Mundo ficciónIniciar sesiónEntré a mi habitación dando un fuerte portazo. La rabia me consumía por dentro. ¿De verdad mis padres creían que iba a casarme con Massimo tan fácilmente?
No. Jamás. Lucharía hasta el último momento. No podía casarme con alguien como él. Jamás permitiría que un asesino me tocara. Porque eso era Massimo: un hombre sin escrúpulos que había manchado sus manos con sangre una y otra vez. Lo que más me dolía era recordar que no siempre había sido así. Aún no podía entender en qué momento aquel niño que me cuidaba cuando éramos pequeños se había convertido en el monstruo que tenía frente a mí. Antes me protegía. Ahora solo parecía disfrutar haciéndome sufrir. Sabía perfectamente por qué insistía tanto en ese matrimonio. Si se casaba conmigo, muchos de los socios de mi padre terminarían haciendo negocios con él. Su poder crecería todavía más y mi familia quedaría atada a la suya para siempre. Solo pensarlo hacía que la sangre me hirviera. Massimo no me amaba. Nunca lo había hecho. Yo no era más que una mercancía, una pieza más dentro de sus ambiciones, un premio que estaba decidido a obtener a cualquier precio. Y me negaba a aceptar un destino así. Respiré hondo varias veces intentando tranquilizarme, aunque fue inútil. Saqué el celular de mi bolso y marqué el número de Adriano. Contestó casi de inmediato. Eso solo hizo que mi corazón se acelerara. —¿Hablaste con él? —pregunté con ansiedad, sujetando el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Al otro lado de la línea solo hubo silencio. Un silencio que me hizo presentir que algo había salido mal. Después de unos segundos, Adriano soltó un suspiro cansado. —Me golpeó... y me dijo que no iba a dejarte. Sentí que la rabia volvía a recorrer todo mi cuerpo. Apreté los dientes con fuerza mientras cerraba los ojos. Era exactamente lo que esperaba de Massimo. Un hombre que estaba acostumbrado a conseguir todo mediante amenazas y violencia. Y, precisamente por eso, jamás iba a permitir que ganara. —Iré a verte —le dije sin dudarlo. —Tus padres se enfadarán —respondió Adriano de inmediato. ¿Qué me importaba si se enfadaban? Ellos sabían perfectamente que lo amaba y nadie iba a hacerme cambiar de opinión. —Quiero un hijo tuyo. Y si al final me obligan a casarme con Massimo... pues que se aguante y críe a nuestro hijo. Aquella idea llevaba meses rondando mi cabeza. Si quedaba embarazada de Adriano, tal vez mis padres cancelarían la boda. Y si aun así insistían en casarme con Massimo, entonces él tendría que convivir todos los días con un hijo que jamás sería suyo. Ese sería su castigo. —Amore, no digas esas cosas. Ellos jamás te dejarán conservar a un hijo mío —murmuró Adriano, y la tristeza en su voz hizo que mi pecho se encogiera. Negué con la cabeza. —Sí lo harán. A ellos solo les importa que me case con Massimo. Nunca dijeron que tenía que darle un hijo. No le di oportunidad de responder. Colgué la llamada y dejé el teléfono sobre la cama. Estaba a punto de salir de mi habitación cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Giuliana entró como si fuera la dueña de la casa. Puse los ojos en blanco y solté una risa cargada de burla. —Si no lo quieres, dile a mi tío que yo me casaré con él —dijo con los ojos llenos de lágrimas. La observé con desdén. Siempre tenía la misma expresión de víctima. Lo peor era que mis padres se la creían. —Por favor. Massimo jamás aceptaría casarse contigo. Tú no le convienes, así que deja de soñar. Las lágrimas desaparecieron de su rostro casi al instante. Su expresión cambió por completo y avanzó hacia mí con una mirada llena de veneno. Parecía una arpía lista para lanzarse sobre su presa. —¿No? Claro que lo haría. Pero tú insistes en no cancelar el matrimonio. Dices que amas a Adriano, pero si de verdad lo amaras, hace años te habrías escapado con él. Sentí cómo la rabia me nubló la razón. Antes de pensarlo siquiera, levanté la mano y le di una bofetada que resonó por toda la habitación. Giuliana llevó una mano a su mejilla, completamente sorprendida. En ese mismo instante, la puerta volvió a abrirse. Mi madre entró justo a tiempo para vernos frente a frente. Giuliana no perdió ni un segundo. Se dio la vuelta, corrió hacia ella y rompió a llorar entre sus brazos. —Solo quería hacerla recapacitar para que no se fuera con Adriano... —sollozó—. Ella quiere tener un hijo suyo. Me quedé completamente estupefacta. ¿Cómo demonios sabía eso? ¿Cuánto de mi conversación había alcanzado a escuchar? —¿¡Estás loca!? —me gritó mi madre. Apartó a Giuliana con cuidado y caminó directamente hacia mí. La bofetada me hizo girar el rostro. Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar antes de que comenzara a gritarme lo malagradecida que era, recordándome todo lo que mi familia había hecho por mí y cómo estaba avergonzándolos. Mientras soportaba cada una de sus palabras, desvié la mirada hacia Giuliana. Ella sonreía. Era apenas una pequeña sonrisa. Pero suficiente para hacer que la rabia terminara de consumir todo mi cuerpo. Esto no iba a quedarse así. Me lo iba a pagar. Y me aseguraría de que fuera con creces. —No tienes permitido salir de esta habitación hasta que yo te dé la orden —sentenció mi madre con voz autoritaria. Se acercó a la cama, tomó mi celular y lo guardó entre sus cosas. Intenté arrebatárselo. —¡Devuélvemelo! Ella me empujó antes de que pudiera alcanzarlo. —Te vas a casar, quieras o no. Sin añadir una sola palabra más, salió de la habitación junto a Giuliana. La puerta se cerró de golpe. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la palma de mis manos. La rabia llenaba mi pecho. Y, por primera vez en mucho tiempo, también lo hacía el deseo de vengarme.






