Camila llegó a la mansión cuarenta minutos antes que nadie. Necesitaba revisar la mesa, la disposición de los asientos, el ángulo desde el que Margaret vería a Valentina por primera vez. Nada podía quedar al azar.
Camilo apareció a las siete con un traje azul marino y la mandíbula apretada.
---¿Estás listo? ---preguntó Camila.
---¿Importa si digo que no?
---No.
---Entonces estoy listo.
Camila le ajustó la corbata. Un gesto automático, íntimo, que en cualquier otra familia habría sido maternal.