Camila abrió los ojos a las nueve de la mañana con el cráneo partiéndose en dos y el estómago revuelto. No recordaba cuántas copas había tomado. Recordaba cada segundo del beso.
Se quedó boca arriba mirando el techo. La luz del sol le atravesaba los párpados como agujas. A su lado, el lugar de Richard estaba vacío, las sábanas frías. Llevaba rato levantado.
Se obligó a sentarse. El cuarto giró. Se agarró del borde de la cama hasta que el mundo dejó de moverse y bajó las escaleras con el pelo re