El eco de sus palabras seguía rebotando en las paredes inmaculadas de la habitación.
El próximo que sangrará serás tú.
Me abracé las rodillas contra el pecho, hundida en el centro de la inmensa cama, tirando del edredón blanco hasta la barbilla. El frío que sentía no venía del aire acondicionado del ático, venía de mis propios huesos. Había sabido desde el principio que Alejandro era un hombre peligroso, un depredador de traje a medida que jugaba con vidas en La Cámara Roja. Pero una cosa era i