Al salir de la oficina, me dirigí hacia el ascensor, agotada. Eran casi las seis de la tarde; se suponía que debía marcharme a las cinco, pero el tiempo se me escapó entre conversaciones con los chicos que, desde hoy, trabajarían conmigo.
El ascensor se abrió y marqué el piso uno. Al llegar al vestíbulo, me sobresaltó la penumbra que lo envolvía.
Me abotoné el abrigo y, tras asegurarme de que no había nadie alrededor, avancé hacia la estación del metro, que por suerte no quedaba lejos; apenas u