Mundo ficciónIniciar sesiónAbrí los ojos con un dolor insoportable.
Sentía la cara arder. Lentamente me incorporé sobre la cama y tomé el pequeño espejo que descansaba sobre la mesa de noche. Cuando vi mi reflejo, un nudo se formó en mi garganta. Las marcas de los dedos de Massimo seguían impresas sobre mis mejillas. Un lado de mi rostro estaba ligeramente hinchado y los moretones comenzaban a adquirir un tono violáceo. Pasé la yema de los dedos sobre la piel adolorida. Cada roce me recordaba sus bofetadas. Cada marca me recordaba que, si me casaba con él, esa sería mi vida. Unos golpes en la puerta me hicieron sobresaltarme. Ni siquiera esperaron a que respondiera. Mi padre abrió la puerta y entró junto a mi madre. Ambos guardaron silencio durante unos segundos mientras me observaban sentada frente al espejo. Sentí que la rabia volvía a hervirme por dentro. —¿De verdad quieren que me case con un monstruo? —les grité mientras levantaba el espejo y les mostraba mi rostro—. ¡Mírenme! ¡Miren lo que me hizo! Mi padre caminó hasta donde estaba sin mostrar la menor expresión de culpa. Ni siquiera se dignó a observar los moretones. Me arrebató el espejo de las manos y lo dejó sobre el tocador con un golpe seco. —Te vas a casar con Massimo sí o sí —sentenció con una frialdad que me heló la sangre. Lo miré completamente incrédula, llevándome una mano a la mejilla hinchada. —¿Después de esto? —pregunté con la voz quebrada. —Sí. Esa alianza tiene que hacerse, Alessia. No existe otra opción —respondió sin apartar la mirada de mí. Fruncí el ceño mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos. —¿Por qué? ¿Por qué están tan desesperados por entregarme? —pregunté sintiendo que el corazón se me rompía un poco más con cada palabra. Mi padre soltó un largo suspiro antes de responder. —Porque, si esa unión no se concreta, nuestra familia quedará completamente expuesta. Lo miré sin comprender. Él dio un paso hacia mí y continuó hablando. —Nuestros enemigos llevan años esperando un momento de debilidad. Sin la protección de los Vescovi nos destruirán. No solo moriré yo... morirás tú, morirá tu madre, nuestros hombres y todas las familias que forman parte de nuestro clan. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Negué lentamente con la cabeza. —Adriano también puede protegernos —dije aferrándome a la única esperanza que me quedaba. Mi madre soltó una amarga carcajada antes de cruzarse de brazos. —¿Adriano? —repitió con evidente desprecio. La miré confundida. —La familia de Adriano está en la ruina, Alessia. Perdieron casi todo su poder hace años. Apenas pueden mantenerse a salvo ellos mismos, mucho menos proteger a todo un clan como el nuestro. Apreté los puños con impotencia. —Pero... —No hay peros —me interrumpió mi madre mientras se acercaba hasta quedar frente a mí—. Los Vescovi son la familia más poderosa que existe. Son los únicos capaces de mantenernos con vida. Guardó silencio unos segundos antes de clavar sus ojos en los míos. —Ahora dime una cosa... Su voz se volvió mucho más dura. —¿Quieres morir? No fui capaz de responder. —¿Quieres que muramos nosotros? —insistió mientras me sostenía la mirada. Sentí que las lágrimas comenzaban a deslizarse por mis mejillas. Pero ella no terminó ahí. —¿También quieres cargar sobre tu conciencia la muerte de todos los hombres, mujeres y niños que forman parte de nuestra familia? Mi respiración comenzó a acelerarse. Las imágenes desfilaron por mi mente una tras otra. Los hijos de nuestros hombres. Las mujeres que siempre habían cuidado de mí. Los ancianos. Los niños corriendo por la finca durante las reuniones familiares. ¿Todo eso desaparecería por mi culpa? Cerré los ojos con fuerza. Las lágrimas terminaron escapando. No podía condenarlos. No podía hacerlo. Respiré profundamente antes de levantar la mirada hacia mis padres. —Está bien... —murmuré sintiendo que aquellas palabras me arrancaban el alma—. No volveré a oponerme al matrimonio. Mi madre dejó escapar un largo suspiro de alivio. Mi padre simplemente asintió. —Era la decisión correcta. Sentí unas inmensas ganas de gritarle que no. Que no había nada correcto en vender a una hija para salvar un apellido. Pero ya no me quedaban fuerzas para seguir luchando. —Cámbiate —dijo mi madre con un tono mucho más tranquilo—. Ve a la casa de Massimo y dile personalmente que aceptas la boda. No respondí. Simplemente me levanté de la cama y entré al baño. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo durante largos minutos, aunque fue incapaz de borrar la sensación de suciedad que llevaba encima. Después abrí el neceser de maquillaje. Intenté cubrir los moretones. Fue imposible. Solo conseguí disimularlos un poco. Me observé una última vez en el espejo antes de salir. Ya no reconocía a la mujer que tenía delante. ... Media hora después llegué a la mansión de los Vescovi. Uno de los empleados me abrió la puerta y me dedicó una ligera inclinación de cabeza. —¿El señor Massimo? —pregunté intentando mantener la voz firme. —Está en su despacho, señorita Alessia —respondió con respeto mientras señalaba la escalera principal. Asentí sin decir una palabra. Conocía perfectamente el camino. Subí las escaleras y me detuve frente a la enorme puerta de madera. Respiré hondo. Golpeé dos veces. —Adelante. Empujé la puerta y entré. Massimo estaba sentado detrás de su escritorio, revisando varios documentos en el computador. Al sentir mi presencia levantó lentamente la vista. Sus ojos se encontraron con los míos. No dijo absolutamente nada. Solo me observó con esa calma que tanto llegaba a desesperarme. Tomé aire antes de hablar. —He venido a decirte que... sí me casaré contigo —murmuré obligándome a pronunciar aquellas palabras. Él no mostró ninguna reacción. —Haré el sacrificio de convertirme en tu esposa. Una lenta sonrisa apareció en sus labios. —¿Sacrificio? —preguntó sin apartar la vista de mí, como si disfrutara cada segundo de mi humillación. Apreté la mandíbula. Sabía perfectamente que estaba intentando provocarme. Antes de que pudiera responderle, la puerta del despacho volvió a abrirse. Giuliana entró sonriendo. Pero al verme allí, toda la alegría desapareció de su rostro. La observé unos segundos antes de volver la vista hacia Massimo. Él había recuperado aquella expresión seria e impenetrable que tanto lo caracterizaba. No pude evitar sonreír con ironía. —Si tantas ganas tienes de follarte a mi prima... ¿por qué no te casas con ella? —pregunté sin apartar la vista de Massimo. —¡Alessia! —exclamó Giuliana, escandalizada. Massimo levantó una mano, deteniéndola antes de que pudiera decir una palabra más. —Cállate— Le ordenó. Giuliana lo miró completamente sorprendida. —Massimo... yo... —No he dicho que hables —la interrumpió con un tono tan frío que incluso ella dio un paso hacia atrás. El despacho quedó sumido en un incómodo silencio. Volví a mirar a Giuliana. —Siempre estarás por debajo de mí —le dije mientras me acercaba lentamente—. Siempre serás la puta que calienta su cama... Vi cómo su rostro perdía todo el color. Me detuve frente a ella y sonreí con desprecio. —Mientras yo siempre seré su esposa. Giuliana perdió el control. Con un grito de rabia se lanzó sobre mí intentando golpearme. Pero fui más rápida. Mi bofetada impactó contra su rostro con tanta fuerza que terminó en el suelo. La observé desde arriba mientras se llevaba una mano a la mejilla. —Lárgate, puta —le escupí con absoluto desprecio—. No quiero volver a verte delante de mí. Giuliana levantó la vista hacia Massimo, buscando que él la defendiera. Él ni siquiera se movió. —Lárgate. Ella rompió a llorar. —Pero, Massimo... —Cuando te necesite volveré a llamarte. Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Giuliana. Se levantó del suelo llena de rabia y abandonó el despacho dando un fuerte portazo. El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Lo miré con absoluto desprecio. —Eres una escoria —le dije sintiendo un profundo asco al verlo. Massimo sonrió con tranquilidad. —Es posible. Se levantó lentamente de la silla y caminó hasta quedar frente a mí. —Puede que sea lo peor que ha parido esta tierra —admitió sin el menor remordimiento. Hizo una breve pausa antes de inclinarse apenas hacia mí. —Pero quieras o no... Sus ojos se clavaron en los míos. —Muy pronto serás mi esposa. Sentí un profundo asco. Lo sostuve la mirada durante unos segundos. Después me di la vuelta y abandoné el despacho sin volver a dirigirle una sola palabra. Mientras caminaba por aquel largo pasillo solo podía pensar en una cosa. Mi vida estaba a punto de convertirse en un infierno.






