El aire en el búnker se volvió gélido, pero no por el sistema de ventilación, sino por la furia contenida que emanaba de Alejandro. El eco del disparo que yo acababa de efectuar aún vibraba en las paredes de hormigón, y el humo de la pólvora flotaba entre nosotros como un fantasma.
Beltrán. El viejo lobo que creía que podía mear en las esquinas de un imperio que ya no le pertenecía.
—¿Desviando capital? —pregunté. Mi voz no tembló. Sorprendentemente, sonó como el metal chocando contra el suelo: