El peso de un brazo musculoso sobre mi cintura fue lo primero que registró mi cerebro al despertar.
No abrí los ojos de inmediato. Me quedé inmóvil, respirando el aroma a sábanas limpias, a piel cálida y al inconfundible rastro de cedro de Alejandro. Mi cuerpo entero era un mapa de agujetas sordas, un recordatorio físico y latente de la tormenta de la noche anterior. La seda roja de mi vestido debía de estar tirada en algún rincón del salón, pero aquí, bajo el pesado edredón blanco, solo estába