El silencio de la finca por la mañana no era el de mi antiguo barrio. En Delicias, el amanecer llegaba con el estruendo de los camiones de basura y los gritos de los vecinos. Aquí, el silencio era quirúrgico, roto solo por el susurro del viento entre los pinos y el eco de mis propios pasos sobre el parqué encerado.
Me detuve frente a la puerta de mi madre. La luz grisácea del día se filtraba por las rendijas, recordándome que ya no había sombras donde ocultarme. Empujé la madera con el corazó