Mundo ficciónIniciar sesiónEmilio Sarrafoglu, es un empresario millonario, aficionado por los negocios. Sin embargo, no todo es color de rosa, necesita una mujer. De lo contrario, su imagen será pisoteada por la opinión pública. Sin tiempo que perder, contrae matrimonio, con una campesina, que jamás imaginó, despertaría un sentimiento en su corazón.
Leer más-Era un día como cualquiera, en aquella descomunal ciudad.
Los árboles, lucían verdes y frondoso. La gente se movilizaba en vehículos, transporte público, patineta, bicicleta…Claro, y uno que otro a pies. La vida transcurría sin novedades: el ajetreó del trabajo, los niños en la escuela. ¿Y yo…? A casarme. ¡Vaya día! -pensé, sintiéndome plena. Llevaba puesto un vestido color celeste, el mejor harapo de mi clóset. Recuerdo el día que me lo compre, por el valor de cinco libras. Había planeado usarlo en navidad; claro... en esa época no tenía previsto matrimoniarme. Me dije a mi misma: -Mi misma, es la mujer más afortunada en toda la tierra. -El novio puede besar a la novia -articuló el señor juez. Sus palabras me arrancaron de mi ilusa imaginación. Semir frunció el ceño, con fuerzas, como si su cuerpo adquiriera una enfermedad terminal. Su lenguaje corporal, lo delataban a kilómetros de distancia. No hubo un gesto, una mirada de complicidad. Mucho menos un beso migajero. La atmósfera se tornó espesa, como la niebla. Pensé en cavar mi propia sepultura. Nadie sabía, pero amaba a este hombre en silencio desde hace tres años. El Patriarca de la Familia Olvera, apoyándose en el bordón, mudó unos pasos con dificultad hacia nosotros, dedicándome una mirada dulce y amable. Me sonrojé. Semir bajo la mirada, frunciendo el entrecejo, con impaciencia, como si temiera lo inimaginable... algo que ni en sueños habría esperado. El anciano metió su arrugada mano en el bolsillo y sacó una cajita roja. -Este anillo ha pertenecido a la familia Olvera por generaciones -dijo efusivamente-. Tu abuela fue la última que lo usó. Ahora… te pertenece, hija. No logré ni emitir un sonido, como si tuviera una tonelada de algodón alojada en la garganta. Aquel anciano me producía una sensación indescriptible. Y él lo sabía; podría decir que el sentimiento era mutuo. -Y bien… ¿no vas abrazar a tu abuelo? -susurró el anciano, extendiendo su brazos. Corrí hacia los brazo de aquel anciano. Él me abrazó con fuerza. -Bienvenida a la familia, hija mía. Semir, que parecía una estatua, arqueó una ceja. ¿Ironía? Quizá. Después de todo, aquel anticuado viejo, con su cabello muy claro y su barba plateada, era todo lo que tenía en el mundo. Pero qué equivocada estaba. En los siguientes minutos, esa impresión desapareció como nubes viajeras. El anciano se dirigió a su nieto con una actitud brusca. -¡Quiero nietos, Semir! -dijo con un tono de voz escalofriante y dominante. Me quedé en silencio, con el corazón desbocado. Dicho esto, el anciano, Thomas Olvera, se marchó. Logré contener la respiración, avergonzada. Semir me miró con una tonelada de desdén. Fue como caer de las nubes… como sapo en el desierto. Me quede inmóvil, como estiércol abandonado en el corral, limitándome a existir. Sin emitir sonido, salió despavorido de la oficina. Al fin, logré respirar sin restricciones. Luego de ventilar adecuadamente mis pobres pulmones, arreglé mi melena y abandoné la Oficina de Asuntos Civiles. Me encamine hacia la estación para tomar el metro. Entonces, un Rolls Royce, color oscuro se detuvo a escaso metro de mí. Sostuve cuidadosamente el certificado de matrimonio, como si temiera que alguien me lo arrebatara. Un hombre vestido de smoking bajo del vehículo. Era el asistente de Semir Olvera. Retrocedí dos pasos, nerviosa. -El Señor Olvera la espera -dijo con cortesía. Me negué descaradamente. No estaba dispuesta a compartir el mismo vehículo con ese gorgojo. Lewin, me comentó que el Señor Thomas se encontraba a escasos metros. No tenía opciones. Con resignación, acepte. Lewin abrió la puerta del coche, con amabilidad. Semir no articuló ni media palabra. La silueta del Rolls Royce desapareció entre la multitud de carros. No tengo ni las más mínima idea cuanto tiempo tardamos en llegar, pero estoy segura que todo sucedió al paso de un caracol. Por a solicitud patriarca de la familia, debíamos pasar la noche lejos de la ciudad, en Mar - López, propiedad de la familia Olvera. Un lugar bonito. Discreto Adecuado para solicitar el pedido del abuelo. Solo de pensarlo me producía náuseas. No era una niña… claro. Pero carecía de experiencia. El viento soplaba con fuerzas y las palmeras se balanceaban. Di unos paso vacilantes en el césped. Me percaté que estábamos completamente solos. ¡Recién Casada…! No. Eso me revolvía las tripas. Sosteniendo el aliento, continúe avanzando despacio. Había flores rojas por todas partes. La luz de la velas románticas proyectaba un baile con anticipación. Un camino de pétalos de rosa conducía a una cama cubierta con tela transparente. En una bandeja reposaban champán, chocolate y trufas. Sabia que la hora cero había llegado, más temprano que tarde. Estaba nerviosa… pero mentiría si dijera que no estaba feliz. Todo era perfecto Seguramente, pronto nos visitaría la cigüeña. El sonido de la puerta me hizo contener la respiración. Era él. Llevaba la camisa arremangada y tres botones desabrochados, dejando a la vista su pecho varonil. Se detuvo. Apreté los puños, nerviosa. Y se marchó. Esa noche no hubo magia. Ni baile. Ni vino. Mi marido, ni siquiera me miró. A la mañana siguiente me levante tempranito, antes que el sol, incluso que los pájaros. Anhelaba regresar a Moon city lo antes posible. Había tenido una pésima noche en un sillón. Vaya -pensé -qué gran luna de miel. Mientras me bañaba con agua fría, la puerta se abrió de golpe. Un hombre ingresó al baño sin ropa. Me tomó por la cintura con tanta fuerzas que no me dio tiempo de reaccionar. En un suspiro estaba atrapada en un muro de músculo. Sin mediar palabra, beso mis temblorosos labios con desesperación. Mientras su largas manos se paseaban por mi espalda esbelta. El agua recorría nuestros cuerpos desabrigados. Podía sentir su pecho en mi pecho. En ese momento, mi corazón latió fuerte y mi respiración aumentó significativamente. No pensé en nada. No me rehusé. Simplemente… me deje llevar.El vehículo se desplazaba a una velocidad casi irreal y, por primera vez en mi vida, la posibilidad de un accidente dejó de importarme.Una mezcla de emociones contradictorias me oprimía el pecho. Las palabras ensayadas de Olivia se repetían en mi mente con una claridad inquietante, como un eco imposible de silenciar. Aunque mi marido no había mostrado interés en volver con ella, era evidente que la herida seguía abierta.Y eso… me aterraba.Mi celular vibró.Era la tercera vez.Bajé la mirada: una notificación de correo electrónico.—¿Qué pasa? —preguntó Alicia sin apartar la vista del camino.—Es un correo.—¿Y?—Nada.—¿Segura?Dudé un instante.—Alicia… ¿recuerdas la gema?Frunció ligeramente el ceño.—¿El cuento de la misteriosa piedra que solía narrar la madre Asunción?—Sí, ese mismo.Alicia soltó una risa breve, sin rastro de humor.—Es solo un cuento… uno de tantos que repitió durante años.—Parece que no… es real.El vehículo se detuvo de golpe.—¿Qué dijiste? —preguntó, gir
El viento soplaba con fuerza huracanada. En el cielo, la luna se veía a través del cristal: lejana, distante y obstinada… aferrada a la oscuridad.Moon City siempre ha sido caprichosa, dada a desplomar la temperatura sin previo aviso.Me obligué a levantarme… y entonces caí en cuenta: había dormido con Semir en el sofá.Él dormía como un gato perezoso. Se veía tan sereno… tan perfecto. Como esculpido con paciencia. Le coloqué una almohada bajo la cabeza, con cuidado de no despertarlo.Tomé un baño caliente. Luego me puse unos jeans, una camiseta, botas, guantes, dos abrigos y mi bufanda. Mentiría si dijera que me molesta este clima; todo lo contrario. Es mi época favorita. No importa si la ropa es de diseñador: basta con un buen abrigo y asunto arreglado.Tomé un paraguas y me dirigí a la estación del metro para ir a la empresa. Era tan temprano que apenas había tres personas en el vagón.Llegué y saludé, como todos los días.—¡Buenos días, señorita Fer! —la exagerada y siempre atenta
Me alejé de mi marido para darle el espacio que necesitaba. Al fin y al cabo, él y Olivia lo requerían.El corazón me latía con violencia… pero mantuve la compostura. Tarde o temprano, el pasado siempre te alcanza. Solo hay dos opciones: lo enfrentas… o te doblegas.Subí hasta la habitación.¿Enfadada? No lo sé… ¿melancólica? Tampoco. No tenía la más remota idea. Dentro de mí habitaba una sensación agridulce, confusa. La vida parecía ensañarse conmigo de una forma que aún no lograba comprender.Al nacer, me separó de mis progenitores sin darme la oportunidad de elegir. Crecí en un orfanato, entre cuatro paredes, rodeada de niños que, como yo, cargaban historias que nadie quiso escuchar.¿Por qué?Por prejuicios ajenos… supongo.Y ahora, cuando empezaba a rozar la felicidad con la yema de los dedos… alguien más intervenía, arrebatándome lo que sentía mío.Una lágrima recorrió mi mejilla. Luego otra. Después ya no fueron lágrimas… fue un derrumbe imposible de contener.Me hice un ovillo
Salimos pasada la una de la tarde de la textilería. Javier me invitó a comer, alegando que habíamos trabajado como nunca. No me negué; no había probado bocado desde el yate.Javier habló sin parar: bocetos, detalles, proyecciones… Grupo Olvera en cada frase. Yo apenas escuchaba.Cuando estábamos por irnos, Iñaki y Olivia aparecieron. Reían… o eso parecía. Había algo en esos dos que no me agradaba. Y no era porque ella fuera la ex de mi marido ni porque él fuera un reportero con ínfulas culturales. Mi intuición rara vez se equivocaba.Parecían hechos el uno para el otro… como una de esas ofertas absurdas: te llevas uno y te encajan el segundo.Hasta que, sin aviso, la mano de Olivia cruzó el aire y el golpe lo cambió todo.Sentí vergüenza ajena. Javier, en cambio, parecía entretenido, como si asistiera a una película.—¿La conoces? —pregunté, sin demasiado interés.—Sí.—¿Y?—Es una ramera.Alcé la mirada mientras daba el último sorbo a mi copa.—¿En qué te basas para decir algo así?—





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