El pasillo de la Facultad de Económicas olía a tiza, a café de máquina y a humedad estancada.Hasta hacía cuarenta y ocho horas, ese olor era la banda sonora de mi vida. Era el aroma del esfuerzo, de la supervivencia, de mi billete de salida de la pobreza. Pero esa mañana, mientras caminaba hacia la biblioteca con un abrigo de lana italiana que costaba más que el sueldo anual del decano, el mundo real me pareció absurdamente gris. Insípido.Detrás de mí, a una distancia prudencial pero inquebrantable, caminaba Marcos. Su presencia ya no me ahogaba tanto como el primer día; de una forma enferma, se había convertido en un ancla.Me detuve frente a la máquina expendedora, buscando en mi bolso alguna moneda suelta por pura costumbre, olvidando que en la cartera llevaba una tarjeta negra sin límite.—Vaya, vaya. Laura Castillo estrenando guardaespaldas y ropa de diseñador.Me tensé. Conocía esa voz. Era Pablo, un compañero de clase cuyo único mérito en la vida era ser el hijo de un banquer
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