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3: El amor no basta (Alessia)

Apenas la puerta de mi habitación se cerró, respiré hondo.

Mi madre podía quitarme el teléfono.

Podía encerrarme.

Podía vigilar cada uno de mis movimientos.

Pero jamás iba a impedir que luchara por el hombre que amaba.

No iba a dejarlo ir, Adriano y yo nacimos para estar juntos.

Nos amabamos con locura, y Massimo mi nadie iba a impedirnos estar juntos.

Me senté al borde de la cama, mirando la puerta y las lágrimas empezaron a caer, pero no eran de tristeza, eran de rabia acumulada.

Esperé durante horas, inmóvil, hasta que la casa quedó completamente en silencio.

Quite las sabanas de mi cama.

Me acerqué al balcón. Con manos temblorosas até varias sábanas formando una cuerda improvisada y las aseguré a la baranda.

Miré hacia abajo.

Era una locura.

Pero casarme con Massimo lo era todavía más.

Sin pensarlo dos veces, descendí hasta el jardín.

Cuando mis pies tocaron el suelo, eché a correr.

No miré atrás.

Solo había un lugar al que quería llegar.

La casa de Adriano.

Detuve un taxi, y me subí apresuradamente.

Le indique la dirección y el hombre arranco de inmediato.

Mire por la ventanilla para distraerme, necesitaba pensar en como salir de ese matrimonio.

Después de unos minutos el taxi se detuvo, yo le pagué y sali.

Corri a las puertas de la casa de Adriano.

Golpeé la puerta con tanta fuerza que mis nudillos comenzaron a doler.

Apenas unos segundos después, la puerta se abrió.

Adriano apareció frente a mí. Sus ojos se abrieron de par en par y el color abandonó su rostro.

—¿Alessia...? —preguntó sin salir de su asombro mientras recorría mi rostro con la mirada—. ¿Qué haces aquí?

No fui capaz de responder.

Las lágrimas volvieron a acumularse en mis ojos.

Me lancé contra él y rodeé su cuello con los brazos, aferrándome como si fuera lo único que me mantenía en pie.

Adriano me abrazó con fuerza. Una de sus manos acariciaba mi espalda con suavidad, intentando calmar el temblor que recorría todo mi cuerpo.

—Escapé... —murmuré entre sollozos, escondiendo el rostro en su pecho—. No podía seguir encerrada. Sentía que me estaba ahogando.

Él apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos durante un instante.

—Van a buscarte por toda la ciudad —susurró con preocupación—. Si Massimo descubre que estás aquí...

Negué antes de que terminara la frase.

—No me importa.

Tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme directamente a los ojos.

—Lo único que me importa eres tú, Adriano — le dije.

Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.

—Llevaba tanto tiempo soñando con escuchar esas palabras...

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

Las lágrimas comenzaron a resbalar lentamente por mis mejillas.

—Te amo —confesé con la voz completamente quebrada—. Y si pudiera volver atrás... me habría marchado contigo hace mucho tiempo.

Los ojos de Adriano brillaron.

Con infinita delicadeza, acarició mi mejilla con el dorso de la mano.

—Y yo te amo a ti, Alessia —respondió sin apartar la vista de la mía—. Te he amado durante tanto tiempo... que ya ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de conocerte.

Una pequeña sonrisa apareció entre mis lágrimas.

—Prométeme una cosa— Le pedí.

Él frunció ligeramente el ceño.

—La que sea.

Entrelacé mis dedos con los suyos.

—Prométeme que nunca dejarás de amarme.

Adriano levantó mi mano hasta sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos.

—Ni en esta vida... ni en la siguiente.

Cerré los ojos y volví a abrazarlo.

Durante unos instantes conseguí olvidar que el mundo entero parecía estar empeñado en separarnos.

Creí que, por una vez, estábamos a salvo.

—Quiero que me hagas el amor— Le pedí.

Adriano se quedo paralizado por un momento pero después sonrió.

Me cargó en sus brazos y me llevo hasta su habitación.

Esto lo habíamos pospuesto muchísimas veces.

Por miedo a lo que pudiera pasar, pero ya no me importaba.

Yo quería que el fuera mi primer hombre.

Quería saber lo que te ra hacer el amor antes de perder mi dignidad con Massimo.

Adriano me acostó con delicadeza en la cama y empezó a quitarse la ropa.

Lo mire embelesada, el era perfecto.

Yo me quite la parte de arriba, dejando al descubierto mis pechos llenos.

Los ojos de Adriano se oscurecieron.

Había deseo y amor en ellos, y eso me llenaba de felicidad.

—Te amo solo a ti Adriano— le dije.

Un estruendo hizo temblar toda la casa.

¡BOOM!

Los pasos resonaron por el pasillo con una lentitud escalofriante.

Yo me levanté de la cama de golpe y me acerque a el.

Adriano me sujetó la mano con fuerza.

Mi corazón estaba latiendo a mil por horas.

—Ponte detrás de mí —ordenó sin apartar la vista de la puerta de la habitación.

Negué de inmediato.

—No pienso dejarte solo.

No tuve tiempo de decir nada más.

La puerta explotó contra la pared.

Giré la cabeza.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Massimo.

Permanecía inmóvil en el umbral de la habitación, vestido completamente de negro y con una pistola descansando entre sus dedos.

Yo me tape el pecho desnudo.

Nunca lo había visto con aquella expresión.

Era como si toda la humanidad hubiera desaparecido de su rostro.

—¿Massimo...? —susurré, incapaz de creer que hubiera llegado aquí a buscarme.

Él ni siquiera se dignó a responderme.

Toda su atención estaba puesta en Adriano.

Adriano dio un paso al frente, obligándome a quedar detrás de él.

—Si has venido por alguien, es por mí —dijo con firmeza, aunque pude notar la tensión en su voz—. Déjala fuera de esto.

Una sonrisa torcida apareció en los labios de Massimo.

Una sonrisa cargada de desprecio.

—¿Tú vas a decirme lo que tengo que hacer? —preguntó con una calma inquietante mientras levantaba lentamente el arma—. Creo que todavía no entiendes quién manda aquí.

Tragué el nudo que se me había formado en la garganta y aparté a Adriano a un lado. Entonces me planté frente a Massimo y lo encaré.

—Te odio, Massimo —le dije, sosteniéndole la mirada.

Él apenas se encogió de hombros, como si mis palabras no significaran absolutamente nada.

—No me importa la opinión de una zorra como tú —respondió con absoluta frialdad.

Sentí que el corazón se me hacía añicos.

Jamás me había hablado de esa manera.

La rabia terminó por consumir cualquier rastro de cordura que me quedaba. Me lancé contra él con la intención de golpearlo, pero Massimo reaccionó mucho más rápido.

Su bofetada me derribó de inmediato.

El golpe fue tan fuerte que sentí cómo el dolor me recorría hasta los huesos. Mi cabeza impactó contra el suelo y, durante un instante, todo comenzó a dar vueltas.

Antes de que pudiera siquiera incorporarme, el estruendo de un disparo resonó en toda la habitación.

El grito de dolor de Adriano me atravesó el pecho.

Levanté la cabeza de golpe y traté de ponerme de pie para correr hacia él, pero no alcancé a dar un solo paso.

Massimo me agarró del cabello con brutalidad y me lanzó hacia el otro extremo de la habitación.

Caí al suelo con un gemido ahogado, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo protestaba por el impacto.

—Llévensela —ordenó Massimo sin apartar la vista de Adriano.

Dos de sus hombres me sujetaron por los brazos y comenzaron a arrastrarme fuera de la habitación.

Me revolví con todas mis fuerzas.

Grité.

Pateé.

Intenté zafarme una y otra vez.

Pero era inútil.

Mientras me alejaban, lo único en lo que podía pensar era en Adriano.

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