CAPÍTULO 2

Camila no durmió.

Se quedó en la sala hasta las dos de la madrugada, sentada en el mismo sillón donde Richard la había desnudado con preguntas, repasando cada palabra, cada gesto, cada silencio. Buscando la grieta. Calculando cuánto sabía su esposo y cuánto sospechaba.

«No me estás mintiendo. Me estás subestimando.»

La frase le daba vueltas en la cabeza como un animal enjaulado. Richard nunca había hablado así. En diez años de matrimonio, sus reclamos habían sido siempre los de un hombre herido, no los de un hombre lúcido. Un esposo celoso se calma con caricias y promesas. Un esposo que investiga es otra cosa.

Subió a la habitación pasadas las dos. Richard dormía de espaldas a su lado de la cama. O fingía dormir. Con él ya no podía estar segura de nada.

Se acostó sin tocarlo, mirando el techo en la oscuridad, y por primera vez en años se permitió una pregunta que siempre había esquivado: ¿qué pasaría si Richard descubriera la verdad?

No una infidelidad cualquiera. No un amante con nombre y apellido al que pudiera enfrentar en un divorcio civilizado. Sino esto. Lo impronunciable. Lo que destruiría no solo su matrimonio sino su familia entera, su apellido, la custodia de sus hijos.

*Todo.*

Se durmió con esa palabra clavada en el pecho como un cuchillo.

***

A la mañana siguiente, Camila se levantó antes que Richard. Preparó el desayuno de los niños, le tomó la temperatura a Sophie —ya sin fiebre—, vistió a Mateo para el colegio y dejó todo listo antes de que su esposo bajara las escaleras.

Cuando Richard apareció en la cocina, encontró la mesa puesta, los niños desayunando y a Camila sirviéndole café con una sonrisa que había ensayado frente al espejo del baño.

—Buenos días.

Richard la miró durante tres segundos que pesaron como plomo. Luego se sentó, tomó el café y besó a sus hijos en la cabeza.

—Buenos días, campeón. Buenos días, princesa. —Ni una palabra para ella. Ni una mirada más.

Camila sintió el castigo del silencio como una bofetada. Pero no reaccionó. No podía permitirse el lujo de una pelea, no hoy. Hoy tenía que ver a Camilo.

—Voy a dejar a Mateo en el colegio y después paso por la Fundación —dijo, recogiendo los platos con naturalidad estudiada—. ¿Puedes quedarte con Sophie hasta que llegue la niñera?

—¿A qué hora vuelves?

—A las seis. Máximo.

—A las seis. —Richard repitió la hora como quien toma nota de una promesa que sabe que no se va a cumplir—. Estaré aquí.

Camila besó a los niños, agarró las llaves del auto y salió de la casa con la sensación de que su esposo le había puesto un reloj de arena sobre la cabeza.

***

El apartamento estaba en un edificio anónimo del centro de Boston. Tercer piso, sin portero, sin cámaras en el vestíbulo. Lo habían alquilado hacía cuatro años bajo el nombre de una empresa fantasma que Raúl administraba sin hacer preguntas. Nadie de la familia Lincoln sabía de su existencia. Nadie del círculo social. Nadie.

Camila subió las escaleras con el corazón acelerado. No por la anticipación del encuentro —aunque eso también—, sino por la urgencia de lo que tenía que decirle. La idea que había germinado en su cabeza durante la noche en vela, alimentada por el miedo y la desesperación.

Tocó tres veces. El código de siempre.

Camilo abrió la puerta y bastó un segundo para que Camila viera lo que nadie más podía ver en él: el miedo. Detrás de la mandíbula apretada, detrás de los ojos verdes idénticos a los suyos, detrás de la fachada de playboy millonario que el mundo conocía, su hermano estaba aterrorizado.

—Pasa —dijo él, haciéndose a un lado.

El apartamento era pequeño. Una sala con un sofá, una cocina abierta, un dormitorio que conocían de memoria. Sin lujos. Sin decoración. Lo único que importaba de ese lugar eran sus paredes: gruesas, silenciosas, incapaces de repetir lo que habían visto.

Camila dejó el bolso sobre la mesa y se quedó de pie, mirando por la ventana que daba a un callejón sin gracia.

—¿Qué tan grave es? —preguntó Camilo a su espalda.

—Isabella Cortés. Papá quiere un matrimonio arreglado. Si no presentas prometida en dos meses, lo hace él.

—Eso ya me lo dijiste. ¿Cuál es la parte que no me dijiste?

Camila se giró. Su mellizo la conocía demasiado bien. Podía leerla como nadie, sentir lo que ella sentía antes de que ella misma lo procesara. Era la maldición y la bendición de compartir la misma sangre, el mismo útero, la misma frecuencia emocional.

—Richard está investigando. Ayer llamó a mi oficina. Sabe que mis horarios no cuadran.

Camilo se dejó caer en el sofá y se pasó las manos por el cabello.

—Joder.

—Sí. Joder.

—¿Crees que sospecha de nosotros?

—No de nosotros. Todavía no. Cree que tengo un amante. Pero si empieza a tirar del hilo y descubre que mis ausencias siempre coinciden con las tuyas...

No terminó la frase. No hacía falta.

—¿Cuál es tu idea? —preguntó Camilo, mirándola con esa mezcla de admiración y dependencia que siempre le provocaba—. Dijiste que tenías un plan.

Camila se sentó a su lado. No lo tocó. Necesitaba que la escuchara con la cabeza fría, no con el cuerpo.

—Vamos a conseguirte una esposa.

Camilo parpadeó.

—¿Qué?

—Una esposa de mentira. Un contrato. Una mujer que haga el papel delante de la familia y la sociedad, que detenga el matrimonio con Isabella y que nos dé tiempo para respirar.

—Estás loca.

—Estoy desesperada. Que es peor.

Camilo se levantó del sofá y caminó hasta la ventana. Le daba la espalda y Camila podía ver la tensión en sus hombros, en la forma en que apretaba los puños.

—¿Y de dónde sacamos a esa mujer? ¿Ponemos un anuncio? «Se busca esposa falsa para millonario con secreto incestuoso.»

—No seas idiota. Tiene que ser alguien que necesite dinero. Mucho dinero. Alguien que no tenga nada que perder y todo que ganar. Alguien que no haga preguntas.

—Todo el mundo hace preguntas, Cami.

—No cuando la alternativa es perderlo todo. —Camila se levantó y caminó hacia él. Le puso una mano en el hombro y lo obligó a girarse—. Escúchame. Necesitamos a alguien vulnerable. Una mujer con una deuda imposible, con una situación tan jodida que cinco millones de dólares le parezcan la salvación.

—¿Cinco millones?

—Es lo que cuesta nuestra libertad. ¿Te parece mucho?

Camilo la miró fijamente. Ojos verdes contra ojos verdes. El mismo color, la misma intensidad, el mismo fuego.

—No me parece mucho. Me parece peligroso. Estamos metiendo a una extraña en nuestras vidas, Cami. ¿Qué pasa si descubre lo nuestro?

—No va a descubrirlo. Yo me encargo de eso.

—¿Cómo?

—Controlándola. Cada movimiento, cada palabra, cada segundo de su vida dentro de esta familia va a pasar por mí. Yo la elijo, yo la preparo, yo dicto las reglas. Ella no va a tener espacio ni para sospechar.

Había algo en la voz de Camila que iba más allá de la estrategia. Algo oscuro, posesivo, que tenía menos que ver con proteger el secreto y más con marcar territorio. Camilo lo percibió, como percibía todo lo que ella sentía, pero no dijo nada.

—¿Y las condiciones? —preguntó.

—Dos años de matrimonio. Divorcio limpio. Cláusula de confidencialidad blindada. Y la más importante: nada de sentimientos. Ni de ella hacia ti, ni de ti hacia ella. Esto es un negocio. Punto.

—¿Por qué iba a tener sentimientos hacia una desconocida?

La pregunta era inocente. La respuesta de Camila, no.

—Porque eres hombre, Camilo. Y porque vas a vivir con una mujer joven y atractiva bajo el mismo techo. No me subestimes.

—Cami, la única mujer que me interesa eres tú. Lo sabes.

—Lo sé. Pero quiero que lo recuerdes cuando la tengas enfrente todos los días.

Se miraron en silencio. El aire del apartamento se espesó con todo lo que no se decían: el miedo, la dependencia, la certeza enfermiza de que sin el otro no eran nada.

Camilo fue el primero en moverse. Le tomó el rostro con ambas manos y la besó. Un beso lento, profundo, cargado de urgencia y de promesas imposibles.

—Confío en ti —susurró contra su boca—. Siempre confío en ti.

—Entonces déjame hacer esto. Déjame protegernos.

—¿Y Richard?

La pregunta cayó como una piedra en un pozo.

—De Richard me encargo yo.

—Cami, si él descubre algo...

—No va a descubrir nada. Voy a darle lo que quiere: atención, presencia, la esposa perfecta. Lo suficiente para que deje de buscar. —Camila se separó de él y recogió su bolso de la mesa—. Tengo que irme. Le dije que volvía a las seis.

—¿Cuándo empezamos con la búsqueda?

—Ya empecé. Le pedí a Raúl un perfil de candidatas. Mañana tengo los resultados.

Camilo la miró con algo que en otra persona habría sido admiración, pero que en él era rendición. La rendición absoluta de un hombre que había entregado las riendas de su vida a la mujer que amaba, sin importar que esa mujer fuera su propia sangre.

—Eres implacable, Cami.

—Alguien tiene que serlo.

***

Camila llegó a casa a las cinco y cuarenta y siete. Trece minutos antes de lo prometido.

Encontró a Richard en el jardín trasero, empujando a Sophie en el columpio mientras Mateo corría con el perro por el césped. La escena era tan perfecta, tan luminosa, que le provocó una náusea profunda. No de rechazo, sino de culpa. Porque ese hombre, ese padre dedicado que jugaba con sus hijos en el jardín, no tenía idea de con quién estaba casado en realidad.

—Llegué temprano —dijo desde la puerta, con la voz más ligera que pudo fabricar.

Richard la miró por encima del hombro. No sonrió, pero algo en su expresión se relajó una fracción. Una fracción que Camila midió con la precisión de un cirujano.

—Sophie ya no tiene fiebre —dijo él.

—Qué bien. ¿Cenamos juntos?

—Los niños ya comieron.

—Entonces cenamos tú y yo. Preparo algo.

Richard no respondió de inmediato. La estudió durante unos segundos que para Camila fueron un examen, una evaluación, un juicio silencioso. Luego asintió.

—Está bien.

Camila entró a la cocina y empezó a preparar la cena con las manos temblando. No por miedo. Por la adrenalina de estar jugando en demasiados tableros al mismo tiempo: la madre arrepentida, la esposa dedicada, la hermana cómplice, la amante secreta, la estratega que estaba a punto de meter a una desconocida en la vida de todos.

Mientras cortaba verduras, su teléfono vibró en el bolso. Lo ignoró. Fuera quien fuera —Camilo, Raúl, su madre—, esta noche le pertenecía a Richard.

Porque Richard era la pieza más peligrosa del tablero. Y Camila acababa de entender que no podía darse el lujo de descuidarla.

Sirvió la cena, encendió una vela, llenó dos copas de vino y se sentó frente a su esposo con la sonrisa más cálida de su repertorio.

—Perdóname por estos días —dijo, tomándole la mano sobre la mesa—. Tienes razón. He estado ausente. Pero se acabó.

Richard la miró a los ojos. Buscando la mentira. Buscando la verdad.

—Quiero creerte, Camila.

—Entonces créeme.

Y por un instante, casi lo logró. Casi lo convenció. Casi se convenció a sí misma.

Pero en el bolso, el teléfono vibró otra vez, y Camila supo que la persona al otro lado del mensaje era la única verdad que no podía confesar.

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