Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol apenas iniciaba a salir, en su posición cardinal, en aquella ruidosa, metrópoli. A medida que los primeros rayos del sol se abrían paso, el panorama simplemente era espectacular. Me había quedado dormida hasta la madrugada y, para ser sincera, no se me apetecía levantarme. Pero ¡no tenía opciones! Nadie me mandó a ganar la primer carrera de la vida. Si tan solo le hubiese dejado el chance al coludo espermatozoide de mi derecha, otro gallo cantaría. En fin, es tarde para reproche.
Me estiré bajo las sábanas, como un holgazán gato. La cabeza me dolía terriblemente, como si me hubieran oprimido el líquido cefalorraquídeo. En ese instante, la puerta se abrió de golpe. -¡Buenos días, señora! -saludó una joven de unos veintitantos años. -Buenos días -respondí sonriente, tratando de camuflar el dolor. La joven era muy alta, casi dos metros, de figura delgada y rasgó firmes que recordaban más a los de un hombre que a los de una dama delicada. Se dedicaba a inspeccionar la mansión una vez por semana y luego se marchaba. Así que, sin mediar palabra, se dirigió directamente a las enormes ventanas, abriéndolas de una. Algo que no le correspondía, ya que la habitación estaba ocupada. Pero lo hizo igual, como si nadie turbara derecho a cuestionarla. Se detuvo un instante para el pintoresco jardín que se extendía frente a la mansión. -El señor Semir esta vez se equivocó con usted… -murmuró entre dientes. -Perdón! ¿Qué dijo…? -me apresuré a interrumpir… Ella se burló, descaradamente. -¡No es nada, señora! -contestó, con un tono obsceno. Me pase una calada de aire, tratando de descifrar su osadía. Ella abandonó la habitación si más… dejando la puerta abierta. Mire el móvil; este marcaba las seis y cuarto. Fruncí el ceño. La mañana estaba joven, pero sería mejor levantarme. -¡El desayuno está servido! -alguien gritó desde afuera. No era difícil adivinar de quien eran eso gritos. Me encamine al baño para darme una ducha. Mientras el agua caía por mi cuerpo, tenía la sensación de desmayarme, así que me apresuré a salir de ahí. No estaba dispuesta a a correr el riesgo. El teléfono sonó; era una notificación de mi correo electrónico. Hola, Elizabeth Conn Fer Land, hemos encontrado las siguientes plazas según las alertas de tus preferencias. ¡Rayos! -Pensé- . Será mejor que me postule, cuanto antes… Sin pensármelo más… presioné el botón de enviar. Diez minutos más tarde, baje las escaleras. Fui directo hacia el comedor, pero este lucía vacío a excepción de un periódico que descansaba en el centro de la mesa. Decidí echar un vistazo; al fin y al cabo, la mañana era joven. Tomé el periódico, sin pensarlo demasiado. En mi casa original, leer el periódico, era parte del ritual de cada mañana. Pasé las páginas, con distracción. Política, no soy buena para eso, pensé… Deporte, menos; nunca le entendí. Economía, menos que logre alterarme el ritmo cardiaco. Continué, sin más… en la página de sección social, solo por costumbre. Todo es superficial -murmuré entre dientes. Pero una fotografía llamó mi atención. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. Una mujer rubia, semidesnuda, besando a mi marido. Su boca pegada a la suya en un beso que no tenía nada de casual. Sus manos se apoyaban con confianza en su pecho. Ese pecho desnudo, que conocía demasiado bien. Cerré el periódico despacio. La escena no era un rumor, no era una sospecha. Una sensación de de humillación de apoderó de todo mi cuerpo. Intente eliminar la imagen de mi cabeza, pero la fotografía se sostenía con firmeza que me obligó abrir el periódico nuevamente. Al abrirlo, me percaté que había una segunda fotografía. En esta, ella quedaba expuesto sin pudor, usando solo bikini; la parte superior de su cuerpo parecía recién retirada. Este último, descansaba en el suelo de la cubierta. Ella se apoyaba contra su torso desnudo, con confianza, como si ese espacio le perteneciera. Evidentemente, no era solo una imagen, era una completa tracción. En ese momento, la puerta se abrió de un golpe seco. Semir Olvera, con el ceño fruncido, apareció. Su aspecto era desagradable; traía la camisa arrugada, sin prensar, mal abotonada… y ahí estaba una mancha roja, imperfecta, marcada en el cuello como una firma. Antes de subir la escaleras, me miró con desdén por un par de segundo y se marchó a la quinta planta. Lo seguí hasta la recámara con cautela, mientras él ya se encontraba en el baño. Había dejado la ropa tirada en el suelo. Tenía la pésima costumbre de deshacerse de cada prenda antes de entrar a la ducha y dejarla tirada en el piso. No importaba que apenas me dirigiera la palabra; en ese aspecto era curiosamente liberal. No le importaba en lo más mínimo pavonearse por la habitación usando nada. Recogí la camisa y confirmé de cerca mis sospechas: se trataba del labial de una mujer. Una mujer que no era yo. Mi corazón se desbocó. Me había sido infiel. La imagen del periódico volvió a mi mente, con la velocidad de un rayo. La chica, sin sostén, rozando su piel desnuda con tanta cercanía. Las lágrimas empezaron a fluir como rios por mis mejillas, empapando la camisa a la cual me aferraba con fuerza, como quien pierde una estrella. De repente, la llave de la ducha se cerró y el agua dejó de caer, rompiendo el único sonido que llenaba el baño. Caí en cuenta de debía salir corriendo de ahí antes de que él saliera del baño. No estaba dispuesta a que me viera llorar, no después de lo que había hecho. Los días comenzaron a repetirse como una rutina silenciosa. Semir llegaba tarde y se marchaba al amanecer. Casi nunca estaba en casa y, cuando coincidíamos, no me dirigía la palabra. Durante cada comida que compartíamos, nunca le reprochaba nada, solo guardaba silencio. No necesitaba interrogarlo, no necesitaba confirmar nada. El sonido del tenedor contra el plato era el único sonido. Al finalizar, tomaba una servilleta y se limpiaba la boca con movimientos mecánicos. -Tengo reuniones -murmuraba con prisa-.No me espere despierta. Esa frase repetía cada día al machares. Por más que me esforzara por atenderlo y hacer de la casa un lugar agradable, nunca reconocía mis esfuerzo. Así que me limitaba a sonreí amargamente, asintiendo con la cabeza, como si con no abrir la boca iba a mitigar el dolor. Ese dolor que se había vuelto crónico.






