Mundo ficciónIniciar sesiónCamila Lincoln lo tiene todo bajo control: un matrimonio aparentemente perfecto, dos hijos, una fundación prestigiosa y un secreto que destruiría a su familia si saliera a la luz. Porque desde hace diecisiete años, el hombre que ama con una pasión enfermiza no es su esposo Richard… es su hermano mellizo, Camilo Lincoln. Cuando su padre amenaza con casar a Camilo con Isabella Cortés para sellar una alianza de poder, Camila sabe que el tiempo se agota. No puede permitir que otra mujer ocupe el lugar que le pertenece. La solución es tan audaz como peligrosa: conseguir una esposa falsa para su hermano. Valentina Morales es una secretaria de la Fundación Lincoln, una joven luchadora y endeudada hasta el cuello que trabaja noches como mesera para pagar los tratamientos de su madre, quien padece cáncer de páncreas. Desesperada tras conocer que su madre necesita un trasplante urgente que cuesta medio millón de dólares, Valentina acepta el contrato: dos años de matrimonio falso a cambio de cinco millones y la vida de su madre. Lo que comienza como un acuerdo frío y calculado pronto se complica. Mientras Camila intenta controlar cada detalle —desde la apariencia de Valentina hasta sus interacciones con Camilo—, surgen grietas inesperadas. Camilo empieza a ver en Valentina algo más que un simple contrato. Richard, el esposo de Camila, ya no se conforma con excusas y comienza a investigar. Y Valentina, lejos de ser la marioneta sumisa que esperaban, es inteligente, observadora y empieza a sospechar que entre los mellizos Lincoln existe algo mucho más oscuro y prohibido de lo que cualquiera imagina.
Leer másLa isla era exactamente lo que se esperaba de una familia que tenía una isla: obscena. Villa blanca de tres pisos frente a una playa. Palmeras que alguien probablemente peinaba cada mañana. Un muelle privado con un yate que costaba más que todo lo que Valentina había ganado en su vida multiplicado por cien.El encargado de la villa los recibió en el helipuerto con toallas frías y dos copas de champán que ninguno de los dos tocó.---Bienvenidos, señor y señora Lincoln. La villa está lista. ¿Desean cenar o prefieren descansar?Señora Lincoln. Valentina todavía no se acostumbraba a ese nombre. Le sonaba a disfraz.---Cenar ---dijo Camilo---. Algo ligero.---Perfecto. ¿En la terraza o en el comedor?---Terraza.Todo impoluto, todo caro, todo impersonal.---La suite principal está en el segundo piso ---dijo el encargado, señalando las escaleras---. Tiene vista al mar y jacuzzi privado. ¿Les subo las maletas?Valentina miró a Camilo. Camilo miró a Valentina.---¿Hay otra habitación? ---preg
Los aplausos se apagaron. Las copas de champán circularon. Margaret abrazó a Valentina con la rigidez protocolaria de una mujer que abraza por obligación pero que al menos lo hace bien. Thomas le dio la mano a su nuera y le dijo «bienvenida a la familia» con la misma entonación que usaba para cerrar contratos. Los primos que nadie había invitado fueron los primeros en llegar al buffet.Camila se movió por la recepción como un fantasma elegante. Felicitó a la novia con un beso en la mejilla que duró lo justo. Le dijo «estás preciosa, Valentina» con una voz que no le tembló. Brindó con su madre. Habló con el juez Henderson sobre algo intrascendente. Rellenó su copa tres veces.Nadie notó nada raro. Nadie excepto Raúl, que la miraba desde la segunda fila con esa cara suya de hombre que sabe demasiado y dice demasiado poco.A las si
El día esperado llego más rápido de lo que muchos esperaban, Camilo estaba en el despacho de su padre, frente a un espejo de cuerpo entero que llevaba ahí desde antes de que él naciera, ajustándose el nudo de la corbata por cuarta vez. Le quedaba torcido. Le quedaba siempre torcido. Camila era la que se lo ajustaba. Camila siempre.Pero Camila no había subido al despacho esa mañana.La puerta se abrió detrás de él. Thomas Lincoln entró con un vaso de whisky en la mano a las diez de la mañana, porque Thomas Lincoln bebía whisky a la hora que le daba la gana y nadie en la familia se lo cuestionaba.---Déjame verte.Camilo se giró. Su padre lo evaluó de arriba abajo con la misma mirada con la que evaluaba balances financieros: buscando errores.---La corbata está torcida.---Lo sé.Thomas dej&
Camila llegó a su casa a las tres de la mañana con el maquillaje corrido y los ojos vacíos.La casa estaba a oscuras. Richard no estaba. Los niños no estaban. Nadie estaba. El silencio era tan absoluto que le zumbaban los oídos.Se quedó parada en la entrada con las llaves en la mano, mirando la sala donde hacía seis días se había montado encima de Richard en el sofá creyendo que eso iba a arreglar algo. El cojín seguía torcido. Nadie lo había acomodado.Subió las escaleras con los zapatos en la mano. Entró al cuarto de Mateo. Vacío. La cama hecha, el peluche en su lugar, los dinosaurios de plástico alineados en el estante como un ejército esperando órdenes. Entró al cuarto de Sophie. Vacía la cuna, vacío el cambiador, vacía la mecedora donde le daba el biberón a las dos de la ma&nti
Último capítulo