Mundo ficciónIniciar sesiónEl día de la boda llegó, y mi vida empezó a sonar como una banda triste. Sabía que la única salida para liberarme de aquello era la muerte, pero no estaba dispuesta a matarme por culpa de él. No se lo merecía. El que merecía sufrir era Massimo. Tanto como iba a sufrir yo.
Ya no me importaba nada. Solo quería joderlo de todas las maneras posibles. —¿Ya estás lista? —me preguntó mi madre. La miré y sonreí. Pero fue una sonrisa que nunca llegó a mis ojos. Yo no estaba lista para nada. Y mucho menos para casarme con un hombre como Massimo. Pero por el bien de mi familia y de muchas familias más... Tenía que hacerlo. —Estoy lista. Mi madre me recorrió de arriba abajo y asintió lentamente. Después tomó mi mano y me sacó de la habitación. Tal vez aquella sería la última vez que caminaría por esa casa como una mujer libre. El trayecto hasta la iglesia transcurrió en completo silencio. No lloré. Ya no me quedaban lágrimas. Solo un vacío inmenso que parecía tragarse todo lo que alguna vez fui. La ceremonia pasó como un borrón frente a mis ojos. No escuché las palabras del sacerdote. No vi a los invitados. Ni siquiera fui consciente del momento en que pronuncié el "sí". Solo reaccioné cuando sentí el anillo deslizarse por mi dedo. Y después... Los aplausos. Las felicitaciones. Las sonrisas falsas. Todo era una enorme mentira. Una obra de teatro donde yo era la protagonista de una tragedia. Massimo tomó mi cintura para la fotografía frente a la iglesia. Yo mantuve la sonrisa perfecta. La misma que ocultaba el odio que sentía por él. Si alguien hubiera visto mis ojos, habría descubierto que estaba completamente muerta por dentro. Horas después, el automóvil atravesó lentamente los enormes portones de la mansión Vescovi. Respiré hondo mientras observaba aquella inmensa propiedad. Oscura. Imponente. Tan fría como el hombre con el que acababa de casarme. El coche se detuvo frente a la entrada principal. Massimo bajó primero y, como todo un caballero frente a los empleados, abrió mi puerta y me tendió la mano. Lo miré unos segundos. Después acepté su ayuda. Apenas puse un pie fuera del vehículo, levanté la vista. Aquella ya no era una visita. Era mi nueva prisión. —Entra primero. Yo tengo cosas que hacer —dijo Massimo con una tranquilidad que me revolvió el estómago. No respondí de inmediato. Giré apenas la cabeza y, detrás de mí, vi otro automóvil entrando por los enormes portones de la mansión. Una risa amarga escapó de mis labios. Claro... Ni siquiera había terminado el día de nuestra boda y él ya tenía otra mujer esperándolo. —No me digas que es Giuliana —pregunté con una sonrisa cargada de veneno. Massimo ni siquiera se molestó en negarlo. —Si es ella o no, creo que no es de tu incumbencia. Sentí que algo dentro de mí se quebraba. Acabábamos de casarnos. Llevaba menos de una hora siendo su esposa y ya me estaba humillando sin el menor remordimiento. ¿Cómo podía existir alguien tan despreciable? Lo miré con todo el asco que fui capaz de reunir. —Eres un ser repulsivo. Jamás dejaré que me toques un solo pelo en toda mi asquerosa vida. Esperaba que se enfadara. Que gritara. Que perdiera el control. Pero hizo todo lo contrario. Se echó a reír. Aquella risa grave hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó con fuerza del brazo. —¡Suéltame! Intenté apartarlo, pero fue inútil. Me arrastró hacia el interior de la mansión como si yo no pesara nada. No hice más escándalo. ¿Para qué? Nadie iba a ayudarme. Aquella gente trabajaba para él. Todos le obedecían. Todos le temían. Apenas cruzamos la puerta principal, me tomó en brazos de improviso. El aire abandonó mis pulmones. Instintivamente apoyé una mano sobre su pecho para apartarlo, pero era como intentar mover una pared. Mientras subía las escaleras conmigo, no pude evitar observarlo. Su expresión seguía siendo la misma. Fría. Seria. Completamente ilegible. Eso era lo que más odiaba de Massimo. Nunca era capaz de saber qué pensaba. Nunca podía adivinar si estaba enfadado, divertido o a punto de hacer algo terrible. Era como mirar una estatua de mármol. Sin emociones. Sin humanidad. Entró en la habitación y me dejó sobre la enorme cama. Apenas mis pies tocaron el suelo, me aparté de él de un empujón y retrocedí hasta quedar casi pegada a la pared. Necesitaba poner distancia. Toda la posible. Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que dolía. —No dejaré que me toques. Prefiero matarme. Lo dije en serio. Antes de permitir que aquel hombre me reclamara como esposa, prefería dejar de existir. Massimo inclinó apenas la cabeza. Una ligera sonrisa apareció en sus labios. Aquella sonrisa tranquila me asustó mucho más que cualquier grito. Con absoluta calma se quitó la corbata. La lanzó sobre un sillón. Después llevó las manos a la hebilla del cinturón y comenzó a desabrocharse los pantalones. Sentí que el mundo dejaba de girar. Mi respiración empezó a acelerarse. Las piernas me temblaban. Mi mente me gritaba que corriera. Que escapara. Que hiciera cualquier cosa. Pero mi cuerpo... Mi cuerpo simplemente dejó de responder. Era el mismo miedo que había sentido otras veces. Ese miedo que paralizaba hasta el último músculo. Él levantó la vista y nuestras miradas se encontraron. Entonces sonrió de lado. —No te preocupes. El día que entre en ti será porque estarás tan loca por mi polla... que me lo vas a rogar. Las palabras me golpearon como una bofetada. El asco me revolvió el estómago. Quise responder. Insultarlo. Escupirle en la cara. Pero ninguna palabra salió de mi boca. Massimo terminó de acomodarse la ropa, se dio media vuelta y salió de la habitación como si no acabara de destrozar un poco más mi dignidad. La puerta se cerró. Y el silencio lo envolvió todo. Permanecí inmóvil durante varios segundos. Mirando fijamente el lugar por donde él había desaparecido. No entendía nada. No entendía por qué me había dejado sola. No entendía qué estaba planeando. Y eso me aterraba mucho más. Lentamente me dejé caer al suelo. Abracé mis rodillas con fuerza. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Me odiaba. Odiaba mi debilidad. Odiaba el miedo que ese hombre despertaba en mí. Pero, sobre todo... Odiaba que, a pesar de todo lo que acababa de pasar, mi corazón siguiera latiendo con tanta fuerza cada vez que él estaba cerca. Y eso me daba aún más miedo que el propio Massimo. El pequeño celular que llevaba escondido entre la liga de mi muslo vibró de repente. Mi respiración se detuvo. Lo saqué con rapidez, procurando que nadie pudiera verme. La pantalla iluminó tenuemente la habitación y una sonrisa, pequeña pero sincera, nació en mis labios al leer el nombre que aparecía. Mensaje de Adriano. Sentí que mi corazón daba un vuelco tan fuerte que por un instante creí que iba a salírseme del pecho. Con las manos temblorosas abrí el mensaje. "Pequeña... pronto iré por ti." Un nudo se formó en mi garganta. Las lágrimas amenazaron con escapar de mis ojos. Él no me había olvidado. Seguía buscándome. Seguía luchando por mí. Llevé el teléfono contra mi pecho y cerré los ojos unos segundos, imaginando cómo sería volver a verlo, abrazarlo y marcharme muy lejos de aquella mansión que se había convertido en mi prisión. Tal vez tendríamos que huir el resto de nuestras vidas. Tal vez nunca volveríamos a dormir tranquilos. Tal vez viviríamos escondiéndonos del mundo. Pero incluso una vida llena de miedo al lado de Adriano me parecía un paraíso comparada con permanecer un solo día más junto a ese desgraciado. Respiré hondo para contener el llanto. No podía permitirme cometer un error. Si Massimo encontraba aquel teléfono... Todo estaría perdido. Me levanté del suelo de un salto y recorrí la enorme habitación con la mirada, buscando desesperadamente un lugar donde esconderlo. Abrí cajones. Revisé el armario. Miré detrás de los libros, dentro de las cajas y bajo los muebles. Negué con la cabeza. Nada me parecía lo suficientemente seguro. Massimo era demasiado observador. Si registraba la habitación, terminaría encontrándolo. Apreté el celular entre mis manos mientras el miedo volvía a instalarse en mi pecho. No. No podía perder mi única esperanza de escapar.






