La Escort de lujo en manos del jefe
La Escort de lujo en manos del jefe
Por: maarcoosjc04
El peso de la seda

El contraste entre mis dos vidas siempre empezaba en los pies.

A las seis de la tarde, me descalzaba unas zapatillas Converse gastadas cuya suela apenas me protegía del asfalto de la ciudad. A las nueve de la noche, deslizaba mis pies en unos tacones de aguja de doce centímetros que costaban más que la matrícula de todo mi semestre en la universidad.

Me miré en el espejo rodeado de bombillas del vestidor de La Cámara Roja, el club privado más exclusivo y discreto de la ciudad. La chica del espejo no era Laura, la estudiante de Economía que sobrevivía a base de café barato y fideos instantáneos, preocupada por llegar a fin de mes y pagar las facturas médicas de su madre. La chica del espejo era "Lara". Sofisticada, inalcanzable, envuelta en un vestido de seda negra que se adhería a mi piel como una segunda intención. Un producto de lujo para hombres que creían que el dinero podía comprarlo absolutamente todo.

Y hasta esa noche, yo también creía que solo era una transacción.

—Lara, te toca —la voz de Madame Corine me sacó de mis pensamientos. No era una proxeneta de calle, era una mujer de negocios impecable. Me pasó un dedo por el tirante del vestido, asegurándose de que todo estuviera en su sitio—. Sala VIP 3. Un cliente nuevo. Ha pagado por exclusividad toda la noche. Solo quiere hablar, por ahora. No la cagues, este no es de los que perdonan.

Asentí, forzando esa sonrisa enigmática que había perfeccionado durante el último año. Una sonrisa que prometía todo y no entregaba nada. Salí del vestidor y el sonido amortiguado del jazz y el clinking de las copas de cristal de bacará llenaron mis oídos. El aire olía a perfume caro, a puros importados y a testosterona contenida.

Caminé por el pasillo enmoquetado hacia la zona VIP. Mi pulso era constante. Había lidiado con políticos arrogantes, empresarios narcisistas y herederos aburridos. Sabía cómo jugar al ajedrez con el ego masculino. Solo tenías que hacerles creer que ellos tenían el control, mientras tú dictabas los tiempos.

Empujé la pesada puerta de roble de la sala 3.

El ambiente estaba sumido en una penumbra calculada. Solo la luz tenue de una lámpara de pie iluminaba la mesa de caoba del centro. Y allí, sentado en el sofá de cuero Chesterfield, estaba él.

No me miró inmediatamente. Estaba concentrado en el líquido ámbar de su vaso de whisky, girándolo lentamente. Llevaba un traje oscuro, a medida, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Su postura era relajada, pero era la misma relajación que tiene una pantera antes de saltar sobre su presa.

—Buenas noches —mi voz salió aterciopelada, una octava más baja de lo normal—. Soy Lara.

Él detuvo el movimiento de su vaso. Levantó la vista y el aire de la habitación pareció evaporarse.

Tenía unos ojos oscuros, fríos, de una intensidad que me golpeó físicamente. No había lujuria en su mirada, ni el hambre desesperada que solía ver en los hombres de este lugar. Lo que vi fue cálculo. Me analizó de arriba abajo en un segundo de reloj, y sentí que me había desnudado, no solo de la seda negra, sino de todas mis mentiras.

—Siéntate, Laura.

El sonido de mi nombre real —mi verdadero nombre— saliendo de sus labios me paralizó. Nadie aquí sabía cómo me llamaba. Corine era fanática de la seguridad. Mis papeles estaban blindados.

Tragué saliva, obligando a mis piernas a moverse hasta el sillón frente a él. Crucé las piernas, manteniendo la espalda recta, negándome a mostrar el temblor de mis manos.

—Creo que hay un error. Me llamo Lara —respondí, manteniendo el contacto visual.

Él dejó el vaso sobre la mesa de caoba. El sonido del cristal contra la madera sonó como un disparo en el silencio de la sala. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, invadiendo mi espacio personal sin siquiera tocarme.

—Laura Castillo. Veintidós años. Estudiante de último curso de Economía. Tienes un examen de macroeconomía el jueves a las nueve de la mañana, y el alquiler de tu piso en el barrio de las Delicias vence en tres días. —Su voz era grave, tranquila, sin una gota de amenaza evidente, lo cual la hacía mil veces más aterradora—. No me gusta perder el tiempo con juegos de nombres falsos, Laura. Mi nombre es Alejandro. Y esta noche, no he pagado por 'Lara' la escort. He pagado por ti.

Mi estómago se contrajo. El instinto de supervivencia me gritaba que me levantara y saliera corriendo por esa puerta de roble. Pero mis pies estaban clavados al suelo. Él emanaba un poder absoluto, denso, casi asfixiante.

—¿Qué quieres? —La fachada de cortesía profesional se derrumbó. Ya no era Lara. Era yo, arrinconada.

Alejandro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa afilada.

—Quiero ver de qué eres capaz cuando te quitas el disfraz —murmuró, su mirada clavada en la mía—. Me han dicho que eres la mejor de este club manejando el control de la situación. Bien, Laura. Intenta controlarme a mí.

El juego había empezado. Y por primera vez desde que entré en este mundo de luces y sombras, me di cuenta de que no conocía las reglas.

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