El pasillo de la Facultad de Económicas olía a tiza, a café de máquina y a humedad estancada.
Hasta hacía cuarenta y ocho horas, ese olor era la banda sonora de mi vida. Era el aroma del esfuerzo, de la supervivencia, de mi billete de salida de la pobreza. Pero esa mañana, mientras caminaba hacia la biblioteca con un abrigo de lana italiana que costaba más que el sueldo anual del decano, el mundo real me pareció absurdamente gris. Insípido.
Detrás de mí, a una distancia prudencial pero inquebra