CAPÍTULO 6

Valentina Morales llevaba tres días tomando clases que no pidió y ya quería estrangular a alguien.

La primera candidata era Madame Dubois, la consultora de etiqueta que Camila había contratado para convertirla en una dama de sociedad. Una francesa de sesenta años con el pelo recogido en un moño tan apretado que parecía un instrumento de tortura, y una paciencia inversamente proporcional a sus honorarios.

Camila había adaptado una sala en el tercer piso de la Fundación, lejos de los ojos curiosos, sin ventanas al pasillo, con acceso por una puerta lateral que solo ella y Raúl usaban. Oficialmente era una «sala de archivo en remodelación». En la práctica, era el laboratorio donde estaban fabricando a la futura señora Lincoln.

—No, no, no. El tenedor de ensalada es el pequeño. El de la izquierda. Ese es el de pescado.

—¿Y por qué el pescado necesita su propio tenedor?

—Porque la civilización así lo dictó, querida.

—La civilización también dictó que las mujeres no podían votar. A veces se equivoca.

Madame Dubois cerró los ojos como si estuviera rezando por paciencia divina. Llevaban cuatro horas repasando protocolo de mesa, y Valentina sentía que le estaban enseñando un idioma extraterrestre.

No era tonta. Sabía que este mundo tenía reglas y que romperlas significaba quedar expuesta. Pero cada lección le recordaba lo mismo: no pertenecía ahí. Era una intrusa disfrazada, una mesera del South End jugando a ser princesa, y tarde o temprano alguien iba a notar que el vestido le quedaba prestado.

—Descansemos diez minutos —dijo Madame Dubois, que en realidad quería decir «necesito un whisky».

Valentina se levantó y caminó hacia la única ventana de la sala, que daba a un callejón trasero. Nada que ver con las vistas panorámicas de los Lincoln. Pero su madre estaba en recuperación en el hospital, estable, viva. Eso era lo único que importaba. Lo que le costara a ella era secundario.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Camila: «Celeste pasa a las tres para el vestuario. No discutas con ella por el pelo.»

Valentina tecleó: «Mi pelo no se toca.»

La respuesta fue inmediata: «Tu pelo se toca, se corta y se tiñe si es necesario. No estás en posición de negociar estética.»

Valentina guardó el teléfono sin responder. Discutiría cuando tuviera a Camila enfrente. Por mensaje esa mujer era invencible, pero cara a cara Valentina había descubierto algo en su primera reunión: a Camila Lincoln le incomodaba que le sostuvieran la mirada.

Al otro lado de la ciudad, Camilo Lincoln cerraba una reunión en la sala de juntas de Lincoln Enterprises con la misma sonrisa depredadora que las revistas de negocios confundían con arrogancia.

—Señores, el acuerdo con Nakamura Technologies no es una propuesta. Es una oportunidad que tiene fecha de vencimiento. Veinticuatro horas. Después de eso, llamo a sus competidores en Shanghái y ustedes leen sobre el trato en el Wall Street Journal.

Los tres ejecutivos japoneses intercambiaron miradas. El mayor de ellos asintió con rigidez.

—Aceptamos los términos, señor Lincoln.

—Excelente decisión.

Camilo estrechó manos, sonrió para la foto corporativa y esperó a que la sala se vaciara para dejarse caer en la silla con un suspiro.

El mundo veía al playboy. A Camilo Lincoln, el heredero fiestero que salía en las revistas con modelos distintas cada mes, que llegaba a las galas sin corbata y se iba antes del postre, que acumulaba escándalos de alcoba como otros acumulaban premios. Esa era la imagen que él mismo había construido, pieza por pieza, durante años.

Porque un playboy no levanta sospechas. Un hombre que persigue a todas las mujeres no puede estar obsesionado con una sola. Y si esa mujer es su hermana, la cortina de humo tiene que ser espesa.

Nadie sospechaba que detrás de las modelos y las fiestas había un empresario que había triplicado los ingresos de la familia en cinco años. Que hablaba tres idiomas. Que leía contratos con la minuciosidad de un abogado y negociaba con la frialdad de un tiburón. Nadie lo sospechaba porque a nadie le convenía. El Camilo brillante era menos interesante que el Camilo escandaloso, y él lo prefería así.

Su teléfono vibró. Camila.

«Necesito que pases por la Fundación hoy. Que te vean con Valentina. Natural, casual. Vienes a verme a mí y te la cruzas. Así empieza la historia.»

«¿A qué hora?»

«A las cuatro. Valentina estará terminando con Celeste en la sala del tercero. Te la presento como mi secretaria de finanzas y dejas que la conversación fluya. Encantador, pero no demasiado.»

«¿Cuánto es demasiado?»

«Lo que sea que hiciste la otra noche en el penthouse. Eso fue demasiado.»

Camilo frunció el ceño. No tenía idea de a qué se refería.

«No hice nada la otra noche.»

«Exacto. Eso es lo que me preocupa.»

No entendió el mensaje, pero conocía a su hermana lo suficiente como para no insistir. Cuando Camila hablaba en código, era mejor obedecer y descifrar después.

A las cuatro de la tarde, Camilo Lincoln entró a la Fundación como quien entra a un lugar que le pertenece. Porque le pertenecía. El edificio llevaba su apellido en letras doradas sobre la entrada, y cada persona que se cruzaba con él en los pasillos lo saludaba con esa mezcla de admiración y nerviosismo que provocan los hombres que tienen el poder de arruinarte la vida con una llamada.

Camila lo interceptó en el segundo piso y lo guió hacia la sala del tercero. Al abrir la puerta, encontraron a Valentina de pie frente a un espejo improvisado mientras Celeste le sostenía mechones de pelo con pinzas, evaluando cortes. Llevaba unos jeans y una blusa blanca, sin maquillaje, con cara de quien está a punto de cometer un homicidio.

—Si me cortas más de dos centímetros te juro que...

—Querida, con esas puntas abiertas le estás haciendo un favor al pelo, no al revés.

—Mis puntas abiertas y yo somos muy felices juntas, gracias.

Camilo soltó una risa antes de poder contenerla. Valentina giró la cabeza y lo vio. La estilista aprovechó la distracción para cortarle un mechón.

—Oye —protestó Valentina.

—Ya está hecho. De nada.

Camilo se acercó con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que las revistas fotografiaban cada semana.

—Veo que Celeste y tú se llevan de maravilla.

—Como gato y agua —respondió Valentina, tocándose el mechón cortado con expresión de funeral.

—Te queda bien.

—Me queda más corto. Que no es lo mismo.

Camilo volvió a reírse. Había algo en la forma en que Valentina respondía, sin filtro, sin cálculo, sin intentar impresionarlo, que le resultaba desconcertantemente refrescante. Llevaba años rodeado de mujeres que pesaban cada palabra antes de dirigírsela, que reían de chistes que no eran graciosos, que asentían a todo lo que él decía. Valentina le hablaba como si él fuera un tipo cualquiera. Y eso, por alguna razón, le gustaba.

—¿Sobreviviendo? —preguntó él.

—A duras penas. Hoy aprendí que hay un tenedor específico para el pescado. ¿Sabías eso?

—Desde los seis años, lamentablemente.

—Qué infancia tan triste.

La carcajada de Camilo resonó en la sala. Camila, que observaba desde la puerta con los brazos cruzados, no se rió.

—Camilo, ¿pasamos a mi despacho? Tenemos que revisar lo del informe trimestral.

—Claro. —Se giró hacia Valentina—. Suerte con Celeste. Y no dejes que te toque las cejas. Están perfectas como están.

Lo dijo sin pensar. Un comentario casual, ligero, inofensivo. Pero Valentina lo miró un segundo más de lo necesario antes de responder:

—Gracias. Lo tendré en cuenta.

Camilo siguió a Camila por el pasillo. Ella caminaba un paso adelante, rígida, con esa tensión en los hombros que él conocía de memoria.

Entraron al despacho. Camila cerró la puerta y se giró.

—¿Tus cejas están perfectas como están? ¿En serio, Camilo?

—¿Qué? Solo estaba siendo amable.

—Amable es «buenas tardes». Amable es «mucho gusto». Comentarle sobre sus cejas es coquetear.

—Cami, no estaba coqueteando. Estaba hablando con ella como una persona normal.

—Tú no hablas con mujeres como una persona normal. Tú encantas. Es tu modo por defecto y necesito que lo apagues con ella.

Camilo la miró durante un momento largo. Luego se sentó en el sillón frente al escritorio y cruzó los brazos.

—¿Sabes qué creo? Creo que estás celosa.

—No seas ridículo.

—No es ridículo. Es obvio. Cada vez que interactúo con Valentina te pones así. Tensa, cortante, controladora.

—Soy controladora porque alguien tiene que serlo. Si por ti fuera, ya le habrías contado toda tu vida en la primera cena.

—Le hice un comentario sobre sus cejas, Cami. No le propuse matrimonio. Bueno, técnicamente sí, pero eso fue idea tuya.

Camila abrió la boca para responder, pero algo en la última frase la desarmó. Camilo tenía esa capacidad: desarmarla con humor justo cuando ella estaba afilando las garras. Era la única persona en el mundo que podía hacerlo.

—No tiene gracia —dijo, pero la comisura de su boca se movió una fracción.

—Tiene un poco de gracia.

—Camilo...

—Cami, escúchame. —Se levantó y se acercó a ella. Le tomó las manos—. Valentina es un contrato. Nada más. Tú eres mi vida. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

—Hasta que deje de necesitar escucharlo.

—Entonces te lo voy a decir todos los días del resto de mi vida.

La besó. Suave, breve, a puerta cerrada. Un recordatorio de lo que eran cuando nadie miraba.

—El baile es en dos semanas —dijo Camila, separándose—. Necesito que para entonces todo el mundo crea que estás enamorado de ella. ¿Puedes hacer eso sin pasarte de la raya?

—Puedo hacer cualquier cosa que me pidas.

—Eso espero.

Esa noche, en su apartamento de Dorchester, Valentina se sentó en la cama con el pelo recién cortado —cuatro centímetros menos, no dos, maldita Celeste— y el teléfono en la mano.

Llamó al hospital. Su madre estaba estable, los niveles mejorando, el trasplante funcionando. Cada vez que escuchaba esas palabras sentía que la decisión había valido la pena. Cada vez que colgaba y miraba las paredes desconchadas de su apartamento, pensaba en lo absurdo de su vida: de día aprendía a usar tenedores de pescado en un edificio de cristal, de noche volvía a un apartamento sin muebles donde el agua caliente funcionaba cuando le daba la gana.

Pensó en el día. En los tenedores, en Celeste, en Madame Dubois y su moño de tortura. Y pensó en Camilo.

No en su cara de revista ni en su apellido millonario. En la risa. Esa carcajada espontánea cuando ella dijo lo de las puntas abiertas. No era la risa de un hombre que actúa. Era la risa de alguien que se sorprende de que lo diviertan.

Y después pensó en Camila. En cómo había aparecido en la puerta justo cuando la conversación se ponía cómoda. En cómo le había cortado la risa a su hermano con una sola mirada. En la forma en que caminaban juntos, Camila siempre un paso adelante, Camilo siempre siguiéndola, como si ella fuera el imán y él la limadura de hierro.

No era normal.

Valentina no sabía qué era, pero llevaba veinticuatro años leyendo personas para sobrevivir, y lo que veía entre Camila y Camilo Lincoln no se parecía a ninguna relación entre hermanos que hubiera visto en su vida.

La forma en que Camila lo miraba. La forma en que él la obedecía. La forma en que ella se tensaba cada vez que Camilo le dirigía la palabra a otra mujer.

¿Qué escondes, Camila Lincoln? ¿Qué es eso que no me estás diciendo?

Se acostó en su cama, en su vida real, mirando el techo agrietado de un apartamento que se caía a pedazos, y supo con certeza que había algo podrido en el corazón de la familia Lincoln.

Y que ella acababa de meterse justo en el centro.

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