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Capítulo 2: El regreso

-Una semana después de la boda, regresamos a la residencia oficial de Semir Olvera, una villa al estilo mediterráneo. Diseñada por un arquitecto irlandés. Básicamente, una maravilla arquitectónica.

La mansión contaba con cinco plantas, ciento cincuenta y tres habitaciones, noventa y cinco baños, trece chimeneas. El vestíbulo y algunas habitaciones, tallados con azulejos españoles. La mesa del comedor ejecutivo, cincelado de mármol, y la cubertería de oro.

Las luces de la residencia se veían impregnada en la flores del jardín, mientras la lluvia caía con pesadez sobre Moon city.

Al ingresar al vestíbulo, nos recibió, el mayordomo: Eugenio Moyano.

Un impecable caballero, que controla Salamanca con mano de acero y con guante de terciopelo. -Señores, buenas noches -saludó, haciendo, una breve reverencia.

El señor Moyano, un ucraniano, con su español, mejor que cualquier nativo.

-¡Bienvenida a casa, hija mía!

Una voz recorrió todo el salón. Este no era otro que el Señor Thomas Olvera. Apenas logré responder en voz baja, con las mejillas sonrojadas y conteniendo, la respiración cuidadosamente. Avancé despacio por el lujoso lugar; no era la primera vez que estaba allí… pero en esta ocasión, las condiciones no eran las misma.

-Vamos -susurró mi marido.

Tenía las mejillas rojas, como un tomate.

Subimos las escaleras para saludar al abuelo. Este último nos recibió con una alegría indescriptible… Fue el propio Thomas quien me condujo hasta la habitación de Semir.

Era hermosa.

La cama espaciosa, la cual me llamaba a gritos. Sus sabanas tan blancas como la nieve, me prometían un sueño acogedor.

A decir verdad, estaba viviendo el sueño que cualquier chica anhela: Un marido guapo, una casa espaciosa, un suegro encantador.

¿Qué más puedo pedirle a la vida?

¿Amor?

Quizá… un paso a la vez.

Semir, mi marido, es poco expresivo, lo sé.

Pero aprenderá a quererme.

Traté de tranquilizar mis preocupaciones.

Me senté en el borde de la cama, intentando calmar mis nervios. Pero solo un suspiro bastó para recordar mi casa.

En realidad… mi escondrijo.

Una pieza decrépita.

Las paredes, con múltiples fisuras y grietas. La leve inclinación, signo de “próxima a caducar”. Por si fuera poco, la presencia de óxido en las vigas y algunas que otra deformaciones en las columnas. Ni hablar del crujido espantoso de la puerta.

-¡Una porquería!

Si, lo sé…

-¡Señora! ¡Señora!

Escuché una voz suave, melodiosa, aterciopelada, que transmitía confianza y cercanía. Este no era otro que el Señor Moyano.

Me anunció que el abuelo esperaba en la mesa.

Asentí con la cabeza, fui corriendo al baño, me lave el rostro rápido y baje las escaleras.

Me da vergüenza admitirlo, pero moría de hambre. El señor Moyano sirvió la cena en aquella enorme mesa repleta de comida.

¿Cuando fue la última vez que comí?

No lo sé… cerré los ojos, tratando de rebobinar mi memoria.

¿Qué importa eso?

Con tanta hambre, olvide que estaba en una casa ajena.

Empecé por la rebanadas de pan.

El Señor Thomas Olvera sonrió y pidió que me sirvieran otra porción.

-Están buenas -agregó.

Tiene suerte que no haya acabado con la mesa, pensé en silencio.

-Si -respondí en voz baja.

Estaba nerviosa, quería mantener a raya mis emociones.

Después de la cena, pasamos a la sala de estar.

Esta era amplia y con una iluminación perfecta. Un enorme ventanal se extendía a lo largo de la pared, dejando ver el jardín suavemente.

Pero mis ojos se posaron en el piano de cola que descansaba en una esquina de la sala.

No podía dejarlo de contemplarlo.

Sentí que podía estar una eternidad allí, imaginando mis dedos bailar sobre el teclado… como si aquel instrumento me estuviera llamando en silencio.

Semir se sentó en un sillón, apartado de mí, con la pierna cruzada.

Hablaron largo y tendido sobre el nuevo lanzamiento. El señor Thomas le hizo algunas sugerencias y también mencionó un futuro viaje a Centroamérica, invitándome a acompañarlo. Yo solo sonreí y agradecí.

En cambio, Semir no hizo ningún comentario sobre planes a futuros en los que me incluyera.

Semir se pasó la mano por la sienes y fingió una sonrisa falsa.

El silencio fue sepulcral.

Luego se limitó a ver su reloj.

Semir, estoy orgulloso de ti -dijo el anciano Thomas con una sonrisa cansada-. Yo ya esto demasiado viejo para estos asuntos.

Hizo una breve pausa antes de continuar

-Pienso dedicarme a viajar por el mundo… pero antes de irme, quiero ver un heredero.

Sus ojos se posaron en Semir con intención.

-No te tardes, muchacho

Con esa palabras me sonrojé de inmediato. El anciano se percató de mi incomodidad y, lejos de aliviarla, pareció divertirse con ella.

Así que decido meter aún más presión.

Anunció que se quedaría toda la semana con nosotros… y que quería la habitación más cercana a la principal.

A Semir se le abrieron los ojos como plato.

-Abuelo, escucha… no deberías forzar tu cuerpo. Aún es muy reciente lo de tu cirugía.

-Viajar por el mundo es una buena idea, pero dale unos días más; veamos primero que dice el médico.

-Si quieres quedarte aquí, está bien. Pero debes dormir en tu cama especial y tomar tus medicinas a la hora indicada.

-Además… -añadió con calma -mañana tienes que levantarte temprano para tu sesión de fisioterapia.

El anciano se quedó en silencio durante unos segundos, observándolo con una atención que parecía pesar en la habitación.

-¿Tanto te importo, hijo mío? -preguntó finalmente, con una voz más suave de lo habitual.

-Más de lo que te imaginas, abuelo.

-Entonces… -dijo, enderezándo su postura-, dame un nieto pronto. No quiero morirme sin antes asegurarme de que alguien continuará con el legado de la familia.

Su voz ya no era suave. Era una orden.

-Sí, abuelo -respondió Semir casi en un susurro. Dicho esto… el anciano se marchó.

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