CAPÍTULO 5

Camila miró a su marido plantado en la entrada como un muro y no sintió miedo. Sintió cálculo. Diecisiete años ocultando una relación incestuosa le habían enseñado algo que ninguna universidad podía enseñar: el arte de la supervivencia emocional. Y el primer movimiento siempre era el mismo. Atacar antes de que te ataquen.

—¿En serio, Richard? —dijo, dejando el bolso sobre la consola de la entrada con un golpe seco—. ¿Otra vez con esto?

El tono fue exacto. No defensivo, que habría confirmado la sospecha. No sumiso, que habría parecido falso. Ofendido. El tono de una mujer agotada que llega a su casa esperando descanso y encuentra un interrogatorio.

Richard abrió la boca, pero Camila no le dio espacio.

—Estoy reventada. El baile anual de recaudación de la Fundación es en un mes. ¿Sabes lo que eso significa? Menús, manteles, la lista de donantes, los proveedores de catering que cambiaron las fechas tres veces esta semana. Vengo de aprobar invitaciones y revisar el salón del evento. Si no me crees, llama a la Fundación. Llama a Raúl. Llama a quien quieras.

No esperó respuesta. Caminó hacia la cocina con paso firme, quitándose los aretes, los tacones, desarmando a la señora Lincoln pieza por pieza para convertirse en la esposa cansada que Richard necesitaba ver.

Lo escuchó seguirla. Sus pasos en el pasillo, más lentos ahora. Cuando entró a la cocina, Camila ya estaba sirviendo un vaso de agua con la naturalidad de alguien cuya conciencia está limpia.

El rostro de Richard había cambiado. La mandíbula seguía tensa, pero los ojos ya no eran hielo. Eran otra cosa. Culpa.

—Camila, es que... llegas tarde otra vez y yo...

—Tú asumes lo peor. Como siempre.

—No es eso. Es que prometiste pasar más tiempo en casa y mira la hora. Los niños te esperaron para cenar.

Camila dejó el vaso sobre la encimera y lo miró. Con ternura. Con esa ternura fabricada que había perfeccionado como un arma letal.

—Ricardo, esto pasa todos los años. Cada vez que se acerca el baile, mi vida se vuelve un caos. Tú lo sabes. Lo has vivido conmigo diez veces. —Se acercó a él y le puso las manos en el pecho—. Te prometo que cuando termine el evento nos vamos con los niños a la playa. Una semana entera. Sin teléfono, sin Fundación, sin nada. Solo nosotros cuatro. Me vendría bien descansar.

Richard la miró buscando la grieta. Buscando la mentira. Pero Camila había tapado cada fisura con la maestría de una artesana de la manipulación.

—¿Una semana? —preguntó él, y su voz ya no era acusación. Era esperanza. Esa esperanza que Camila sabía explotar como nadie.

—Una semana. Te lo juro.

Richard suspiró. Se pasó las manos por el pelo. Y Camila vio el momento exacto en que la rabia se desinfló, como un globo al que le sacan el aire. Conocía ese momento. Lo había provocado cientos de veces.

Pero esta noche necesitaba más que una tregua. Necesitaba que Richard dejara de buscar. Que se fuera a dormir satisfecho, agotado, sin espacio mental para sospechas.

Se acercó más. Le aflojó la corbata con los dedos.

—¿Ya cenaste? —preguntó ella con voz suave.

—No tengo hambre.

—Yo tampoco. —Le desabrochó el primer botón de la camisa—. No de comida.

Richard la miró con sorpresa. Después con deseo. Esa transición que en él siempre era automática, predecible, manipulable.

—Camila, los niños...

—Están dormidos. Llevo una hora de retraso. Déjame compensarte.

Lo empujó suavemente contra la encimera de la cocina y se arrodilló frente a él. Richard contuvo el aire cuando las manos de Camila le abrieron el cinturón con una lentitud calculada.

—Cami... —jadeó cuando la boca de ella lo encontró.

Camila cerró los ojos y trabajó con precisión, con ritmo, con la eficiencia de quien conoce cada punto débil del cuerpo que tiene delante. No pensó en Richard. Pensó en lo que estaba logrando: silencio, control, una noche más de paz en su castillo de mentiras.

Las manos de Richard se aferraron al borde de la encimera. Su respiración se volvió errática, entrecortada, y cuando llegó al clímax con un gemido ronco que intentó ahogar por los niños, Camila se levantó, se limpió los labios con el dorso de la mano y le dio un beso suave en la boca.

—¿Se te pasó el mal humor? —susurró.

Richard la miró con los ojos nublados, todavía temblando.

—Eres increíble —dijo con la voz rota.

—Lo sé. —Sonrió y le abrochó el cinturón—. Ahora vamos a dormir. Mañana tengo un día largo.

Subieron las escaleras juntos. Richard le pasó el brazo por la cintura y Camila se dejó llevar, interpretando el papel de esposa enamorada con la perfección de una actriz que lleva diecisiete años en el mismo escenario.

En la cama, Richard se durmió en minutos. Satisfecho. Desarmado. Inofensivo.

Camila esperó a que su respiración se hiciera profunda y sacó el teléfono de debajo de la almohada.

Un mensaje de Raúl: «Hospital confirmó. Cirugía de trasplante programada para las 6 AM. Todo cubierto.»

Sonrió en la oscuridad. Todo marchaba según el plan.

A las ocho de la mañana, Valentina Morales estaba sentada en el despacho de Camila Lincoln con los ojos hinchados de no haber dormido y la ropa del día anterior.

—¿Cómo está su madre? —preguntó Camila.

—En cirugía. Llevan dos horas.

—Va a salir bien. El doctor Hernández es el mejor.

Valentina asintió sin decir nada. Tenía las manos apretadas sobre el regazo, los nudillos blancos. La mujer que cuarenta y ocho horas antes había salido de esa misma sala con la barbilla en alto y un «no» rotundo ahora parecía otra persona. No derrotada, pero sí consciente de que la vida le había quitado el lujo de elegir.

—Hablemos de las condiciones —dijo Camila, abriendo una carpeta sobre el escritorio—. Dos años de matrimonio. Divorcio limpio al finalizar. Dos millones al firmar el contrato, tres al divorciarse. Gastos de vivienda, vestuario y preparación cubiertos. Cláusula de confidencialidad blindada: si habla de este acuerdo con alguien, pierde todo.

—¿Y la cirugía de mi madre?

—Es un adelanto de buena fe. Corre por cuenta de la Fundación independientemente de lo que pase hoy.

Valentina la miró fijamente. Buscando la trampa.

—¿Por qué haría eso?

—Porque necesito que confíe en mí. Y la confianza no se compra con promesas. Se compra con hechos.

Valentina procesó la respuesta en silencio. Luego habló, y su voz fue firme a pesar del agotamiento.

—Tengo condiciones propias.

Camila levantó una ceja.

—La escucho.

—Primera: nadie me toca sin mi consentimiento. Su hermano y yo somos una pareja falsa. Si hay que besarse en público, lo negociamos antes. Pero en privado, cada uno en su habitación. Puerta cerrada.

—Aceptable.

—Segunda: mi madre no se entera del acuerdo. Para ella, Camilo y yo nos enamoramos y punto. No quiero que sepa que su hija se vendió para salvarla.

—De acuerdo.

—Tercera: si en algún momento descubro que me están usando para algo ilegal, algo peligroso o algo que ponga en riesgo mi vida o la de mi madre, el trato se anula y me quedo con lo que ya me pagaron. Sin negociación.

Camila apretó los labios. Esa condición le incomodaba más de lo que estaba dispuesta a mostrar.

—Aceptado. ¿Algo más?

—Sí. —Valentina se inclinó hacia adelante—. Quiero conocer a Camilo antes de firmar. Hablar con él. A solas. Necesito mirar a los ojos al hombre con el que voy a casarme y decidir si puedo confiar en él, aunque sea un poco.

El silencio de Camila duró tres segundos. Una eternidad en su mundo.

A solas.

La palabra le raspó por dentro como papel de lija.

—No es necesario que hablen a solas. Yo puedo...

—Señora Lincoln, voy a compartir la vida con ese hombre durante dos años. Lo mínimo es una conversación sin intermediarios.

Camila la miró. Y por un instante vio algo en los ojos de Valentina que la perturbó: determinación. No la determinación de una mujer desesperada que acepta lo que le dan. La determinación de alguien que, aun arrodillada, negocia de pie.

—Está bien —cedió Camila—. Esta noche. En el pent-house de Camilo. Pero yo estaré presente.

—Usted dijo a solas.

—Dije que estaré presente. No que voy a intervenir. Van a casarse, ¿no? Es natural que la hermana esté ahí.

Valentina sostuvo la mirada durante un momento largo. Luego asintió.

—De acuerdo. Esta noche.

El pent-house de Camilo ocupaba el piso cuarenta de una torre de cristal en el centro de Boston. Camila llegó una hora antes que Valentina para preparar el terreno.

—Escúchame bien —le dijo a su hermano mientras él se abotonaba la camisa frente al espejo—. Esta mujer no es tonta. Va a estudiarte, va a medirte, va a buscar grietas. Sé encantador pero distante. Amable pero no cálido. No le des material para que se ilusione.

—Cami, tranquila.

—No me digas que me tranquilice. —Su voz salió más afilada de lo que pretendía—. Esto es serio. Un error y todo se cae.

Camilo se giró y la miró con esa expresión que ella conocía de memoria: la de un hombre que ama a una mujer lo suficiente como para obedecerla en todo.

—Voy a hacer exactamente lo que me digas. Como siempre.

El timbre sonó a las ocho en punto.

Camilo abrió la puerta y Valentina entró al pent-house con los ojos abiertos pero la boca cerrada. No hizo comentarios sobre la vista panorámica, ni sobre los muebles de diseñador, ni sobre el cuadro que costaba más que su deuda médica. Miró todo, procesó todo y no dijo nada.

Camila observó desde el sofá, con una copa de vino que no estaba bebiendo, mientras Camilo le ofrecía asiento a Valentina en la sala.

—Gracias por venir —dijo Camilo—. Sé que no es una situación fácil.

—No lo es. Pero aquí estoy.

—¿Puedo ofrecerte algo? ¿Vino, agua?

—Agua, por favor.

Camilo fue a la cocina y Valentina aprovechó para mirar a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en una foto sobre la repisa: Camilo y Camila, adolescentes, abrazados en lo que parecía una fiesta. Los dos sonriendo con esa complicidad que solo tienen las personas que comparten un secreto.

—Siempre han sido muy unidos, ¿verdad? —dijo Valentina cuando Camilo volvió con el agua.

—Somos mellizos. Viene de fábrica.

—Ya.

Camila detectó el tono. Ese «ya» que no era aceptación sino archivo. Valentina estaba guardando información.

La conversación siguió durante cuarenta minutos. Valentina preguntó sobre la logística: ¿dónde viviría, qué se esperaba de ella en público, cómo manejarían las preguntas de la prensa? Camilo respondió con calma, con esa calidez natural que tenía cuando no estaba nervioso, y Camila vio cómo Valentina se iba relajando, milímetro a milímetro, como un animal que empieza a confiar en la mano que le ofrece comida.

Y entonces pasó.

Valentina dijo algo sobre su madre, sobre lo asustada que estaba de que la cirugía saliera mal, y su voz se quebró una fracción de segundo. Solo una fracción. Pero Camilo la miró con algo que Camila reconoció al instante porque lo había visto miles de veces dirigido hacia ella: compasión genuina. Ternura.

—Va a salir bien —dijo Camilo, y su voz fue tan suave que Camila sintió un escalofrío—. Tu madre es fuerte. Se nota que lo heredaste de ella.

Valentina lo miró. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, involuntaria, que le transformó el rostro entero.

Camilo le devolvió la sonrisa.

Y la mirada duró dos segundos. Tal vez tres. Nada para cualquier persona normal. Una eternidad para Camila, que llevaba diecisiete años leyendo cada gesto, cada parpadeo, cada respiración de su hermano como si fuera un libro abierto.

Conocía esa mirada. La conocía porque era la misma que Camilo le había dirigido a ella la primera vez, en aquella fiesta, antes de que todo empezara.

Curiosidad.

—Se hace tarde —interrumpió Camila, dejando la copa sobre la mesa con un golpe que sonó más fuerte de lo necesario—. Valentina tiene que ir al hospital. Y nosotros tenemos cosas que resolver.

—Claro —dijo Valentina, poniéndose de pie—. Gracias por el agua. Y por la conversación.

—Gracias a ti —respondió Camilo—. Por confiar en nosotros.

—No confío en ustedes todavía. Pero estoy dispuesta a intentarlo.

Camila la acompañó hasta la puerta del pent-house. Cuando Valentina se fue, cerró la puerta y se quedó de espaldas a Camilo durante varios segundos.

—¿Qué fue eso? —preguntó sin girarse.

—¿Qué fue qué?

—Esa mirada, Camilo.

—¿De qué hablas?

Se giró. Lo miró a los ojos. Y vio exactamente lo que temía: confusión genuina. Camilo no se había dado cuenta. Ni siquiera sabía lo que había hecho. Lo cual era infinitamente peor que si lo hubiera hecho a propósito.

—Nada —dijo Camila—. Olvídalo.

Recogió su bolso y caminó hacia la puerta.

—¿Cami?

—Mañana hablamos.

Salió del pent-house y esperó a que las puertas del ascensor se cerraran para apoyarse contra la pared y cerrar los ojos.

No es nada. No es nada. Es una empleada. Un contrato. Un medio para un fin.

Pero la voz en su cabeza, esa voz oscura y honesta que solo hablaba en los momentos de verdad, le susurró algo que le heló la sangre: Así empezaste tú también. Con una mirada que duró dos segundos.

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