La jaula de cristal

Cerré la cremallera de mi maleta de lona a las ocho y cincuenta y ocho de la noche.

El sonido metálico resonó en las paredes de papel de mi piso en Delicias. Miré a mi alrededor por última vez. La humedad en el techo del baño, el sofá hundido que había comprado de segunda mano, la pila de apuntes de macroeconomía sobre la mesa coja de la cocina. Era un agujero miserable, sí, pero era mío. Aquí, yo era Laura. Aquí, las deudas me asfixiaban, pero nadie me decía cuándo respirar.

A las nueve en punto, el teléfono vibró en mi bolsillo. Un mensaje de un número desconocido: "Baja".

El estómago se me encogió. Agarré el asa de la maleta con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y bajé los tres pisos por las escaleras, sin atreverme a mirar atrás.

En la calle, bajo la luz parpadeante de una farola rota, me esperaba un Mercedes negro con los cristales tintados. Parecía una bestia de acero durmiendo en medio de mi barrio obrero. Un hombre vestido con un traje oscuro, ancho de hombros y con un bulto sospechoso bajo la chaqueta, me abrió la puerta trasera sin decir una palabra. Cogió mi maleta gastada, que desentonaba absurdamente con el lujo del maletero, y la guardó.

Me deslicé en el asiento trasero. Olía a cuero nuevo y a un silencio denso. Durante los cuarenta minutos que duró el trayecto, vi cómo la ciudad cambiaba. Dejamos atrás los bloques de ladrillo visto y nos adentramos en el distrito financiero, donde los rascacielos apuñalaban el cielo nocturno.

El coche descendió por una rampa hacia un garaje subterráneo privado. El chófer me abrió la puerta y me guio hacia un ascensor que no tenía botones, solo un escáner biométrico. Él puso su huella y la cabina se disparó hacia arriba. El cambio de presión me taponó los oídos. Mi corazón latía tan deprisa que temí que me atravesara las costillas.

Las puertas se abrieron directamente en el ático.

Era inmenso. Y frío. Todo era cristal, acero negro y mármol pulido. Las cristaleras iban del suelo al techo, ofreciendo una vista panorámica y vertiginosa de la ciudad. Parecía el Olimpo, pero a mí me dio la sensación de estar al borde de un precipicio.

—Deja el abrigo ahí.

La voz de Alejandro vino desde mi derecha. Di un respingo. Estaba de pie junto a una isla de cocina de mármol negro, sirviéndose una copa de agua. Llevaba unos pantalones de traje oscuros y una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos. Sin la chaqueta y la corbata, parecía menos un hombre de negocios y más un depredador descansando en su cueva.

Hice lo que me pidió. Dejé mi abrigo raído sobre un sillón de diseño que probablemente costaba más que la vida de mi madre y me quedé de pie, en medio del salón, sintiéndome estúpida con mis vaqueros desgastados y mi jersey de lana barato. Esta noche no llevaba el disfraz de Lara. Estaba desnuda de mis armaduras.

Él caminó hacia mí a paso lento. La ciudad iluminada a su espalda lo convertía en una sombra inmensa. Se detuvo a menos de un metro. Su mirada bajó desde mis ojos, recorrió mi cuello, la curva de mi pecho bajo la lana, hasta mis zapatillas Converse, y volvió a subir.

—Estás temblando —constató. No era una pregunta. Era un hecho analizado.

—Hace frío aquí arriba —mentí, alzando la barbilla. Intenté invocar a la escort fría y calculadora. Intenté sonreír con esa suficiencia que volvía locos a los clientes de La Cámara Roja—. ¿Dónde está mi habitación? Supongo que el trato incluye una cama.

Alejandro ladeó la cabeza. Sus ojos se oscurecieron y, en un movimiento tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar, acortó la distancia entre los dos. Su mano grande y caliente atrapó mi mandíbula. No apretó para hacerme daño, pero la firmeza de su agarre me inmovilizó por completo.

El aliento se me cortó en la garganta.

—Primera lección, Laura —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron casi mi oreja. Su voz era un trueno bajo—. Ese tonito sarcástico, esa máscara de mujer de hielo que usas en el club... aquí la dejas en la puerta. Yo no he pagado por una muñeca que recita guiones. Si te hago una pregunta, me respondes la verdad. Si te toco, no finges.

Tragué saliva. La fricción de su pulgar acariciando la línea de mi mandíbula enviaba corrientes eléctricas directas a mi bajo vientre. Estaba aterrorizada, sí, pero la cercanía de su cuerpo, el olor a cedro y a masculinidad pura que desprendía, estaba despertando algo traicionero en mí.

—Yo... lo he entendido —logré articular, mi voz sonando mucho más frágil de lo que pretendía.

Él aflojó el agarre, pero no retiró la mano. Su pulgar trazó el contorno de mi labio inferior, obligándome a entreabrir la boca para respirar. Sus ojos se clavaron en mi boca, y por un segundo, vi un hambre feroz, cruda, a punto de desatarse.

—Buena chica —dijo en un susurro áspero.

Se apartó abruptamente, dejándome mareada por la pérdida de calor. Cogió mi maleta del suelo sin esfuerzo.

—Tu habitación es la mía —sentenció, caminando hacia un pasillo oscuro—. No hay camas de invitados. Vas a dormir donde yo duermo, vas a despertar cuando yo despierte.

Lo seguí, mis piernas temblando ligeramente. Al entrar en el dormitorio principal, el lujo volvió a golpearme. Una cama King Size en el centro, sábanas de seda oscura, y más cristaleras mirando al vacío. Era hermoso, pero implacable. Como él.

Alejandro dejó la maleta a los pies de la cama y se volvió hacia mí.

—El baño está a la izquierda. Hay ropa limpia en el vestidor. Dúchate y quítate ese olor a miedo que traes de la calle. —Metió las manos en los bolsillos, observándome con esa intensidad que me desnudaba—. Después, ven a la cama. Tenemos que establecer las reglas de nuestro contrato.

—¿Y si me niego a alguna de tus reglas? —pregunté, aferrándome a la última brizna de rebeldía que me quedaba.

Alejandro sonrió. Una sonrisa lenta, depredadora, que me hizo saber de inmediato que yo había perdido esta partida mucho antes de entrar en su coche.

—Entonces, Laura, descubrirás que soy un hombre con muy poca tolerancia a la frustración. Ve a ducharte. Te espero.

Me encerré en el baño de mármol. Cuando el agua caliente me golpeó la espalda, cerré los ojos y dejé salir un sollozo ahogado. Había cruzado la línea de no retorno. Ya no era dueña de mi cuerpo ni de mi tiempo. Estaba sola, encerrada en las nubes, a merced de un hombre que parecía dispuesto a devorarme pieza a pieza.

Y lo peor de todo, lo que me aterraba hasta la médula mientras el agua corría por mi piel... es que no estaba segura de querer detenerlo.

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