A las ocho y cincuenta y cinco de la noche, mi reflejo en los inmensos ventanales del ático me devolvía la imagen de una extraña.
La caja blanca que Alejandro había dejado sobre la cama contenía un vestido de seda roja. No era el rojo oscuro de la sangre seca, ni el rojo burdeos elegante y apagado. Era un rojo vivo, escarlata, diseñado para incendiar la retina de quien lo mirara. Se ajustaba a mis curvas con la precisión de una segunda piel, con un escote asimétrico que dejaba un hombro al desc