Mundo de ficçãoIniciar sessãoElla es el trofeo de la nación. Él es el dueño de las sombras. Aurora Valenti lo tiene todo: belleza, elegancia y el título de Primera Dama de Italia. Pero tras los muros del Palacio del Quirinal, su vida es una jaula de mármol. Casada con un hombre que ama el poder más que a su propia esposa, Aurora se ha convertido en una estatua de cristal, hermosa pero vacía... hasta que él llegó. Damian Rossi no es el guardaespaldas que el Estado cree. Bajo su traje a medida y su mirada gélida, se oculta el hombre más peligroso de Europa: el heredero de un imperio criminal que no conoce la piedad. Él no está en el palacio para proteger la democracia; está ahí porque el Presidente tiene una deuda de sangre, y Aurora es la garantía. Lo que comenzó como un juego de seducción prohibida y rebeldía se transforma en una espiral oscura de secretos y traición. En un mundo donde la política es una farsa y la lealtad se compra con balas, Aurora descubrirá que su marido oculta un secreto que podría destruir el país, y que su protector es el mismo monstruo al que debería temer. Cuando la pasión desafía al Estado, el precio se paga con sangre. ¿Podrás amar al hombre que te mantiene prisionera? ¿O confiar en el esposo que te vendió por un voto? Bienvenidos a Roma. Donde el amor es el pecado más costoso.
Ler maisEl espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. La seda color borgoña de mi vestido de gala se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, pero se sentía más bien como una armadura.
—Un poco más a la izquierda, Lucía —le dije a mi estilista sin mirarla.
—El broche de la República, señora. Es necesario para la foto con los embajadores —murmuró ella, colocando la joya de diamantes cerca de mi clavícula. Pesaba. Todo en esta vida pesaba.
La puerta de la suite se abrió de golpe. No necesité girarme para saber quién era; el olor a sándalo caro y esa energía eléctrica de impaciencia lo delataban. Matteo Valenti, el Presidente de Italia y, técnicamente, mi esposo.
—Cinco minutos, Aurora. Los fotógrafos están esperando en el Gran Salón. ¿Por qué siempre tardas tanto en ponerte una máscara? —Su voz era suave, casi musical, la misma que usaba para convencer al Parlamento de aprobar sus leyes.
Me giré lentamente, forzando la sonrisa que había practicado frente al espejo durante tres años.
—No es una máscara, Matteo. Es el protocolo que tú mismo diseñaste para mí.
Él caminó hacia mí, pero no para besarme. Se detuvo a unos centímetros, solo para ajustarme un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus ojos, esos que enamoraban a las cámaras, estaban fríos como el mármol del palacio.
—Estás perfecta. Estás vacía, pero perfecta —susurró él, mirándome como quien admira un cuadro recién comprado—. No olvides el discurso sobre la fundación. Sonríe a la cámara de Il Messaggero, especialmente cuando yo te tome de la mano. Necesitamos que los titulares de mañana hablen de unidad familiar, no de la caída de la bolsa.
—¿Es todo lo que soy para ti hoy? ¿Una distracción para la economía?
Matteo soltó una risa seca, acomodándose los gemelos de oro.
—Eres la Primera Dama de Italia, Aurora. Deja de buscar drama donde solo hay deber. Luca ya revisó tu agenda. Mañana tienes tres cenas y una inauguración. No me falles.
—Luca —repetí el nombre de su secretario personal—. Él siempre sabe lo que necesito antes que yo, ¿verdad?
—Luca es eficiente. Deberías aprender de él —sentenció Matteo, caminando hacia la puerta—. Vamos. El país no va a esperar a que encuentres tu alma debajo de ese vestido.
Caminamos por los pasillos del Quirinal en silencio. Un silencio que conocía demasiado bien. Mis tacones chasqueaban contra el suelo, marcando el ritmo de mi propia sentencia. Los guardias se tensaban a nuestro paso, saludando con una rigidez que me hacía sentir como una intrusa en mi propia casa.
Al llegar al salón, Matteo tomó mi mano. Sus dedos estaban gélidos. En el momento en que las puertas dobles se abrieron, la luz de los flashes me cegó por un segundo.
—¡Presidente! ¡Signora Valenti! —gritaban los reporteros.
Matteo me atrajo hacia él, dándome un beso casto en la mejilla que se sintió como el roce de un reptil.
—Te amo, querida —susurró para que los micrófonos cercanos captaran el audio.
—Y yo a ti, Matteo —respondí con la misma falsedad profesional.
Pasaron las horas. Copas de champagne que no bebía, manos de diplomáticos que no quería tocar y conversaciones vacías sobre la "gloria de Italia". Me sentía como un objeto de exhibición, una muñeca que funcionaba a cuerda.
De repente, sentí un escalofrío. No era el aire acondicionado del salón. Era la sensación de ser observada, pero no por un fotógrafo. No era esa mirada lasciva de los políticos viejos; era algo más pesado, más... denso.
—¿Estás bien? Te has quedado pálida —me preguntó Luca, apareciendo de la nada junto a mí. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos siempre estaban escaneando la habitación.
—Necesito aire, Luca. Solo un momento en el balcón.
—El protocolo dicta que...
—Al diablo el protocolo por cinco minutos —lo corté, dándole la espalda antes de que pudiera protestar.
Salí al balcón que daba a los jardines. La noche romana era cálida, pero el aire se sentía pesado. Me apoyé en la barandilla, cerrando los ojos. Deseé, por un instante, ser cualquier otra persona. Una estudiante, una camarera, alguien que no tuviera que fingir que su matrimonio era un idilio mientras su cama estaba más fría que una tumba.
—No debería estar aquí sola, Signora. Es peligroso.
La voz era nueva. No era la voz refinada de Matteo ni la servil de Luca. Era profunda, áspera, con un rastro de algo que no pude identificar de inmediato.
Abrí los ojos y me giré.
Allí estaba él. Un hombre que no había visto antes entre el personal de seguridad. Vestía un traje oscuro que parecía contener a duras penas una musculatura que ningún otro guardia del palacio poseía. Sus ojos eran azules, pero un azul de tormenta, de esos que te advierten que busques refugio.
—¿Quién eres? —pregunté, tratando de recuperar mi compostura de Primera Dama—. No recuerdo haberte visto en mi destacamento.
Él dio un paso al frente, entrando en el círculo de luz de la lámpara del balcón. No bajó la cabeza. No me miró con la reverencia habitual. Me miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—Soy Damian Rossi —dijo, y su nombre sonó como una amenaza—. Y desde este momento, soy la sombra que no te dejará dar ni un solo paso sin mi permiso.
Me crucé de brazos, sintiendo un extraño hormigueo en la nuca.
—Mi esposo no me mencionó que cambiarían al jefe de seguridad.
—Su esposo tiene muchas cosas en la cabeza, Signora Valenti —respondió Damian con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero yo soy la única que debería importarle a usted ahora. El mundo exterior es un lugar oscuro, pero le aseguro que los monstruos que están dentro de este palacio son mucho peores.
—¿Me estás amenazando? —di un paso hacia él, desafiante.
Él se inclinó ligeramente, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que pude oler su perfume: tabaco, cuero y algo metálico que me hizo dar un paso atrás.
—La estoy protegiendo, Aurora —dijo mi nombre sin el título, y por primera vez en años, sentí que mi corazón daba un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo—. El problema es que aún no sabe de quién.
Se dio la vuelta y se colocó junto a la puerta, volviendo a su postura rígida de guardia, pero yo ya no podía dejar de mirarlo. La jaula de seda acababa de volverse mucho más pequeña, y por primera vez, sentí que el peligro no estaba fuera, sino justo frente a mí.
El silencio de mi habitación en el Quirinal nunca se había sentido tan pesado. Damian se había marchado hacía apenas seis horas hacia Sicilia para organizar la avanzada de seguridad, y sin embargo, el aire en el palacio parecía haber perdido su corriente. Sin su presencia vigilante en el pasillo, sin el sonido de sus botas sobre el mármol, me sentía expuesta, pero no al peligro externo, sino a mí misma.Me metí en la cama matrimonial, ese desierto de sábanas de hilo egipcio donde Matteo y yo fingíamos ser una pareja. Mi esposo dormía en su propia suite, "trabajando hasta tarde" con Luca, como era su costumbre.Cerré los ojos, tratando de invocar el sueño, pero lo que obtuve fue un incendio.En mi sueño, el palacio no estaba vacío. No había protocolos ni cámaras. Estaba en la biblioteca, el mismo lugar donde nuestras manos se habían rozado. Pero esta vez, Damian no retrocedía. Su mano no se quedaba en mi muñeca; subía, firme y posesiva, hasta enredarse en mi cabello, tirando de mi cabe
El Palacio del Quirinal podía tener siglos de historia y tapices de seda, pero en el fondo, no dejaba de ser un edificio viejo. Esa noche, el silencio de mi habitación se rompió por un sonido que no era el de una bala, sino un crujido sutil sobre el mármol del baño.Entré descalza, con el camisón de seda blanco rozándome los tobillos, y entonces la vi. Una criatura oscura, enorme y rápida, se movía cerca de mis pies.—¡AH! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo. Salté sobre la tapa del inodoro como si mi vida dependiera de ello—. ¡Damian! ¡Damian, ven aquí ahora mismo!La puerta de la habitación se abrió de un golpe seco. Damian entró con el arma en la mano, escaneando cada esquina con una ferocidad que me hizo sentir culpable de inmediato. Su mirada aterrizó en mí, encaramada en el inodoro con los ojos desorbitados.—¿Dónde están? —preguntó él, con la voz cargada de adrenalina—. ¿Dónde están los intrusos?Señalé con un dedo tembloroso hacia el rincón de la bañ
El silencio del palacio después del caos era casi peor que los disparos. Matteo no había vuelto; Luca me había informado por teléfono, con una voz desprovista de toda emoción, que el Presidente estaba "resguardado en una ubicación segura por protocolos de seguridad nacional". Ni una pregunta sobre mi estado. Ni un "me alegra que estés viva".No podía estar en mi habitación. Me asfixiaba el olor a flores frescas y el peso de las cortinas de terciopelo. Salí a hurtadillas hacia la escalinata de servicio, esa que daba a los jardines traseros donde los turistas nunca llegaban. Me dejé caer en el frío mármol, sintiendo que los pies me ardían.Me quité los tacones con un gesto violento y los lancé lejos. Mis pies estaban sucios, mi vestido manchado de la sangre de Damian y mis manos no dejaban de temblar. Me abracé las rodillas y, finalmente, las lágrimas que había contenido durante años estallaron. Lloraba por el atentado, por el desprecio de Matteo, por la mujer que solía ser y por la que
El reloj de pared en el vestíbulo principal marcaba las siete de la tarde. Matteo se ajustaba la corbata frente al espejo con una precisión casi quirúrgica, mientras Luca le susurraba al oído los puntos clave de su reunión con los líderes de la coalición en Milán.—¿De verdad tienes que irte hoy? —pregunté, balanceando mi copa de vino mientras me apoyaba en el marco de la puerta. Ya era mi segunda copa, y el calor empezaba a subirme a las mejillas.Matteo ni siquiera me miró a través del reflejo.—Es una crisis de estado, Aurora. No una rabieta de alcoba. Tú tienes la cena benéfica para los huérfanos de la marina. Es una causa noble, perfecta para tu imagen. Trata de no parecer tan aburrida como de costumbre.—Tal vez si me acompañaras, no tendría que fingir que me importa el menú —respondí, dejando escapar una risa amarga.Él se giró, me tomó por la barbilla y apretó lo suficiente para que el gesto no fuera una caricia, sino una advertencia.—Hueles a vino, Aurora. Compórtate. Rossi





Último capítulo