Mundo ficciónIniciar sesiónNormalmente, mis mañanas de examen consistían en correr asfixiada desde la boca del metro, con el corazón en la garganta y los apuntes arrugados bajo el brazo, esquivando a otros estudiantes igual de estresados que yo. Hoy, en cambio, estaba sentada en el asiento trasero de un coche que costaba más que todo el edificio universitario, rodeada de un silencio insonorizado y con el leve regusto al café de Alejandro aún en el paladar.
Marcos, el jefe de seguridad, apagó el motor. Era un hombre imponente, de mandíbula cuadrada, traje oscuro a medida y una mirada que escaneaba el entorno como si esperara un ataque francotirador en cualquier momento. Salió del coche y me abrió la puerta antes de que yo pudiera siquiera rozar la manija.
—Señorita Laura —murmuró, ofreciéndome la mano.
El aire frío de la mañana me golpeó el rostro. Dudé un segundo, pero acepté su mano para salir del coche. En el momento en que mis zapatillas tocaron el asfalto, sentí el peso de decenas de miradas clavándose en mí.
El campus, habitualmente bullicioso, pareció enmudecer a mi alrededor. Mis compañeros, los mismos que me veían comer sándwiches de máquina expendedora en la cafetería, se detenían a observar la escena. Una estudiante becada saliendo de un coche oficial con un guardaespaldas personal. El contraste era tan absurdo que sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las mejillas.
Apreté la correa de mi mochila gastada contra mi pecho, bajé la cabeza e intenté caminar rápido hacia las puertas de cristal.
Marcos no se quedó atrás. Se convirtió en mi sombra. Caminaba un paso por detrás de mí y ligeramente a mi derecha. No decía nada, no invadía mi espacio, pero su presencia era un campo de fuerza. Pude notar cómo los grupos de estudiantes en los pasillos se apartaban instintivamente para dejarnos pasar.
Nadie me empujó. Nadie me rozó con su mochila. Por primera vez en cuatro años, el pasillo de la facultad pareció abrirse ante mí como el Mar Rojo.
Me detuve frente al Aula Magna. El murmullo nervioso previo al examen de macroeconomía llenaba el ambiente.
—Te esperaré aquí fuera, Laura —dijo Marcos, cruzando las manos por delante de su cuerpo, apoyándose junto al marco de la puerta como una gárgola de granito.
—Es un examen de tres horas, Marcos. Puedes ir a tomar un café, de verdad. No voy a huir por la ventana —intenté bromear, aunque mi voz sonó tensa.
Él ni siquiera parpadeó.
—Las órdenes del señor son claras. No la pierdo de vista hasta que vuelva al coche. Suerte en su examen.
Suspiré, rindiéndome. Entré en el aula y me senté en mi sitio habitual en la tercera fila. Saqué mis bolígrafos, intentando ignorar las miradas furtivas de mis compañeros y los susurros a mis espaldas.
Cerré los ojos y me obligué a respirar hondo. Concéntrate, Laura, me dije a mí misma. Esto es lo único que es verdaderamente tuyo. Tu mente. Cuando el profesor repartió los folios, el mundo exterior desapareció. Las curvas de oferta y demanda, las tasas de inflación y los modelos económicos reemplazaron a La Cámara Roja, al ático de mármol y a los ojos oscuros de Alejandro. Durante dos horas y cuarenta minutos, volví a ser simplemente una estudiante brillante luchando por su futuro.
Terminé antes de tiempo. Entregué el examen sintiendo esa familiar descarga de adrenalina y alivio, y salí al pasillo.
Marcos seguía allí, exactamente en la misma baldosa. Al verme, asintió levemente y se apartó de la pared.
—¿Todo en orden? —preguntó.
—Sí. Creo que me ha ido bien —respondí, masajeandome la nuca, agotada.
Caminamos hacia la salida. Esta vez, las miradas no me molestaron tanto. Había algo extrañamente embriagador en caminar protegida de esa manera. Una parte oscura de mí, la misma que había despertado bajo el toque de Alejandro, se sentía poderosa. Como si el mundo no pudiera tocarme a menos que él lo permitiera.
Al salir al aire libre, un leve zumbido vibró en el bolsillo de mis vaqueros.
Me detuve en seco. El teléfono nuevo. La caja negra de Pandora.
Lo saqué con dedos temblorosos. La pantalla brillante mostraba una única notificación. Un mensaje de texto de un número sin guardar, pero sabía perfectamente de quién era.
Alejandro: ¿Ya has terminado?
Miré a mi alrededor, casi esperando ver su figura alta e imponente escondida tras algún árbol del campus, pero solo estaba Marcos a unos pasos de distancia, dándome privacidad. Desbloqueé la pantalla, sintiendo un ridículo cosquilleo en el estómago.
Laura: Sí. Acabo de salir.
Los tres puntos suspensivos de que él estaba escribiendo aparecieron de inmediato. Mi corazón dio un vuelco irracional.
Alejandro: ¿Sobresaliente o matrícula de honor?
No pude evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mis labios. Era arrogante hasta por mensaje de texto.
Laura: No seas tan seguro de ti mismo. Ha sido difícil. Pero creo que me conformaré con el sobresaliente.
Alejandro: Para ti no hay nada difícil, Laura. Eres la mujer más inteligente de esa facultad.
La frase me golpeó con fuerza. Me quedé mirando la pantalla, leyendo sus palabras una y otra vez. Nadie, nunca, me había dicho algo así. Los hombres de La Cámara Roja alababan mi cuerpo, mi boca, mi vestido. Alejandro alababa mi mente. La ambigüedad de nuestra relación me estaba volviendo loca. Me tenía prisionera, sí, pero me estaba elevando a un pedestal.
Antes de que pudiera responder, entró otro mensaje.
Alejandro: Marcos te llevará a comer al restaurante que tú elijas. Pide lo que quieras, carga todo a la tarjeta. Después, ve al ático y descansa.
La calidez de sus palabras anteriores se mezcló con la frialdad de sus órdenes directas. Era un latigazo psicológico constante. Dudé un segundo, mis pulgares flotando sobre el teclado táctil. Quería mantener las distancias, quería demostrarle que no me impresionaba su dinero, pero el recuerdo de esa misma mañana, de sus nudillos rozando mi mejilla y el olor a café, me traicionó.
Laura: Gracias por el café de esta mañana. Estaba bueno.
Apreté enviar y me arrepentí al instante. Era demasiado íntimo. Demasiado real. Me mordí el labio inferior, esperando su respuesta con una ansiedad que me apretaba el pecho.
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces. Finalmente, la pantalla se iluminó.
Alejandro: Guarda los agradecimientos para cuando estemos solos esta noche. En el vestidor hay una caja blanca sobre la cama. Tiene un vestido rojo dentro.
Alejandro: Póntelo a las nueve. Y prepárate para suplicar.
El aire se me escapó de los pulmones. Un calor pesado y oscuro se acumuló en mi bajo vientre, extendiéndose por mis venas como fuego líquido. La amenaza y la promesa en esas palabras eran tan intensas que tuve que apoyarme levemente en la pared de piedra de la facultad.
El monstruo que cuidaba de mí acababa de recordar quién era el dueño del juego. Y, que Dios me perdonara, yo me moría de ganas de que dieran las nueve de la noche.







