Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la sala VIP 3 de La Cámara Roja era tan denso que casi podía masticarse.
Intenta controlarme a mí.
Las palabras de Alejandro quedaron flotando en el aire, mezclándose con el olor a cuero caro, humo de tabaco negro y el sutil aroma a vainilla de mi propio perfume. Mi respiración se había vuelto superficial. Durante el último año, había aprendido a leer a los hombres. Sabía cuándo querían ser halagados, cuándo querían ser dominados y cuándo solo necesitaban un hombro hermoso sobre el que llorar sus miserias de ricos.
Pero el hombre que tenía enfrente era un muro de granito. No había fisuras. No había necesidad. Solo había control.
Me obligué a relajar los hombros. Si él sabía mi verdadero nombre, si sabía lo de mi examen de macroeconomía y lo del alquiler de mi modesto piso en Delicias, significaba que me había investigado a fondo. Entrar en pánico era exactamente lo que él esperaba. Y yo me negaba a darle ese placer tan pronto.
Esbocé una sonrisa lenta, levantándome del sillón con la gracia felina que Madame Corine me había enseñado a cultivar. Caminé hacia él, dejando que la seda negra del vestido acariciara mis muslos con cada paso. El sonido de mis tacones sobre la alfombra burdeos amortiguaba el latido desbocado de mi corazón.
—Vaya, Alejandro —ronroneé, deteniéndome a escasos centímetros de sus rodillas separadas—. Tienes que admitir que es un truco barato. Pagar a un detective privado para impresionar a una chica del club. ¿Es así como consigues la atención de las mujeres, asustándolas con sus propias facturas?
Me incliné ligeramente, apoyando una mano en el respaldo del sofá Chesterfield, justo al lado de su cabeza. Mi escote quedó a la vista, una invitación clara, una táctica de distracción de manual.
Él no bajó la mirada hacia mi pecho. Ni una sola vez. Sus ojos, oscuros como el fondo de un pozo, permanecieron fijos en los míos.
—No te he asustado, Laura. Te he desarmado —corrigió, con una voz tan tranquila que me erizó el vello de la nuca—. Tu cuerpo me está ofreciendo sexo, pero tus pupilas están dilatadas por la adrenalina y tienes un pulso errático latiendo justo aquí...
Lentamente, sin movimientos bruscos, levantó una mano. Sus dedos eran largos, fuertes, con un anillo de plata sobrio en el dedo índice. Esperé a que me agarrara de la cintura o me tirara hacia él, como hacían todos. Pero no lo hizo. Rozó apenas con la yema de su dedo pulgar el lateral de mi cuello, justo sobre la vena yugular.
El contacto fue tan leve que quemó. Un escalofrío violento recorrió mi espina dorsal y, por mucho que intenté evitarlo, solté un pequeño suspiro.
—Ahí está —murmuró él, retirando la mano de inmediato, dejándome con una absurda sensación de vacío—. La verdad. Estás fingiendo, Laura. Eres buena, muy buena. Engañarías a cualquier idiota de traje que cruza las puertas de La Cámara Roja. Pero a mí no.
Me aparté de un tirón, rompiendo la cercanía. El calor subió a mis mejillas, una mezcla de ira y vergüenza. Me sentía expuesta bajo las luces de neón rojo que se filtraban por las cortinas de terciopelo.
—Si no te gusta lo que ofrezco, tu tiempo ha terminado —repliqué, cruzándome de brazos, olvidando por completo la etiqueta del club—. Puedes ir a la barra y pedir que te devuelvan el dinero de la exclusividad. Estoy segura de que Corine encontrará a otra chica que esté dispuesta a soportar tus aires de grandeza.
Di media vuelta, dispuesta a marcharme hacia la pesada puerta de roble. Había soportado muchas cosas por dinero, pero no iba a convertirme en el juguete psicológico de un psicópata con información privilegiada.
—La factura del hospital privado de tu madre asciende a doce mil euros este mes —dijo a mi espalda.
Me congelé. Mi mano, que ya se había alzado hacia el pomo de latón, cayó a mi costado como plomo. Cerré los ojos, sintiendo una punzada de dolor agudo en el pecho. Mi madre. Mi talón de Aquiles. La única razón por la que cada noche me enfundaba en vestidos imposibles y vendía ilusiones a desconocidos.
Giré lentamente. Alejandro seguía en la misma posición relajada, pero ahora sostenía un sobre blanco entre sus dedos. Lo lanzó sobre la mesa de caoba.
—Eso cubre las facturas de tu madre de los próximos seis meses. Tratamiento completo, fisioterapia y habitación individual. También incluye tu alquiler y la matrícula que te falta para graduarte.
Miré el sobre. Parecía inofensivo, pero pesaba como una lápida. Era todo lo que necesitaba. Era mi libertad, envuelta en papel. Pero en este mundo, nada era gratis. Y mucho menos viniendo de un hombre como él.
—¿Qué quieres a cambio? —mi voz sonó áspera, rota. La máscara de la escort de lujo había caído definitivamente. Ahora solo era Laura, arrinconada y desesperada.
Alejandro se puso en pie. Era mucho más alto de lo que parecía sentado. Su presencia llenó la habitación de golpe, obligándome a alzar la barbilla para mantener el contacto visual. Caminó hacia mí con pasos medidos, como un lobo rodeando a su presa, hasta que quedó a un palmo de distancia.
—Exclusividad —dictaminó—. Pero no la exclusividad de unas horas en La Cámara Roja. Quiero todas tus noches. No más clientes. No más sonrisas falsas para imbéciles con dinero. Trabajas para mí.
—¿Quieres que sea tu amante a sueldo? —escupí la palabra, sintiendo un sabor amargo en la lengua.
—Quiero que seas mía —me corrigió, su voz bajando a un susurro ronco que vibró en mi pecho—. Cuando yo quiera, donde yo quiera y bajo mis reglas. Yo te pago, yo te cuido y yo decido cuándo termina esto.
Me quedé mirándolo, evaluando mis opciones. Si salía por esa puerta, volvería a las llamadas del banco, a la angustia de ver a mi madre empeorar en un pasillo de hospital público, al miedo constante. Si tomaba ese sobre... me estaría vendiendo al diablo. Pero al menos, este diablo jugaba con las cartas boca arriba.
—¿Y si me niego? —desafié, en un último intento de aferrarme a mi voluntad.
Alejandro levantó la mano y, esta vez, apartó un mechón de mi cabello que había caído sobre mi rostro, colocándolo detrás de mi oreja. El gesto fue sorprendentemente íntimo, posesivo.
—No lo harás, Laura —aseguró, con la certeza de un hombre que nunca en su vida había escuchado la palabra "no"—. Eres demasiado inteligente para hundirte en el barro cuando te estoy ofreciendo un salvavidas.
Su mirada descendió hacia mis labios por primera vez en toda la noche. Un fuego pesado y oscuro se encendió en sus ojos. Mi cuerpo reaccionó traicioneramente, mi centro palpitando ante la promesa de violencia y placer que escondía esa mirada.
—Mañana a las nueve de la noche, un coche te recogerá en tu piso de Delicias —añadió, retrocediendo un paso y abotonándose el saco del traje—. Ve empacando tus cosas. Ya no vives allí.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió, pero antes de salir, me miró por encima del hombro.
—Coge el sobre, Laura. Y bienvenida a mi mundo.
La puerta se cerró con un clic definitivo. Me quedé sola en la sala VIP de La Cámara Roja, temblando imperceptiblemente. Lentamente, me acerqué a la mesa y cogí el sobre. Pesaba en mis manos. Había tomado una decisión consciente. Acababa de vender mi alma, y lo más aterrador de todo... es que una pequeña y oscura parte de mí, estaba deseando ver qué haría él con ella.







