Mundo ficciónIniciar sesiónEmilio Sarrafoglu, es un empresario millonario, aficionado por los negocios. Sin embargo, no todo es color de rosa, necesita una mujer. De lo contrario, su imagen será pisoteada por la opinión pública. Sin tiempo que perder, contrae matrimonio, con una campesina, que jamás imaginó, despertaría un sentimiento en su corazón.
Leer más-Me levanté antes que el sol, antes que el mundo decidiera empezar. La casa aún dormía y el silencio tenía un peso casi incalculable. Llevaba semanas repitiendo la misma rutina doméstica: lavar, planchar, cocinar, trapear. No la despreciaba; al contrario, la asumía con disciplina. Pero había algo en esa repetición que comenzaba a vaciarme por dentro, como si cada día fuera una copia exacta del anterior. ¡Que pesadilla! Preparé el desayuno con movimientos precisos, mecánicos. El patrón, bueno, mi marido, no debía despertar aún. Luego me duché y me vestí con una prisa que no sabía explicar. Regresé a la habitación. Mi marido seguía dormido, ajeno al mundo, con esa quietud casi insolente. Me detuve a mirarlo. Sus facciones eran perfectas en la penumbra, como una escultura tallada con paciencia. La respiración lenta, profunda, marcaba el ritmo del cuarto. Su pecho velludo subía y bajaba con una cadencia hipnótica. Me acerqué más de lo necesario. La luz tenue rozaba su piel firme,
El sol apenas iniciaba a salir, en su posición cardinal, en aquella ruidosa, metrópoli. A medida que los primeros rayos del sol se abrían paso, el panorama simplemente era espectacular. Me había quedado dormida hasta la madrugada y, para ser sincera, no se me apetecía levantarme. Pero ¡no tenía opciones! Nadie me mandó a ganar la primer carrera de la vida. Si tan solo le hubiese dejado el chance al coludo espermatozoide de mi derecha, otro gallo cantaría. En fin, es tarde para reproche. Me estiré bajo las sábanas, como un holgazán gato. La cabeza me dolía terriblemente, como si me hubieran oprimido el líquido cefalorraquídeo. En ese instante, la puerta se abrió de golpe. -¡Buenos días, señora! -saludó una joven de unos veintitantos años. -Buenos días -respondí sonriente, tratando de camuflar el dolor. La joven era muy alta, casi dos metros, de figura delgada y rasgó firmes que recordaban más a los de un hombre que a los de una dama delicada. Se dedicaba a inspeccionar la mansión un
-Esa noche me encontraba lejos, en el mar. Con la brisa del anochecer, azotando mi cuerpo, como si se tratase de siete mil cuchillos a la vez. Nunca me había sentido tan mal. Ni siquiera con la muerte de mis padres, hace ya quince años; en esa época solo tenía catorce años. Por más que el mundo se caía a mis pies, me obligué a no llorar. En ese año saqué las calificaciones más alta de mi vida. Quizá porque pasaba todo el día metido en los libros, a lo mejor porque quería honrarlos de algún modo, no lo sé; lo cierto es que no he tenido tiempo para eso. En realidad es que nunca tuve tiempo para detenerme a pensar en ello. El viento arreció y se volvió más frío. Encorvé los hombros mientras me frotaba las manos. -Qué carajo… -murmuré La vida es un juego de azar. -¿Cómo te sientes? La voz de Javi Pal, mi amigo de toda la vida, me sacó de mis pensamientos. -Bien -respondí sin más. -¿Seguro? -Si, claro... -dije, tomando un sorbo de mi copa de vino. Javi, cruzó
-Una semana después de la boda, regresamos a la residencia oficial de Semir Olvera, una villa al estilo mediterráneo. Diseñada por un arquitecto irlandés. Básicamente, una maravilla arquitectónica. La mansión contaba con cinco plantas, ciento cincuenta y tres habitaciones, noventa y cinco baños, trece chimeneas. El vestíbulo y algunas habitaciones, tallados con azulejos españoles. La mesa del comedor ejecutivo, cincelado de mármol, y la cubertería de oro.Las luces de la residencia se veían impregnada en la flores del jardín, mientras la lluvia caía con pesadez sobre Moon city. Al ingresar al vestíbulo, nos recibió, el mayordomo: Eugenio Moyano.Un impecable caballero, que controla Salamanca con mano de acero y con guante de terciopelo. -Señores, buenas noches -saludó, haciendo, una breve reverencia. El señor Moyano, un ucraniano, con su español, mejor que cualquier nativo. -¡Bienvenida a casa, hija mía! Una voz recorrió todo el salón. Este no era otro que el Señor Thomas Olvera.
Último capítulo