Mundo ficciónIniciar sesiónElla es el trofeo de la nación. Él es el dueño de las sombras. Aurora Valenti lo tiene todo: belleza, elegancia y el título de Primera Dama de Italia. Pero tras los muros del Palacio del Quirinal, su vida es una jaula de mármol. Casada con un hombre que ama el poder más que a su propia esposa, Aurora se ha convertido en una estatua de cristal, hermosa pero vacía... hasta que él llegó. Damian Rossi no es el guardaespaldas que el Estado cree. Bajo su traje a medida y su mirada gélida, se oculta el hombre más peligroso de Europa: el heredero de un imperio criminal que no conoce la piedad. Él no está en el palacio para proteger la democracia; está ahí porque el Presidente tiene una deuda de sangre, y Aurora es la garantía. Lo que comenzó como un juego de seducción prohibida y rebeldía se transforma en una espiral oscura de secretos y traición. En un mundo donde la política es una farsa y la lealtad se compra con balas, Aurora descubrirá que su marido oculta un secreto que podría destruir el país, y que su protector es el mismo monstruo al que debería temer. Cuando la pasión desafía al Estado, el precio se paga con sangre. ¿Podrás amar al hombre que te mantiene prisionera? ¿O confiar en el esposo que te vendió por un voto? Bienvenidos a Roma. Donde el amor es el pecado más costoso.
Leer másMia
O ônibus mal parou e eu já desci com a sensação de que ia fazer a maior loucura da minha vida. O letreiro do restaurante brilhava na calçada como se me chamasse pelo nome. Era agora. Ou eu resolvia meu problema… ou terminaria dormindo na rua antes de perceber. Puxei a gola da minha blusa fina, tentando bloquear o vento gelado. Desde que perdi o emprego naquela manhã, a vida parecia estar se divertindo em me empurrar de um penhasco. Sem mãe, sem família, sem ninguém no mundo… e agora sem salário. “Vai falar com o agiota do bairro”, Jana disse, como se eu estivesse indo comprar pão, mas afinal eu não tinha outra opção, era uma humilhação ou a sarjeta, o não eu já tenho então bora de humilhação mesmo. Suspirei, peguei meu celular e mandei a mensagem: Eu: “Cheguei. Onde você está sentado?” A resposta apareceu quase imediatamente: Agiota: “Mesa sozinho. Paletó preto.” Ótimo. Simples. Menos humilhante do que implorar na porta dele. Eu estava prestes a responder quando a tela piscou… e apagou. — Não, não, não… — apertei os botões, virei o celular, pedi para todos os deuses existentes. Nada. Morto. Empurrei a porta do restaurante com o coração batendo forte. O ambiente era elegante demais para mim. Luzes quentes, taças brilhando, pessoas arrumadas. Eu, com minha blusa surrada e rosto cansado, parecia um borrão esquecido. Procurei alguém com um paletó preto. E então o vi. Sentado sozinho, exatamente como descrito. Mas… meu Deus. Ele era lindo. Ridiculamente lindo. Altura imponente, ombros largos, cabelo escuro arrumado de um jeito sofisticado demais para o bairro. O rosto era sério, forte, daqueles que prendem a atenção sem esforço. Os olhos… escuros, profundos, atentos. Meu peito apertou. É ele. Tinha que ser. Eu não tinha visto outro paletó preto para escolher. Caminhei até a mesa. Antes que meu medo vencesse, me sentei. Ele ergueu os olhos para mim, e eu fiquei um segundo sem ar. Mas eu precisava falar antes que perdesse a coragem. — Eu preciso muito da sua ajuda — comecei, a voz mais fraca do que eu queria. — Eu sei que isso deve parecer estranho, mas… eu estou desesperada. Perdi meu emprego hoje, não tenho família, não tenho pra onde ir. Eu pago tudo, juro, tudo que pedir, mas por favor… eu preciso do empréstimo pra não ser despejada. Ele ficou me olhando… primeiro surpreso, depois intrigado, e então… quase divertido. Não era a reação que eu esperava de um agiota. — Hm… — ele sustentou meu olhar, como se estivesse analisando cada palavra. — Só pra esclarecer uma coisa… eu não sou agiota. Meu cérebro travou. — O quê? Ele apoiou os cotovelos na mesa e se inclinou um pouco, os olhos fixos nos meus. — Desculpe desapontá-la — disse com um sorriso discreto, aquele tipo de sorriso que mexe com a respiração — mas definitivamente não sou agiota. Meu rosto queimou na hora. — Não… não… — eu cobri o rosto com as mãos. — Eu não acredito nisso. Eu sinto muito. Eu… eu estou constrangida de um jeito que você não faz ideia. Me levantei tão rápido que quase derrubei a cadeira. — Eu vou embora. Me desculpa por isso, eu… eu… Foi quando senti a mão dele no meu pulso. Ele não apertou, só tocou. Mas foi o suficiente para me paralisar. — Ei — sua voz ficou mais baixa, quase suave. — Calma. Você não precisa correr. Eu virei lentamente para ele. Elijah — embora eu ainda não soubesse seu nome — olhava para mim com uma mistura curiosa de paciência e… interesse genuíno. Era estranho. Quente. Intenso. — Eu não sou agiota — repetiu, com uma pontinha de riso nos lábios — mas… acho que quero ouvir essa história inteira. Se você não se importar em contar de novo… para a pessoa errada. Meu coração tropeçou. Ele estava… entrando na onda? — Por quê? — perguntei, sem conseguir esconder a confusão. — Por que um estranho se importaria? Ele soltou meu pulso devagar, como se não quisesse realmente soltar. — Porque você entrou aqui como se estivesse carregando o peso do mundo — respondeu calmamente. — E porque… — seu olhar percorreu meu rosto de um jeito que me fez engolir seco — eu não vejo pessoas tão sinceras assim todos os dias. Meu corpo inteiro ficou quente. Eu hesitei. Era loucura. Completamente. Mas, pela primeira vez em meses, alguém parecia… disposto a me ouvir. Voltei a sentar. Ele apoiou o queixo na mão, claramente interessado. — Então, Mia… — ele disse como se já soubesse meu nome — me conte. Do começo. Prometo não julgar. Olhei para ele, ainda tentando entender por que meu coração estava acelerado daquele jeito. Talvez porque eu tivesse acabado de entrar num problema maior do que o agiota. Ou talvez porque, pela primeira vez… eu tivesse encontrado alguém que realmente queria escutar.El silencio de mi habitación en el Quirinal nunca se había sentido tan pesado. Damian se había marchado hacía apenas seis horas hacia Sicilia para organizar la avanzada de seguridad, y sin embargo, el aire en el palacio parecía haber perdido su corriente. Sin su presencia vigilante en el pasillo, sin el sonido de sus botas sobre el mármol, me sentía expuesta, pero no al peligro externo, sino a mí misma.Me metí en la cama matrimonial, ese desierto de sábanas de hilo egipcio donde Matteo y yo fingíamos ser una pareja. Mi esposo dormía en su propia suite, "trabajando hasta tarde" con Luca, como era su costumbre.Cerré los ojos, tratando de invocar el sueño, pero lo que obtuve fue un incendio.En mi sueño, el palacio no estaba vacío. No había protocolos ni cámaras. Estaba en la biblioteca, el mismo lugar donde nuestras manos se habían rozado. Pero esta vez, Damian no retrocedía. Su mano no se quedaba en mi muñeca; subía, firme y posesiva, hasta enredarse en mi cabello, tirando de mi cabe
El Palacio del Quirinal podía tener siglos de historia y tapices de seda, pero en el fondo, no dejaba de ser un edificio viejo. Esa noche, el silencio de mi habitación se rompió por un sonido que no era el de una bala, sino un crujido sutil sobre el mármol del baño.Entré descalza, con el camisón de seda blanco rozándome los tobillos, y entonces la vi. Una criatura oscura, enorme y rápida, se movía cerca de mis pies.—¡AH! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo. Salté sobre la tapa del inodoro como si mi vida dependiera de ello—. ¡Damian! ¡Damian, ven aquí ahora mismo!La puerta de la habitación se abrió de un golpe seco. Damian entró con el arma en la mano, escaneando cada esquina con una ferocidad que me hizo sentir culpable de inmediato. Su mirada aterrizó en mí, encaramada en el inodoro con los ojos desorbitados.—¿Dónde están? —preguntó él, con la voz cargada de adrenalina—. ¿Dónde están los intrusos?Señalé con un dedo tembloroso hacia el rincón de la bañ
El silencio del palacio después del caos era casi peor que los disparos. Matteo no había vuelto; Luca me había informado por teléfono, con una voz desprovista de toda emoción, que el Presidente estaba "resguardado en una ubicación segura por protocolos de seguridad nacional". Ni una pregunta sobre mi estado. Ni un "me alegra que estés viva".No podía estar en mi habitación. Me asfixiaba el olor a flores frescas y el peso de las cortinas de terciopelo. Salí a hurtadillas hacia la escalinata de servicio, esa que daba a los jardines traseros donde los turistas nunca llegaban. Me dejé caer en el frío mármol, sintiendo que los pies me ardían.Me quité los tacones con un gesto violento y los lancé lejos. Mis pies estaban sucios, mi vestido manchado de la sangre de Damian y mis manos no dejaban de temblar. Me abracé las rodillas y, finalmente, las lágrimas que había contenido durante años estallaron. Lloraba por el atentado, por el desprecio de Matteo, por la mujer que solía ser y por la que
El reloj de pared en el vestíbulo principal marcaba las siete de la tarde. Matteo se ajustaba la corbata frente al espejo con una precisión casi quirúrgica, mientras Luca le susurraba al oído los puntos clave de su reunión con los líderes de la coalición en Milán.—¿De verdad tienes que irte hoy? —pregunté, balanceando mi copa de vino mientras me apoyaba en el marco de la puerta. Ya era mi segunda copa, y el calor empezaba a subirme a las mejillas.Matteo ni siquiera me miró a través del reflejo.—Es una crisis de estado, Aurora. No una rabieta de alcoba. Tú tienes la cena benéfica para los huérfanos de la marina. Es una causa noble, perfecta para tu imagen. Trata de no parecer tan aburrida como de costumbre.—Tal vez si me acompañaras, no tendría que fingir que me importa el menú —respondí, dejando escapar una risa amarga.Él se giró, me tomó por la barbilla y apretó lo suficiente para que el gesto no fuera una caricia, sino una advertencia.—Hueles a vino, Aurora. Compórtate. Rossi
Último capítulo