Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlessia solo tiene un objetivo: escapar del mafioso con el que fue obligada a casarse y regresar con el hombre que ama. Pero Massimo Vescovi no acepta un no por respuesta. La quiere solo para él, aunque tenga que romperla, perseguirla o hacer que el mundo arda. Porque la obsesión no pide permiso... reclama posesión.
Ler maisHabía estado obsesionado con Alessia desde que tengo memoria. La imaginé a mi lado incontables veces: siendo amorosa conmigo, convirtiéndose en mi amante, en mi esposa, en todo para mí. Pero todo eso no era más que un sueño. Para ella, yo solo era un asesino, un hombre sin escrúpulos que no merecía amor... mucho menos el suyo.
Y, durante muchos años, la comprendí. Yo era el hombre que le habían impuesto desde niños. De hecho, cuando éramos pequeños, le repetí incontables veces que jamás la obligaría a hacer algo que no quisiera. Hasta que llegó Adriano. El hijo del que había sido amigo de mi padre apareció en nuestras vidas y, desde el momento en que Alessia lo conoció, quedó completamente eclipsada por él. Para ella dejó de existir el resto del mundo. Solo veía a ese bastardo. Fue entonces cuando mi obsesión creció hasta convertirse en algo enfermizo. Porque Alessia era mía. Lo era desde que estaba en el vientre de su madre, desde antes de abrir los ojos por primera vez. Nadie, absolutamente nadie, iba a arrebatármela. Mucho menos alguien como Adriano. Los años pasaron y, un día, Alessia vino a exigirme que cumpliera la promesa que le había hecho cuando éramos niños. Quería que rompiera nuestro compromiso. Quería huir con Adriano. Yo solo me reí. Todavía puedo recordar la expresión de su rostro en aquel momento. El odio se instaló en su mirada y, desde ese día, jamás volvió a verme de otra manera. La misma mirada que me dedicaba ahora, sentada frente a mí en el comedor, mientras nuestras familias hablaban con entusiasmo de una boda que tendría lugar dentro de un par de semanas. La observé unos segundos y le regalé una sonrisa. Ella respondió con una expresión cargada de desprecio antes de girar el rostro, como si contemplarme le provocara repugnancia. —¿Piensan buscar una casa nueva? —preguntó la madre de Alessia, rompiendo el silencio que comenzaba a instalarse en la mesa. Desvié la vista hacia ella y respondí con absoluta calma. —No. Viviremos en la casa familiar. Apenas terminé de hablar, Alessia volvió a mirarme con esos enormes ojos que cualquiera describiría como inocentes. Yo sabía que detrás de ellos solo había rebeldía. Sin decir una sola palabra, se levantó de la mesa y salió del comedor con uno de sus típicos berrinches. No me sorprendió. Me puse de pie con tranquilidad y fui tras ella. La seguí hasta el jardín, donde el aire era mucho más frío que dentro de la casa. Al escuchar mis pasos, se dio la vuelta de golpe y me encaró. Su respiración era agitada y sus ojos brillaban por las lágrimas que se negaba a contener. —¿Por qué no entiendes que te desprecio? —me gritó Alessia, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. La observé en silencio durante unos segundos. Ni sus lágrimas ni sus gritos conseguían despertar compasión en mí. —Porque no me importa —respondí con absoluta serenidad, sosteniendo su mirada—. Eres mía. Alessia soltó una risa amarga, una de esas que nacen de la impotencia más que de la burla. Negó con la cabeza varias veces antes de volver a hablar. —Jamás seré tuya. Lo único que tendrás será mi cuerpo. Sus palabras pretendían herirme, pero solo consiguieron alimentar esa oscuridad que llevaba años creciendo dentro de mí. Di un paso hacia ella hasta invadir por completo su espacio. Sin apartar la mirada de sus ojos, llevé una mano hasta su cuello y lo sujeté con firmeza. Esperaba verla temblar, pero Alessia seguía desafiándome con la cabeza en alto. —Con tu cuerpo es suficiente —murmuré, sin alterar el tono de mi voz. Ella me apartó la mano de un manotazo y retrocedió un paso, respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras intentaba controlar la rabia que la consumía por dentro. Era evidente que estaba furiosa. Sus provocaciones no funcionaban conmigo, y eso era precisamente lo que más la desesperaba. La observé durante unos instantes antes de acomodarme los puños de la camisa con absoluta tranquilidad. —Entra —ordené con voz firme, señalando la casa con un ligero movimiento de la cabeza. Esperé a que volviera a mirarme antes de continuar. —Y deja de comportarte como una niña. Te ves ridícula. Alessia me miró con tanto desprecio que, por alguna razón, me pareció divertido. Siempre era la misma mirada. Llena de rabia, de impotencia... de un odio tan intenso que casi podía saborearlo. Sin decir una palabra, me empujó con ambas manos y emprendió el camino de regreso a la casa con pasos apresurados. Ni siquiera intenté detenerla. Me quedé allí durante un par de segundos, respirando el aire frío del jardín mientras observaba cómo desaparecía tras la puerta. Sabía que estaba furiosa, pero también sabía que, tarde o temprano, terminaría aceptando su realidad. Era una niña malcriada. Eso era todo. Cuando tuviera un hijo mío, cambiaría. No tendría más opción. Finalmente entré a la casa. Para cuando regresé al comedor, mis padres y los de Alessia ya se estaban despidiendo. Ella no estaba por ninguna parte. Seguramente se había encerrado en su habitación para seguir alimentando ese rencor absurdo que sentía hacia mí. Me despedí de todos con un movimiento de cabeza y salí de la casa junto a mis padres. Ellos subieron a su coche y yo al mío. Arranqué de inmediato. Quería llegar a casa y descansar un poco. Al día siguiente tenía un asunto demasiado importante como para permitirme cualquier distracción. Un negocio que exigía toda mi concentración. Había recorrido apenas un par de calles cuando un coche apareció de la nada y se atravesó frente al mío. Pisé el freno con fuerza. Las llantas chirriaron sobre el asfalto mientras mi vehículo se detenía a escasos metros del otro automóvil. Por puro instinto, llevé una mano hasta el arma que siempre guardaba conmigo. Esperé. La puerta del coche rojo se abrió lentamente y, unos segundos después, Adriano salió del vehículo. Tenía el rostro desencajado. Patético. Solté el arma y descendí de mi coche con absoluta tranquilidad. Cerré la puerta detrás de mí y avancé hacia él con pasos lentos, disfrutando de la forma en que intentaba aparentar una valentía que claramente no tenía. —¿Fue como quieres? —pregunté con evidente irritación. Adriano apretó los puños, pero no retrocedió. —Ella no te ama. No pude evitar soltar una carcajada. Así que Alessia había llamado a este infeliz para intentar hacerme cambiar de opinión. Qué pérdida de tiempo. Sí, Alessia era mi debilidad. Mi obsesión. Mi perdición, si quería llamarlo de alguna manera. Pero también era la mujer con la que iba a casarme, y esa unión me abriría puertas que ningún otro matrimonio podría ofrecerme. No iba a destruir años de planes por una historia de amor adolescente. Volví a fijar la mirada en Adriano. —No me importa —respondí con una calma que contrastaba con la furia que reflejaba su rostro—. Y será mejor que no vuelvas a cruzarte en mi camino. Di un paso más hacia él hasta quedar frente a frente. —Porque la próxima vez te mataré. Hice una breve pausa antes de añadir, con una sonrisa apenas visible: —No eres nadie. Podría aplastarte como si fueras una cucaracha. La familia de Adriano había caído en desgracia hacía tiempo. Había traicionado a uno de sus propios socios y, desde entonces, casi todas las familias importantes le habían dado la espalda. No era más que un hombre desesperado. Sus ojos se llenaron de rabia. —Ella es mía. Apenas terminó de hablar, se lanzó sobre mí intentando golpearme. Lo esquivé con facilidad. Su movimiento fue torpe y desesperado. Aproveché la apertura y le hundí un puñetazo en el abdomen con toda la fuerza de mi cuerpo. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado. Se dobló sobre sí mismo antes de caer de rodillas al suelo, retorciéndose de dolor. Lo observé desde arriba con el mismo desinterés con el que cualquiera miraría la basura acumulada en una esquina. Escupí a un lado, sin apartar la vista de él. —La próxima vez sí voy a matarte —le advertí con absoluta frialdad. No esperé una respuesta. Simplemente me di la vuelta, caminé hasta mi coche y subí nuevamente. Encendí el motor y me alejé sin mirar por el retrovisor. Dejé a ese imbécil tirado en el suelo, exactamente donde pertenecía. Porque eso era para mí. Basura.La luz me cegó por un instante.Por puro instinto me incorporé de golpe sobre la cama, metí la mano debajo de la almohada y saqué la pistola que siempre mantenía escondida allí.Apunté al frente sin siquiera pensar.Mi corazón apenas se alteró.Demasiados años viviendo entre traiciones para permitirme el lujo de despertar tranquilo.Estaba dispuesto a disparar.Pero entonces la vi.Alessia permanecía de pie frente a los enormes ventanales de mi habitación. La luz del amanecer dibujaba su silueta mientras me observaba con una mezcla de decepción y desprecio.Qué bonita manera de empezar el día.Por un segundo estuve a punto de soltar una carcajada.Entraba a mi habitación sin avisar y, aun así, tenía el descaro de mirarme como si yo fuera el intruso.Sin embargo, el movimiento de un cuerpo removiéndose a mi lado borró cualquier rastro de humor.Maldición.Había olvidado por completo que Giuliana seguía en mi cama.Sentí la mirada de Alessia deslizarse lentamente hacia ella y regresar d
El día de la boda llegó, y mi vida empezó a sonar como una banda triste. Sabía que la única salida para liberarme de aquello era la muerte, pero no estaba dispuesta a matarme por culpa de él. No se lo merecía. El que merecía sufrir era Massimo. Tanto como iba a sufrir yo.Ya no me importaba nada.Solo quería joderlo de todas las maneras posibles.—¿Ya estás lista? —me preguntó mi madre.La miré y sonreí.Pero fue una sonrisa que nunca llegó a mis ojos.Yo no estaba lista para nada.Y mucho menos para casarme con un hombre como Massimo.Pero por el bien de mi familia y de muchas familias más...Tenía que hacerlo.—Estoy lista.Mi madre me recorrió de arriba abajo y asintió lentamente.Después tomó mi mano y me sacó de la habitación.Tal vez aquella sería la última vez que caminaría por esa casa como una mujer libre.El trayecto hasta la iglesia transcurrió en completo silencio.No lloré.Ya no me quedaban lágrimas.Solo un vacío inmenso que parecía tragarse todo lo que alguna vez fui.
Abrí los ojos con un dolor insoportable. Sentía la cara arder. Lentamente me incorporé sobre la cama y tomé el pequeño espejo que descansaba sobre la mesa de noche. Cuando vi mi reflejo, un nudo se formó en mi garganta. Las marcas de los dedos de Massimo seguían impresas sobre mis mejillas. Un lado de mi rostro estaba ligeramente hinchado y los moretones comenzaban a adquirir un tono violáceo. Pasé la yema de los dedos sobre la piel adolorida. Cada roce me recordaba sus bofetadas. Cada marca me recordaba que, si me casaba con él, esa sería mi vida. Unos golpes en la puerta me hicieron sobresaltarme. Ni siquiera esperaron a que respondiera. Mi padre abrió la puerta y entró junto a mi madre. Ambos guardaron silencio durante unos segundos mientras me observaban sentada frente al espejo. Sentí que la rabia volvía a hervirme por dentro. —¿De verdad quieren que me case con un monstruo? —les grité mientras levantaba el espejo y les mostraba mi rostro—. ¡Mírenme! ¡Miren lo que me
El silencio dentro del coche era insoportable.Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra desde que salimos de la casa de ese bastardo.La rabia hervía dentro de mí como lava. Apenas lograba contenerme. No quería perder el control más de lo que ya lo había hecho, porque sabía perfectamente cuál era el impulso que luchaba por abrirse paso en mi interior.Quería matarla.Alessia mantenía la vista fija en la ventanilla, ignorándome deliberadamente, como si mi sola presencia le resultara insoportable.A mí no me molestaba.Estaba acostumbrado a su odio.De hecho, había aprendido a convivir con él hacía mucho tiempo.Lo único que no estaba dispuesto a aceptar era su desafío.Giró lentamente el rostro hacia mí. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero seguían ardiendo con el mismo desprecio de siempre.—Te desprecio.Su voz apenas fue un susurro, pero cada palabra me golpeó con una precisión escalofriante.—Eres un ser repugnante, Massimo. Ojalá nunca hubieras nacido.No





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