Camila entró a su casa pasadas las once con la mandíbula apretada y un humor que no sabía explicar.
La cena había salido bien. Margaret no había rechazado a Valentina. Isabella se había comportado como la víbora predecible que era, pero nada fuera de control. El plan seguía en pie. Todo marchaba según lo previsto.
Entonces, ¿por qué tenía ganas de romper algo?
Lo supo en el coche, a medio camino entre la mansión y su casa, cuando la imagen le volvió como un golpe: Camilo pasándole la sal a Vale