El calor abrasador de Alejandro en el asiento trasero del Mercedes blindado era mi único anclaje a la realidad. Sus labios se separaron de los míos con una lentitud agónica, dejándome huérfana de su respiración. Me apartó el cabello húmedo del rostro, sus ojos oscuros trazando cada una de mis facciones en la penumbra del habitáculo.
—Se acabó, mi reina —susurró, su voz aún ronca por la adrenalina del muelle y la violencia reciente—. Están a salvo. Las dos.
Pero yo sabía que en su mundo, "se aca