Mundo ficciónIniciar sesiónEl vapor empañaba el inmenso espejo del baño, convirtiendo mi reflejo en una mancha borrosa y pálida.
Pasé la mano temblorosa por el cristal húmedo. La chica que me devolvió la mirada me daba lástima. El agua caliente se había llevado el delineador negro, la máscara de pestañas y el labial rojo sangre que solía usar como armadura en La Cámara Roja. Sin el maquillaje, sin la laca en el pelo y sin el vestido ajustado, no quedaba rastro de la fiera e inalcanzable Lara. Solo estaba Laura. Una chica de veintidós años, con ojeras marcadas por el cansancio, los labios hinchados de mordérmelos por la ansiedad y el cabello castaño pegado a la nuca.
Estaba aterrorizada. Pero también, muy en el fondo, sentía un alivio retorcido. Ya no tenía que fingir. Ya no tenía que sonreír si no quería.
Sobre la encimera de mármol negro, junto a un frasco de loción masculina que olía a cedro y tormenta, Alejandro había dejado una prenda. La levanté con la punta de los dedos. Era un camisón de seda negra, tan fino que parecía agua escurriéndose entre mis manos. No tenía encajes, ni aberturas provocativas, ni artificios baratos. Era simple, elegante y letalmente revelador. Al ponérmelo, la tela helada se adhirió a mi piel húmeda, marcando cada curva, cada escalofrío, cada respiración errática de mi pecho.
Tragué saliva, sintiendo que tenía lija en la garganta. Abrí la puerta del baño y el aire frío del dormitorio me golpeó de lleno.
La habitación estaba sumida en la penumbra. La única luz provenía de las inmensas cristaleras que enmarcaban la ciudad, un mar de luces doradas y blancas que parpadeaban a nuestros pies. Alejandro no estaba en la cama. Estaba sentado en un sillón orejero de cuero oscuro, junto al ventanal. Se había quitado los zapatos y la camisa blanca colgaba suelta, desabrochada casi hasta la mitad del pecho. En una mano sostenía un vaso de cristal tallado con dos dedos de whisky.
No hizo ningún movimiento cuando entré, pero sentí el peso de su mirada clavándose en mí como un ancla. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo enfundado en seda negra. El escrutinio fue tan intenso, tan palpable, que sentí un calor repentino subiendo por mi cuello.
—Acércate —ordenó. Su voz era un trueno bajo y ronco que vibró en el silencio de la habitación.
Mis pies dudaron un segundo, pero el recuerdo del sobre con el dinero de mi madre cruzó mi mente. Di un paso, y luego otro, cruzando la alfombra espesa hasta detenerme a menos de un metro de él. Me crucé de brazos, un acto reflejo para protegerme de su escrutinio.
Alejandro dejó el vaso sobre una mesita auxiliar. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en los muslos.
—Baja los brazos, Laura. No tienes nada que esconder de mí. Ya no.
La suavidad de su tono me desarmó más que un grito. Lentamente, dejé caer los brazos a los costados. Me sentía minúscula ante él, expuesta a una disección emocional.
—Dijiste que teníamos que hablar de las reglas —susurré, odiando cómo me temblaba la voz.
—Y lo haremos. —Se levantó despacio. La diferencia de altura me obligó a alzar el rostro—. Regla número uno: la exclusividad es absoluta. Tu cuerpo, tu tiempo y tu atención me pertenecen. Dejarás el club. Mañana mismo enviaré a alguien a recoger el resto de tus cosas del piso. No volverás a ese barrio.
—Tengo que ir a la universidad —protesté, aferrándome a lo único que seguía siendo mío. Mi futuro—. Tengo un examen de macroeconomía el jueves. No puedes encerrarme aquí como a un pájaro.
Alejandro acortó la distancia entre nosotros. Quedó tan cerca que el calor de su cuerpo irradió contra el mío.
—No soy tu carcelero, soy tu dueño, que es muy diferente —corrigió, con una calma asfixiante—. Irás a la universidad. Te graduarás. Pero un coche te llevará y te traerá. Y si un hombre te mira más de dos segundos, me lo dirás. Si alguien te invita a un café, dirás que no. ¿Entendido?
La furia estalló en mi pecho, una chispa caliente en medio del miedo.
—Eso es una locura. Estás enfermo si crees que voy a vivir mirando por encima del hombro. ¿Qué pasa si te miento? ¿Qué pasa si hablo con un compañero de clase? ¿Me vas a castigar? —Lo desafié, alzando la barbilla, buscando los límites de su control.
Fue un error. O quizás, exactamente lo que él estaba esperando.
La mano de Alejandro se disparó. No me agarró del cuello ni de los brazos. Su mano grande y caliente se posó en la base de mi nuca, enredando los dedos en mi cabello húmedo, y tiró de mí hacia él con una fuerza implacable pero calculada. Chocamos. Mi pecho golpeó contra el suyo, duro como una pared. Solté un jadeo de sorpresa, mis manos volando instintivamente hacia sus hombros para mantener el equilibrio.
—Regla número dos, Laura —susurró contra mis labios, su aliento mezclado con el aroma ahumado del whisky anestesiando mis sentidos—. Nunca, bajo ningún concepto, me desafíes si no estás dispuesta a pagar el precio de mi respuesta.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo contra sus propias costillas. Estábamos a milímetros de distancia. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad que prometían devorarme entera.
—Suéltame —dije, pero sonó a súplica en lugar de a orden.
—¿Eso quieres? —murmuró. Su otra mano bajó por mi espalda, trazando la curva de mi columna vertebral a través de la fina seda. El contacto me provocó un escalofrío tan violento que arqueé la espalda contra su tacto, traicionándome a mí misma—. Tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo tiembla porque quiere algo muy distinto.
—Es miedo... —mentí, cerrando los ojos.
—Es deseo. Y estás aterrorizada porque sabes que tengo razón.
Su pulgar acarició mi labio inferior, obligándome a abrir los ojos. La intensidad de su mirada me dejó sin aire. No había crueldad, había una posesividad salvaje, primitiva. Bajó la cabeza y, por primera vez, me besó.
No fue un beso suave, ni romántico. Fue una declaración de intenciones. Sus labios tomaron los míos con una autoridad que me partió en dos. El mundo entero desapareció bajo el sabor a whisky y a peligro. Gemí, un sonido lastimero y roto, y mis manos, que debían haberlo empujado, se aferraron a la tela de su camisa, atrayéndolo más.
Él profundizó el beso, su lengua explorando mi boca con la misma arrogancia con la que había invadido mi vida. El contraste entre la dureza de su cuerpo y la vulnerabilidad del mío me hizo perder la noción de dónde terminaba yo y dónde empezaba él. El calor en mi bajo vientre estalló, pesado y exigente, ahogando cualquier pensamiento racional sobre contratos, madres enfermas o deudas.
De repente, Alejandro rompió el contacto.
Me soltó tan rápido que tambaleé hacia atrás, llevándome una mano a los labios hinchados, respirando entrecortadamente. Él me observó desde arriba, el pecho subiendo y bajando un poco más rápido de lo normal, sus ojos ardiendo con una satisfacción oscura.
—Regla número tres —dijo, su voz rasposa rompiendo la tensión eléctrica del aire—. No te acostarás conmigo porque yo haya pagado tus deudas, Laura. Te acostarás conmigo porque vas a suplicarme que lo haga.
Se dio la vuelta, caminó hacia la inmensa cama King Size y se quitó la camisa, dejando a la vista una espalda ancha, surcada de cicatrices tenues que contaban historias que yo aún no estaba preparada para escuchar.
—Métete en la cama. Apaga la luz de tu lado e intenta dormir. Mañana tienes un imperio que descubrir.
Me quedé allí, plantada en medio de la habitación fría, temblando bajo la seda. Mi cuerpo aún vibraba por la necesidad de su toque, mi mente era un caos de furia y deseo, y una certeza absoluta se instaló en mis huesos: Alejandro no solo había comprado mi vida; acababa de declararle la guerra a mi cordura.
Y yo no tenía ningún arma para defenderme.







