Miré el reloj: llevaba veinte minutos de ventaja. Mi marido seguía dormido en un sueño profundo. Eran casi las seis cuando abandoné Salamanca. Lewin aún no había llegado —como todos los días—, así que tomé un taxi.
Al llegar a la empresa, una anciana amable, cerca de jubilarse —supuse—, me recibió. No sabía quién era yo; el día anterior no me presentaron a nadie, excepto a mi marido, a quien no hace falta describir.
—Buenos días, señorita —me saludó.
—Buenos días.
—¿Usted es nueva? —preguntó co