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4:Soy tu dueño (Massimo)

El silencio dentro del coche era insoportable.

Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra desde que salimos de la casa de ese bastardo.

La rabia hervía dentro de mí como lava. Apenas lograba contenerme. No quería perder el control más de lo que ya lo había hecho, porque sabía perfectamente cuál era el impulso que luchaba por abrirse paso en mi interior.

Quería matarla.

Alessia mantenía la vista fija en la ventanilla, ignorándome deliberadamente, como si mi sola presencia le resultara insoportable.

A mí no me molestaba.

Estaba acostumbrado a su odio.

De hecho, había aprendido a convivir con él hacía mucho tiempo.

Lo único que no estaba dispuesto a aceptar era su desafío.

Giró lentamente el rostro hacia mí. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero seguían ardiendo con el mismo desprecio de siempre.

—Te desprecio.

Su voz apenas fue un susurro, pero cada palabra me golpeó con una precisión escalofriante.

—Eres un ser repugnante, Massimo. Ojalá nunca hubieras nacido.

No respondí.

Simplemente desvié la mirada hacia el conductor.

—Detén el coche.

El vehículo se detuvo en medio de una carretera solitaria.

Antes de que Alessia pudiera reaccionar, abrí la puerta de su lado y la sujeté con fuerza del cabello.

—¡Suéltame! —gritó mientras intentaba apartarme.

La arrastré fuera del coche sin el menor cuidado.

Su cuerpo golpeó el asfalto con un sonido seco.

El grito de dolor que escapó de sus labios hizo que los hombres que nos acompañaban desviaran la mirada, aunque ninguno se atrevió a intervenir.

Alessia respiraba con dificultad.

Sus manos temblaban mientras intentaba incorporarse.

Aun así, levantó el rostro y volvió a mirarme.

Había lágrimas en sus ojos.

Pero también desafío.

—Te odio... —susurró con la voz quebrada—. Voy a odiarte hasta el último día de mi vida.

Sentí que algo oscuro se agitaba dentro de mí.

Me acerqué despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

Le di una bofetada que hizo girar su rostro.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, otra bofetada impactó contra su mejilla.

Alessia soltó un gemido de dolor.

Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza.

La sujeté del cuello y la obligué a levantar la cabeza hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros.

Por primera vez en mucho tiempo no vi rabia en sus ojos.

Vi miedo.

Parecía un animal herido, acorralado e incapaz de encontrar una salida.

—Escúchame bien —dije con una calma que resultaba mucho más amenazante que cualquier grito—. Yo seré tu esposo.

Apreté un poco más la mano que rodeaba su cuello.

—Y todo tu cuerpo me pertenecerá. Nadie volverá a tocarte —le dije sin apartar la mirada de la suya.

Sus labios comenzaron a temblar.

Las lágrimas resbalaban sin control por sus mejillas.

—Y grábate esto muy bien, Alessia. Si vuelves a acercarte a Adriano...

Hice una pausa, disfrutando de la forma en que el miedo iba reemplazando el desafío en sus ojos.

—Lo mataré.

Su respiración se quebró.

—Y seré yo mismo quien te entregue sus restos, parte por parte, para que entiendas el precio de desafiarme.

Alessia rompió a llorar con una intensidad que jamás le había visto.

Sus hombros se sacudían mientras intentaba recuperar el aire.

La observé durante unos segundos.

Después retiré la mano de su cuello.

No porque sintiera lástima.

Sino porque ya había comprendido el mensaje.

La sujeté con firmeza del brazo y la obligué a ponerse de pie.

Ella apenas ofreció resistencia.

Caminó trastabillando hasta el coche mientras las lágrimas seguían deslizándose por su rostro.

Abrí la puerta trasera y prácticamente la empujé hacia el interior.

Esperé a que se acomodara en el asiento antes de cerrar la puerta de un golpe.

—Arranca —ordené al conductor mientras volvía a ocupar mi lugar.

El coche retomó la marcha.

Alessia permaneció en silencio, abrazándose a sí misma y evitando mirarme.

Yo tampoco dije una sola palabra.

Ya había dejado claro lo único que necesitaba que entendiera.

.....

Llegamos a la casa de Alessia casi media hora después.

Durante todo el trayecto no pronunció una sola palabra. Permaneció abrazándose a sí misma, con el rostro oculto entre su cabello mientras intentaba contener el llanto.

No me importó.

Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, abrí la puerta trasera y la sujeté del brazo.

—Baja.

Ella negó con la cabeza y comenzó a forcejear.

—No... por favor...

Su voz era apenas un hilo, pero no pensaba escuchar súplicas.

La saqué del coche a la fuerza.

Alessia lloraba mientras intentaba resistirse, clavando los pies contra el suelo para impedir que la moviera. Fue inútil.

La arrastré conmigo hasta la entrada de la casa, ignorando sus quejidos y el temblor que recorría todo su cuerpo.

Empujé la puerta principal y entré sin pedir permiso.

En el recibidor ya se encontraban sus padres, como si hubieran estado esperándonos.

Sin la menor delicadeza, solté el brazo de Alessia y la empujé hacia ellos.

Su cuerpo salió despedido hacia delante y cayó pesadamente a los pies de sus padres, como un saco de arena.

Ella soltó un gemido ahogado y terminó hecha un ovillo sobre el suelo de mármol.

La observé unos segundos antes de hablar.

—Ella se casará conmigo... y no volverá a oponerse —informé con absoluta tranquilidad.

Su padre levantó la vista hacia mí y asintió lentamente.

—Entendido.

No hizo una sola pregunta más.

En cambio, su madre permaneció inmóvil.

Su mirada pasó de mí a Alessia, que seguía acurrucada en el suelo, temblando mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Qué pasó con Adriano? —preguntó finalmente el padre de Alessia.

No pude evitar reír.

Desvié la mirada hacia Alessia.

Ella levantó lentamente la cabeza para observarme. Sus ojos estaban llenos de lágrimas... y de un odio que parecía no tener fin.

Sonreí.

—Él ya no es un problema —respondí con absoluta calma—. No creo que sea tan imbécil como para volver a involucrarse con la futura esposa de Massimo Vescovi.

El silencio se apoderó del recibidor.

Los padres de Alessia intercambiaron una breve mirada antes de asentir.

Ninguno de los dos volvió a decir una sola palabra.

Salí de ese lugar sintiéndome agotado.

Lo único que quería era llegar a casa y dormir unas horas.

Entré al coche y le indiqué al chofer que arrancara. Me recosté sobre el asiento y respiré profundamente, intentando controlar la rabia que aún me consumía.

Alessia era la primera mujer que se resistía a mí de esa manera.

Tal vez por eso estaba tan obsesionado con ella.

Pero la imagen de verla medio desnuda, dispuesta a entregarse a ese hijo de puta, hacía que la sangre me hirviera de ira.

Cerré los ojos y aparté ese pensamiento de mi cabeza.

Ella solo me pertenecía a mí.

Y únicamente a mí.

Cuando llegamos a la mansión, el chofer anunció nuestra llegada.

Descendí del coche y entré directamente a la casa. No saludé a nadie ni me molesté en mirar a mi alrededor. Subí las escaleras con paso firme y me dirigí a mi habitación.

Sin embargo, apenas crucé la puerta, algo me hizo detenerme.

El ambiente era extraño.

Demasiado silencioso.

Saqué el arma por instinto y apunté hacia la oscuridad.

Unos segundos después, una figura salió lentamente de las sombras.

Era Giuliana.

Llevaba un delicado conjunto de lencería y su cabello, tan rubio como el trigo, caía en cascada sobre sus hombros.

—Pensé que no vendrías —dijo mientras se acercaba lentamente.

La observé en silencio.

Giuliana era como una serpiente.

Hermosa por fuera.

Letal por dentro.

Caminé hasta la cama sin bajar el arma.

Tomé una almohada y la lancé al suelo frente a ella.

—Arrodíllate.

No discutió.

Con una sonrisa apenas perceptible, obedeció de inmediato y se arrodilló sobre la almohada, sin apartar la mirada de mí.

Me acerqué lentamente.

Sujeté su mandíbula con firmeza y levanté su rostro para obligarla a mirarme a los ojos.

Sin apartar la vista de sus ojos, llevé el cañón del arma hasta sus labios.

Ella abrió la boca despacio y lo sostuvo allí, sin dejar de mirarme con una expresión cargada de deseo.

Después dejé el arma sobre la cama.

Giuliana se relamió los labios lentamente mientras sus ojos recorrían mi cuerpo con una intensidad que habría hecho perder la cabeza a cualquier otro hombre.

Pero yo no era cualquier hombre.

Sabía exactamente lo que quería de mí.

Y también sabía que una mujer como ella nunca daba un paso sin esperar algo a cambio.

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