Sábanas frías y café negro

Desperté desorientada, con el corazón latiendo desbocado contra mis costillas.

Tardé unos segundos en procesar que el techo sobre mi cabeza no era el de mi pequeño piso en Delicias, con su mancha de humedad con forma de mapa. Era un techo alto, blanco, prístino. Y la cama bajo mi cuerpo era un océano de sábanas de algodón egipcio y edredones pesados.

El pánico inicial de la noche anterior había dado paso a un agotamiento profundo, pero al girar la cabeza sobre la almohada, todos mis sentidos se pusieron en alerta.

Estaba sola en la inmensa cama King Size.

Las sábanas del lado izquierdo estaban revueltas y frías. Me incorporé despacio, frotándome los ojos. La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las inmensas cristaleras, tiñendo la ciudad de un tono gris azulado. Me abracé a mí misma, sintiendo el roce de la seda negra del camisón contra mi piel, un recordatorio constante de a quién pertenecía ahora.

Un leve tintineo proveniente del salón me sacó de mis pensamientos.

Me levanté descalza. Mis pies se hundieron en la gruesa alfombra mientras caminaba por el pasillo hacia la zona abierta del ático. El olor a café recién hecho, intenso y tostado, inundaba el aire, mezclándose con el leve aroma a cedro que parecía impregnar cada rincón de esta casa.

Alejandro estaba en la cocina.

Me detuve en el umbral, oculta en la penumbra del pasillo, incapaz de apartar la mirada. Llevaba unos pantalones de traje gris marengo y una camisa blanca impecable, pero aún no se había puesto la chaqueta ni la corbata. Estaba de espaldas, apoyado contra la isla de mármol negro, sosteniendo una taza humeante mientras miraba las noticias financieras en una tablet.

La imagen era tan... normal. Tan doméstica. Contrastaba de forma brutal con el hombre peligroso y autoritario que me había acorralado la noche anterior. Esta ambigüedad me estaba volviendo loca. ¿Quién era realmente? ¿El depredador que compraba vidas en La Cámara Roja o el hombre que se preparaba el café al amanecer?

—Si vas a quedarte ahí mirándome, al menos acércate para que pueda darte los buenos días.

Di un respingo. No había apartado la vista de la pantalla, no se había girado, pero sabía exactamente dónde estaba.

Tragué saliva, saliendo de mi escondite, abrazándome el torso con incomodidad. Caminé hacia la cocina iluminada.

—No te estaba mirando —mentí, mi voz sonando ronca por el sueño.

Alejandro apagó la tablet y se giró lentamente. Sus ojos oscuros me escanearon de arriba abajo, deteniéndose un microsegundo en mis pies descalzos, subiendo por mis piernas hasta detenerse en mi rostro sin maquillaje. Una comisura de sus labios se elevó en una sonrisa que me hizo temblar las rodillas.

—Mentirosa desde primera hora de la mañana. Me gusta. —Dejó su taza sobre la encimera y se acercó a la cafetera—. ¿Cómo lo tomas?

Parpadeé, desconcertada. —¿Qué?

—El café, Laura. ¿Cómo lo tomas? Tienes un examen de macroeconomía en tres horas. Necesitas cafeína.

—Solo. Sin azúcar —respondí automáticamente, aún sin poder creer que el hombre que ayer me amenazó con arruinarme si lo desafiaba, ahora me estuviera preparando el desayuno.

Se giró, cogió una taza limpia y sirvió el café oscuro. Cuando me la tendió, nuestros dedos se rozaron. Su piel estaba cálida. El contacto envió una chispa eléctrica directa a la base de mi nuca. Retiré la mano un poco más rápido de lo necesario, agarrando la taza como si fuera un salvavidas.

—Gracias —murmuré, bajando la mirada hacia el líquido negro.

—No tienes que agradecerme nada que no te haya dado por elección propia —dijo, su voz bajando un tono, volviéndose peligrosamente suave.

Se apoyó de nuevo en la encimera, cruzando los brazos sobre su pecho ancho, observándome mientras daba el primer sorbo. El café era espectacular. Fuerte, amargo, perfecto. Cerré los ojos un instante, dejando escapar un pequeño suspiro de apreciación.

Cuando los abrí, descubrí que Alejandro me miraba con una intensidad que me quitó el aliento. No era la mirada de un dueño inspeccionando su mercancía. Era algo más pesado. Algo que se sentía extrañamente íntimo.

—Ayer estabas aterrorizada —rompió el silencio. No era una pregunta.

—Ayer me compraste como a un mueble caro. Me cambiaste de vida en una hora. Sí, estaba asustada —admití, decidiendo que la honestidad era mi única arma en este juego extraño.

Él asintió lentamente, aceptando mis palabras sin inmutarse. Se acercó un paso. El instinto me dijo que retrocediera, pero me obligué a quedarme quieta. Alejandro levantó una mano y, con una suavidad que chocaba con la dureza de sus facciones, apartó un mechón rebelde de mi frente, acomodándolo detrás de mi oreja. Sus nudillos rozaron mi mejilla. El contraste de su rudeza y aquel gesto casi tierno me dejó paralizada.

—No voy a hacerte daño, Laura —murmuró, sus ojos clavados en los míos, buscando algo—. Si quisieras, podrías destruir a la mitad de los hombres que pisan ese club con una sola mirada. Eres fuerte. Pero no tienes que luchar conmigo. No aquí dentro.

La respiración se me atascó en la garganta. Su cercanía, su olor a loción cara y la suavidad inusitada de su voz estaban derrumbando mis defensas mucho más rápido que sus amenazas.

—¿Y fuera de aquí? —susurré, incapaz de apartar la mirada de sus labios.

—Fuera de aquí, yo soy el único del que debes preocuparte.

Antes de que pudiera procesar la ambigüedad de sus palabras, se apartó, rompiendo el hechizo que nos envolvía. Caminó hacia la mesa del comedor y cogió una caja negra y plana, junto a unas llaves.

—Vístete. Ropa cómoda, nada de disfraces de La Cámara Roja —ordenó, recuperando su tono de jefe implacable, aunque el eco de nuestra intimidad aún flotaba en el aire—. He dejado una tarjeta de crédito en la mesa de noche. Está a tu nombre. No tiene límite. Úsala para lo que necesites hoy. Y toma.

Me tendió la caja negra. La abrí con cuidado. Dentro había un iPhone de último modelo, brillante y virgen.

—Tiene mi número en marcación rápida. Solo el mío —aclaró Alejandro mientras se abotonaba los puños de la camisa—. Marcos, mi jefe de seguridad, te está esperando en el garaje. Él será tu sombra a partir de hoy. Te llevará a la universidad, te esperará en la puerta del aula y te traerá de vuelta.

La burbuja de aparente normalidad estalló. La realidad de mi jaula dorada volvió a golpearme.

—¿Va a entrar conmigo a la facultad? —protesté, sintiendo que el pánico volvía a asomar—. Alejandro, por favor, van a mirarme como a un bicho raro. Soy una estudiante becada, no la hija del presidente.

Se acercó a mí por última vez. Me cogió del mentón, obligándome a mirarlo. No había dureza, pero la determinación en sus ojos era absoluta.

—Acostúmbrate a que te miren, Laura. Porque ahora eres mía. Y todo el mundo en esa ciudad debe entender que lo que es mío, no se toca.

Soltó mi rostro, cogió su americana del respaldo de una silla y caminó hacia el ascensor privado. Antes de que las puertas de acero se cerraran, me miró por última vez.

—Suerte en el examen de macroeconomía. Sé que vas a sacar un sobresaliente.

Las puertas se cerraron con un silbido metálico, dejándome sola en el inmenso ático. Me quedé allí de pie, sosteniendo una taza de café perfecto en una mano y un teléfono que me ataba a él en la otra.

El miedo seguía ahí. Pero, mientras volvía a la habitación para vestirme, no pude ignorar el traicionero y cálido cosquilleo en mi estómago al recordar la suavidad de sus nudillos contra mi mejilla.

Alejandro no era un monstruo sin corazón. Era algo mucho más peligroso. Era un monstruo que sabía cómo hacerte sentir segura en medio del caos.

Y yo estaba empezando a caer en su red.

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