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Just Married
Just Married
Por: Itamar González
Capítulo 1: Recién Casados

-Era un día como cualquiera, en aquella descomunal ciudad.

Los árboles, lucían verdes y frondoso. La gente se movilizaba en vehículos, transporte público, patineta, bicicleta…Claro, y uno que otro a pies.

La vida transcurría sin novedades: el ajetreó del trabajo, los niños en la escuela.

¿Y yo…?

A casarme.

¡Vaya día! -pensé, sintiéndome plena.

Llevaba puesto un vestido color celeste, el mejor harapo de mi clóset. Recuerdo el día que me lo compre, por el valor de cinco libras. Había planeado usarlo en navidad; claro... en esa época no tenía previsto matrimoniarme.

Me dije a mi misma:

-Mi misma, es la mujer más afortunada en toda la tierra.

-El novio puede besar a la novia -articuló el señor juez.

Sus palabras me arrancaron de mi ilusa imaginación.

Semir frunció el ceño, con fuerzas, como si su cuerpo adquiriera una enfermedad terminal. Su lenguaje corporal, lo delataban a kilómetros de distancia.

No hubo un gesto, una mirada de complicidad. Mucho menos un beso migajero.

La atmósfera se tornó espesa, como la niebla. Pensé en cavar mi propia sepultura.

Nadie sabía, pero amaba a este hombre en silencio desde hace tres años.

El Patriarca de la Familia Olvera, apoyándose en el bordón, mudó unos pasos con dificultad hacia nosotros, dedicándome una mirada dulce y amable.

Me sonrojé.

Semir bajo la mirada, frunciendo el entrecejo, con impaciencia, como si temiera lo inimaginable... algo que ni en sueños habría esperado.

El anciano metió su arrugada mano en el bolsillo y sacó una cajita roja.

-Este anillo ha pertenecido a la familia Olvera por generaciones -dijo efusivamente-. Tu abuela fue la última que lo usó. Ahora… te pertenece, hija.

No logré ni emitir un sonido, como si tuviera una tonelada de algodón alojada en la garganta. Aquel anciano me producía una sensación indescriptible. Y él lo sabía; podría decir que el sentimiento era mutuo.

-Y bien… ¿no vas abrazar a tu abuelo? -susurró el anciano, extendiendo su brazos.

Corrí hacia los brazo de aquel anciano. Él me abrazó con fuerza.

-Bienvenida a la familia, hija mía.

Semir, que parecía una estatua, arqueó una ceja. ¿Ironía?

Quizá.

Después de todo, aquel anticuado viejo, con su cabello muy claro y su barba plateada, era todo lo que tenía en el mundo.

Pero qué equivocada estaba.

En los siguientes minutos, esa impresión desapareció como nubes viajeras.

El anciano se dirigió a su nieto con una actitud brusca.

-¡Quiero nietos, Semir! -dijo con un tono de voz escalofriante y dominante.

Me quedé en silencio, con el corazón desbocado. Dicho esto, el anciano, Thomas Olvera, se marchó. Logré contener la respiración, avergonzada.

Semir me miró con una tonelada de desdén. Fue como caer de las nubes… como sapo en el desierto. Me quede inmóvil, como estiércol abandonado en el corral, limitándome a existir.

Sin emitir sonido, salió despavorido de la oficina.

Al fin, logré respirar sin restricciones.

Luego de ventilar adecuadamente mis pobres pulmones, arreglé mi melena y abandoné la Oficina de Asuntos Civiles. Me encamine hacia la estación para tomar el metro.

Entonces, un Rolls Royce, color oscuro se detuvo a escaso metro de mí.

Sostuve cuidadosamente el certificado de matrimonio, como si temiera que alguien me lo arrebatara.

Un hombre vestido de smoking bajo del vehículo. Era el asistente de Semir Olvera.

Retrocedí dos pasos, nerviosa.

-El Señor Olvera la espera -dijo con cortesía.

Me negué descaradamente. No estaba dispuesta a compartir el mismo vehículo con ese gorgojo. Lewin, me comentó que el Señor Thomas se encontraba a escasos metros.

No tenía opciones.

Con resignación, acepte.

Lewin abrió la puerta del coche, con amabilidad. Semir no articuló ni media palabra.

La silueta del Rolls Royce desapareció entre la multitud de carros.

No tengo ni las más mínima idea cuanto tiempo tardamos en llegar, pero estoy segura que todo sucedió al paso de un caracol.

Por a solicitud patriarca de la familia, debíamos pasar la noche lejos de la ciudad, en Mar - López, propiedad de la familia Olvera.

Un lugar bonito. Discreto

Adecuado para solicitar el pedido del abuelo.

Solo de pensarlo me producía náuseas.

No era una niña… claro. Pero carecía de experiencia.

El viento soplaba con fuerzas y las palmeras se balanceaban. Di unos paso vacilantes en el césped.

Me percaté que estábamos completamente solos.

¡Recién Casada…!

No.

Eso me revolvía las tripas.

Sosteniendo el aliento, continúe avanzando despacio.

Había flores rojas por todas partes. La luz de la velas románticas proyectaba un baile con anticipación. Un camino de pétalos de rosa conducía a una cama cubierta con tela transparente.

En una bandeja reposaban champán, chocolate y trufas.

Sabia que la hora cero había llegado, más temprano que tarde.

Estaba nerviosa… pero mentiría si dijera que no estaba feliz.

Todo era perfecto

Seguramente, pronto nos visitaría la cigüeña.

El sonido de la puerta me hizo contener la respiración.

Era él.

Llevaba la camisa arremangada y tres botones desabrochados, dejando a la vista su pecho varonil.

Se detuvo.

Apreté los puños, nerviosa.

Y se marchó.

Esa noche no hubo magia.

Ni baile.

Ni vino.

Mi marido, ni siquiera me miró.

A la mañana siguiente me levante tempranito, antes que el sol, incluso que los pájaros.

Anhelaba regresar a Moon city lo antes posible. Había tenido una pésima noche en un sillón.

Vaya -pensé -qué gran luna de miel.

Mientras me bañaba con agua fría, la puerta se abrió de golpe.

Un hombre ingresó al baño sin ropa.

Me tomó por la cintura con tanta fuerzas que no me dio tiempo de reaccionar. En un suspiro estaba atrapada en un muro de músculo.

Sin mediar palabra, beso mis temblorosos labios con desesperación.

Mientras su largas manos se paseaban por mi espalda esbelta.

El agua recorría nuestros cuerpos desabrigados. Podía sentir su pecho en mi pecho.

En ese momento, mi corazón latió fuerte y mi respiración aumentó significativamente.

No pensé en nada.

No me rehusé.

Simplemente… me deje llevar.

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