazón latiendo tan fuerte en mi garganta que casi me asfixiaba. La ciudad brillaba a mis pies, ajena a la tormenta que se estaba gestando dentro de mí.A las nueve en punto, el zumbido del ascensor privado rompió el s
El Mercedes negro se deslizó con una suavidad insultante hasta detenerse justo frente a la escalinata principal de la Facultad de Ciencias Económicas.Normalmente, mis mañanas de examen consistían en correr asfixiada desde la boca del metro, con el corazón en la garganta y los apuntes arrugados bajo el brazo, esquivando a otros estudiantes igual de estresados que yo. Hoy, en cambio, estaba sentada en el asiento trasero de un coche que costaba más que todo el edificio universitario, rodeada de un silencio insonorizado y con el leve regusto al café de Alejandro aún en el paladar.Marcos, el jefe de seguridad, apagó el motor. Era un hombre imponente, de mandíbula cuadrada, traje oscuro a medida y una mirada que escaneaba el entorno como si esperara un ataque francotirador en cualquier momento. Salió del coche y me abrió la puerta antes de que yo pudiera siquiera rozar la manija.—Señorita Laura —murmuró, ofreciéndome la mano.El aire frío de la mañana me golpeó el rostro. Dudé un segundo
Desperté desorientada, con el corazón latiendo desbocado contra mis costillas.Tardé unos segundos en procesar que el techo sobre mi cabeza no era el de mi pequeño piso en Delicias, con su mancha de humedad con forma de mapa. Era un techo alto, blanco, prístino. Y la cama bajo mi cuerpo era un océano de sábanas de algodón egipcio y edredones pesados.El pánico inicial de la noche anterior había dado paso a un agotamiento profundo, pero al girar la cabeza sobre la almohada, todos mis sentidos se pusieron en alerta.Estaba sola en la inmensa cama King Size.Las sábanas del lado izquierdo estaban revueltas y frías. Me incorporé despacio, frotándome los ojos. La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las inmensas cristaleras, tiñendo la ciudad de un tono gris azulado. Me abracé a mí misma, sintiendo el roce de la seda negra del camisón contra mi piel, un recordatorio constante de a quién pertenecía ahora.Un leve tintineo proveniente del salón me sacó de mis pensamientos.Me levanté
El vapor empañaba el inmenso espejo del baño, convirtiendo mi reflejo en una mancha borrosa y pálida.Pasé la mano temblorosa por el cristal húmedo. La chica que me devolvió la mirada me daba lástima. El agua caliente se había llevado el delineador negro, la máscara de pestañas y el labial rojo sangre que solía usar como armadura en La Cámara Roja. Sin el maquillaje, sin la laca en el pelo y sin el vestido ajustado, no quedaba rastro de la fiera e inalcanzable Lara. Solo estaba Laura. Una chica de veintidós años, con ojeras marcadas por el cansancio, los labios hinchados de mordérmelos por la ansiedad y el cabello castaño pegado a la nuca.Estaba aterrorizada. Pero también, muy en el fondo, sentía un alivio retorcido. Ya no tenía que fingir. Ya no tenía que sonreír si no quería.Sobre la encimera de mármol negro, junto a un frasco de loción masculina que olía a cedro y tormenta, Alejandro había dejado una prenda. La levanté con la punta de los dedos. Era un camisón de seda negra, tan
Cerré la cremallera de mi maleta de lona a las ocho y cincuenta y ocho de la noche.El sonido metálico resonó en las paredes de papel de mi piso en Delicias. Miré a mi alrededor por última vez. La humedad en el techo del baño, el sofá hundido que había comprado de segunda mano, la pila de apuntes de macroeconomía sobre la mesa coja de la cocina. Era un agujero miserable, sí, pero era mío. Aquí, yo era Laura. Aquí, las deudas me asfixiaban, pero nadie me decía cuándo respirar.A las nueve en punto, el teléfono vibró en mi bolsillo. Un mensaje de un número desconocido: "Baja".El estómago se me encogió. Agarré el asa de la maleta con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y bajé los tres pisos por las escaleras, sin atreverme a mirar atrás.En la calle, bajo la luz parpadeante de una farola rota, me esperaba un Mercedes negro con los cristales tintados. Parecía una bestia de acero durmiendo en medio de mi barrio obrero. Un hombre vestido con un traje oscuro, ancho de hombr
Último capítulo