Las cosas en la mansión seguían tensas, pero ella solo tenía un pensamiento, solucionar la situación de Camilo antes de que el desastre fuera inminente. La idea golpeó a Camila mientras conducía hacia la Fundación. La solución no estaba afuera. Estaba adentro.Una desconocida levantaría sospechas antes de cruzar la puerta de la mansión. Margaret Lincoln olía las mentiras como un sabueso. Pero una empleada de la Fundación era otra cosa. Alguien bajo su control, bajo su techo, con una historia de amor que se escribía sola: «Camilo visitó la Fundación, conoció a una chica, una cosa llevó a la otra.» Creíble. Limpio. Perfecto.Llegó a su despacho, cerró la puerta con llave y llamó a Raúl.—Cambio de planes, necesito un filtro del personal de la Fundación. Mujeres, solteras, entre veintiuno y treinta años, sin relaciones visibles. Y lo más importante: con problemas financieros serios. Deudas, adelantos de sueldo, lo que encuentres.El silencio de Raúl duró apenas un segundo. El tiempo just
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