Mundo de ficçãoIniciar sessãoLas cosas en la mansión seguían tensas, pero ella solo tenía un pensamiento, solucionar la situación de Camilo antes de que el desastre fuera inminente. La idea golpeó a Camila mientras conducía hacia la Fundación. La solución no estaba afuera. Estaba adentro.
Una desconocida levantaría sospechas antes de cruzar la puerta de la mansión. Margaret Lincoln olía las mentiras como un sabueso. Pero una empleada de la Fundación era otra cosa. Alguien bajo su control, bajo su techo, con una historia de amor que se escribía sola: «Camilo visitó la Fundación, conoció a una chica, una cosa llevó a la otra.» Creíble. Limpio. Perfecto.
Llegó a su despacho, cerró la puerta con llave y llamó a Raúl.
—Cambio de planes, necesito un filtro del personal de la Fundación. Mujeres, solteras, entre veintiuno y treinta años, sin relaciones visibles. Y lo más importante: con problemas financieros serios. Deudas, adelantos de sueldo, lo que encuentres.
El silencio de Raúl duró apenas un segundo. El tiempo justo para registrar la petición sin cuestionarla.
—¿Para cuándo?
—Para ayer.
A las once y media, Raúl entró al despacho con una carpeta. Cinco expedientes diseccionados con precisión de forense.
—Las filtré según sus criterios, señora Lincoln. Estas cinco presentan mayor vulnerabilidad económica dentro de la plantilla.
Camila abrió la carpeta y fue descartando con la frialdad de quien selecciona ganado. La primera tenía deudas, pero tenía novio estable. La segunda, igual, pero, un ex marido abogado con custodia compartida. La tercera, tenía la edad adecuada, un cuerpo hermoso, pero doce mil seguidores en I*******m. La cuarta, parecía adecuada, tenía deudas de la universidad y vivía sola en la ciudad, pero tenía una familia numerosa que haría preguntas.
Y entonces llegó al quinto expediente.
—Esta es la que más se ajusta —dijo Raúl, señalando la última ficha—. Valentina Morales. Veinticuatro años. Secretaria del área de finanzas. Catorce meses aquí. Desempeño excelente. Cuatro solicitudes de adelanto de sueldo en seis meses.
—¿Por qué tantas?
—Su madre tiene cáncer de páncreas. Diagnóstico de hace ocho meses. Deuda en tratamientos: trescientos ochenta mil dólares. El padre murió en servicio militar cuando ella tenía quince. No tiene a nadie más. Trabaja cuatro noches por semana como mesera en el South End para cubrir lo que el sueldo no alcanza.
Camila abrió la foto. Cabello castaño oscuro, ojos color miel, rostro sin maquillaje. La cara de alguien que no tiene tiempo para impresionar a nadie.
La había visto en los pasillos. Claro que sí. Pero para Camila las secretarias eran parte del mobiliario: útiles, invisibles, reemplazables.
—¿Algo más?
—Una cosa. No tiene antecedentes, no tiene vicios, no tiene deudas propias. Todo lo que debe es por la madre. Es una mujer limpia, señora Lincoln. Demasiado limpia para la situación en la que está.
—Perfecto. Retírate.
Raúl salió sin hacer una sola pregunta. Como siempre.
Camila se quedó mirando la foto. Esos ojos miel que no pedían compasión. Y sintió esa punzada en el pecho que se negaba a llamar por su nombre: celos. Porque esa mujer iba a vivir con Camilo. A compartir su espacio, su rutina, su apellido.
Le vibró el teléfono.
*«¿Novedades?»*
*«La encontré. Trabaja aquí, en la Fundación. La historia se escribe sola: tú vienes a verme, te cruzas con ella, empieza todo.»*
*«¿Cómo es?»*
Los dedos de Camila se detuvieron. Algo irracional le impedía describirla.
*«Adecuada. Hablo con ella hoy.»*
Guardo su teléfono sin más, no podría decirle a su hermano que la mujer que escogió era hermosa, su ego no lo permitía, se recostó en su silla y los recuerdos vinieron solos.
***
No había planeado que pasara esa noche. O tal vez sí. La marihuana de su amigo Marcus les había aflojado los tornillos, pero no los había inventado. El deseo ya estaba ahí desde mucho antes. Camila recordaba cada detalle con una nitidez obscena. El frío de las baldosas contra su espalda desnuda. Los dedos de Camilo desabrochándole el vestido rojo con torpeza de principiante. Su propia voz ronca diciendo «no pares» antes de que él siquiera empezara.
Y el momento exacto en que la penetró por primera vez. Lento, torpe, perfecto. Los dos gimiendo al mismo tiempo, como si compartieran el mismo sistema nervioso. Las uñas de Camila clavándose en su espalda. La boca de él en su cuello. Y esa sensación demoledora de que todo encajaba, de que habían nacido para esto, de que el mundo entero estaba equivocado y ellos dos eran la única verdad. Después, tirados en el suelo frío mientras la fiesta seguía arriba, Camilo le había dicho con la voz rota: «¿Qué nos va a pasar ahora?» Y Camila, con dieciocho años y una certeza que le heló la sangre, había respondido: «Ahora ya no hay vuelta atrás.
*Diecisiete años de ese después*
Se levanto para ir a la sala de juntas, pero tuvo que detenerse un segundo para recomponerse. Se alisó la falda, respiró hondo. Volvió a ser la señora Lincoln.
Marcó la extensión de finanzas.
—Necesito que Valentina Morales suba a la sala de juntas. Ahora.
***
Valentina llegó en cuatro minutos. Tocó la puerta antes de entrar y se sentó frente a Camila con la espalda recta y las manos sobre el regazo.
—Señora Lincoln. ¿Necesita algo del departamento de finanzas?
—Siéntese, Valentina. No es sobre finanzas.
Algo cambió en su expresión. Un endurecimiento sutil, como si hubiera activado un sistema de defensa que llevaba años perfeccionando.
—Voy a ir al grano —dijo Camila—. Tengo una propuesta para usted. No es un asunto laboral. Es un acuerdo privado, extremadamente bien pagado, y que requiere discreción absoluta.
—¿De qué tipo?
—Un matrimonio de conveniencia. Con mi hermano, Camilo Lincoln. Dos años. Cinco millones de dólares.
El silencio que siguió duro solo cinco segundos exactos.
—¿Me está pidiendo que me case con su hermano por dinero?
—Le estoy ofreciendo un contrato que resolvería todos sus problemas. Los tratamientos de su madre, las deudas, las noches sin dormir.
—Usted revisó mi vida entera.
No era una pregunta. Era una acusación.
—Hice mi tarea.
Valentina se inclinó hacia adelante. No con sumisión. Con confrontación.
—¿Sabe qué es lo que más me molesta, señora Lincoln? No es que haya investigado mi vida. Es que haya buscado exactamente a alguien como yo. Alguien con la soga al cuello.
—Puede decir que no. La puerta está abierta.
—¿Y entonces busca a otra secretaria desesperada?
Camila no respondió.
—¿Por qué su hermano no se casa con alguien de verdad? —preguntó Valentina—. Es rico, sale en las revistas con una mujer distinta cada semana. ¿Por qué necesita comprar una esposa?
—Porque las mujeres que quieren a Camilo quieren su dinero. Nosotros necesitamos a alguien que no quiera quedarse.
—¿Nosotros? —Valentina atrapó el pronombre al vuelo—. ¿Usted y su hermano deciden juntos con quién se casa él?
Camila sintió el filo de la pregunta cortarle la piel.
—Mi hermano confía en mi criterio.
—Hay algo que no me está diciendo, señora Lincoln. Algo detrás de todo esto que no cuadra. Una mujer como usted no monta una operación de este tamaño solo porque su familia quiere casar a su hermano.
El silencio de Camila fue la confirmación que Valentina necesitaba.
—Hasta que no sepa qué es, mi respuesta es no.
Se puso de pie y caminó hacia la puerta.
—Valentina.
Se detuvo con la mano en el picaporte.
—Voy a volver a mi escritorio, señora Lincoln. A hacer el trabajo por el que me pagan. El legal.
La puerta se cerró con un clic que sonó como un disparo.
***
Esa noche, mientras Richard dormía a su lado, Camila tomó el teléfono.
*«Se negó.»*
*«¿Y ahora qué?»*
*«Buscamos a otra, aún tenemos dos meses.»*
*«Cami, sigo pensando que es una locura»*
*«Pero no tenemos opción, confía en mí, voy a resolverlo.»*
Guardó el teléfono bajo la almohada. A su lado, Richard se movió en sueños. Pero en la oscuridad persistía la última mirada de Valentina. Una mirada que decía: *No soy lo que usted cree que soy*
Y por primera vez en mucho tiempo, Camila no estuvo segura de tener el control.







