Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa luz me cegó por un instante.
Por puro instinto me incorporé de golpe sobre la cama, metí la mano debajo de la almohada y saqué la pistola que siempre mantenía escondida allí. Apunté al frente sin siquiera pensar. Mi corazón apenas se alteró. Demasiados años viviendo entre traiciones para permitirme el lujo de despertar tranquilo. Estaba dispuesto a disparar. Pero entonces la vi. Alessia permanecía de pie frente a los enormes ventanales de mi habitación. La luz del amanecer dibujaba su silueta mientras me observaba con una mezcla de decepción y desprecio. Qué bonita manera de empezar el día. Por un segundo estuve a punto de soltar una carcajada. Entraba a mi habitación sin avisar y, aun así, tenía el descaro de mirarme como si yo fuera el intruso. Sin embargo, el movimiento de un cuerpo removiéndose a mi lado borró cualquier rastro de humor. Maldición. Había olvidado por completo que Giuliana seguía en mi cama. Sentí la mirada de Alessia deslizarse lentamente hacia ella y regresar después a mí. Había fuego en sus ojos. No. Había algo mucho peor. Desprecio. —Eres un ser asqueroso... Ni siquiera eres capaz de respetarme como tu esposa. Su voz se quebró. No gritó. Ni hizo una escena. Y, curiosamente, eso golpeó mucho más fuerte que cualquier insulto. Me levanté de la cama de inmediato. Ella apartó la mirada apenas unos segundos, como si la sola idea de verme le provocara náuseas. Bajé la vista. Genial. Seguía completamente desnudo. Me cubrí la entrepierna con ambas manos en un gesto tan ridículo que hasta yo mismo habría querido reírme de no ser porque estaba demasiado ocupado jodiendolo mas. —Alessia... Ella me miro y me hizo una mueca de asco. —¿Max...? —murmuró Giuliana con la voz todavía cargada de sueño. Giré apenas el rostro. Y todo ocurrió tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar. Alessia se lanzó sobre la cama como una tormenta desatada. Sujetó a Giuliana del cabello con una fuerza brutal y prácticamente la arrancó del colchón. Giuliana cayó de rodillas al suelo entre un grito desgarrador. —¡Suéltame! ¡Me haces daño! —gritó mientras intentaba apartarla. Pero Alessia ya no escuchaba a nadie. La primera bofetada resonó en toda la habitación. Después llegó otra. Y otra. Cada golpe era más fuerte que el anterior. Giuliana lloraba desconsoladamente mientras trataba de protegerse el rostro con los brazos. Yo seguía inmóvil. Completamente paralizado. No porque no pudiera detenerlas. Sino porque todo había sucedido demasiado deprisa. Y porque, por primera vez en mucho tiempo... No tenía la menor idea de qué demonios debía hacer. Reaccioné cuando vi a Giuliana escupir sangre. Corrí hacia Alessia y la sujeté por la cintura, apartándola a la fuerza mientras aún intentaba golpear a su prima. —¡Suéltame! ¡La voy a matar! —me gritó, forcejeando como una auténtica salvaje. Nunca la había visto así. Los ojos le ardían de rabia. Respiraba con dificultad. Parecía una mujer poseída. Giuliana aprovechó ese instante para levantarse y salir corriendo de la habitación completamente desnuda. Antes de que pudiera detenerla, Alessia me estampó un cabezazo en la nariz. Retrocedí soltando una maldición. —¡Maldita sea!— Gruñi mientras me tocaba la nariz. Ella ni siquiera esperó. Salió corriendo detrás de Giuliana. —Joder... —mascullé entre dientes mientras iba tras ellas. Los gritos de Giuliana retumbaban por toda la mansión. Bajé las escaleras a toda velocidad. Cuando llegué al vestíbulo encontré una escena digna del infierno. Alessia estaba encima de Giuliana, inmovilizándola contra el suelo de mármol mientras las bofetadas resonaban por toda la casa. Mis hombres permanecían inmóviles alrededor. Nadie era lo bastante suicida como para intervenir. —¡Perra! ¡Voy a enseñarte que jamás debes meterte en la cama de un hombre casado! —rugió Alessia antes de volver a golpearla. Por supuesto... El hombre casado era yo. Qué ironía. Corrí hasta ellas y la sujeté con firmeza por los brazos, obligándola a retroceder. —¡Ya basta! —rugí mientras la empujaba detrás de mí. Ella respiraba con violencia. Su pecho subía y bajaba sin control. Y la forma en que me miró... Por un instante tuve la absurda sensación de que ella tenia celos. —Llévate a esa perra de aquí o le voy a destrozar la cara —me advirtió Alessia. Me di la vuelta lentamente para mirarla. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Tenía los ojos llenos de rabia y las manos apretadas a los costados. Parecía estar haciendo un esfuerzo enorme para no lanzarse otra vez sobre Giuliana. Por un instante, tuve que contener una sonrisa. Era increíble. La mujer que decía despreciarme con cada fibra de su cuerpo estaba allí, furiosa porque otra mujer había estado en mi cama. —Si no supiera que me desprecias más que a nadie, pensaría que estás celosa —le dije sin más. Su boca se abrió ligeramente. Durante unos segundos se quedó mirándome, como si estuviera intentando decidir si debía golpearme o simplemente ignorarme. Finalmente soltó una carcajada. Pero no fue una risa divertida. Fue una de esas risas que nacen cuando alguien está tan furioso que ya no sabe qué hacer con toda la rabia que lleva dentro. —No te equivoques. Jamás tendría celos de alguien como ella. Su mirada pasó por Giuliana apenas un instante antes de regresar a mí. —Yo solo quiero que me respetes. Aquellas palabras hicieron que mi sonrisa desapareciera poco a poco. Alessia respiró profundamente antes de continuar. —Se supone que soy la señora Vescovi y me debes tener respeto. Pero tú llegas y metes a mi cama a mi prima el día de nuestra boda. No respondí inmediatamente. Porque, aunque me molestara admitirlo, tenía razón. Habíamos pasado por una ceremonia, habíamos intercambiado anillos y ahora ella llevaba mi apellido. Nuestro matrimonio podía ser una farsa para ambos, pero ante los demás seguía siendo mi esposa. Y yo acababa de humillarla pocas horas después de convertirla en mi mujer. Bajé la mirada durante un segundo. —Tienes razón. Alessia parpadeó. Probablemente esperaba una burla. Una provocación. Cualquier cosa menos aquello. Yo mismo me sorprendí al escucharme decirlo. No estaba acostumbrado a reconocer mis errores, mucho menos frente a alguien como ella. Pero no iba a negar lo evidente. La había provocado. Y había cruzado una línea que, aunque no me importara demasiado nuestro matrimonio, no debía haber cruzado. Alessia permaneció en silencio, observándome. Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, su expresión no parecía únicamente furiosa. Había algo más. Decepción. Y no sabía por qué aquello me incomodaba tanto. —Ahora llévate a Giuliana —dijo finalmente. Asentí lentamente. —Está bien. Me acerqué a Giuliana y le indiqué que se levantara. Mientras ella se incorporaba, volví a mirar a Alessia. Seguía allí, rígida, con los brazos cruzados y aquella mirada desafiante que parecía decirme que no estaba dispuesta a dejarse pisotear por nadie. Ni siquiera por mí. Y, aunque jamás lo admitiría delante de ella... Eso era algo que me encantaba de ella.






