Mundo ficciónIniciar sesión-Me levanté antes que el sol, antes que el mundo decidiera empezar. La casa aún dormía y el silencio tenía un peso casi incalculable. Llevaba semanas repitiendo la misma rutina doméstica: lavar, planchar, cocinar, trapear. No la despreciaba; al contrario, la asumía con disciplina. Pero había algo en esa repetición que comenzaba a vaciarme por dentro, como si cada día fuera una copia exacta del anterior.
¡Que pesadilla! Preparé el desayuno con movimientos precisos, mecánicos. El patrón, bueno, mi marido, no debía despertar aún. Luego me duché y me vestí con una prisa que no sabía explicar. Regresé a la habitación. Mi marido seguía dormido, ajeno al mundo, con esa quietud casi insolente. Me detuve a mirarlo. Sus facciones eran perfectas en la penumbra, como una escultura tallada con paciencia. La respiración lenta, profunda, marcaba el ritmo del cuarto. Su pecho velludo subía y bajaba con una cadencia hipnótica. Me acerqué más de lo necesario. La luz tenue rozaba su piel firme, tersa, impecable. Había algo cruel en tanta perfección dormida. Algo que me provocaba ternura… y algo más peligroso. -Rayos… —susurré para mí. No era sensato contemplarlo así. No era sensato permitir que mis pensamientos se deslizaran por caminos tan imprudentes. Pero allí estaba, a escaso centímetro y a kilómetros de a la vez. Lo miré otra vez y un escalofrío recorrió mi columna vertebral y, con él, despertaron deseo oscuros que preferí no nombrar. No por que era malo, pero no eran pensamientos inocentes ni delicados; eran intensos, densos, como una sombra extendiéndose por mi interior. Me aparte apenas, como si la distancia pudiera devolverme la compostura. Trague saliva. No era propio de mi sentir con esa fuerza. Siempre he sido prudente, medida, correcta. Pero allí, frente a él, tan indefenso en su profundo sueño, la cordura parecía resbalar como agua entre los dedos. Tome mi cartera y salí de ahí antes que mis deseo se echaran a andar. Evidentemente, necesitaba distancia, por lo menos el resto del día. Me esforcé para no ver atrás, no por lo menos hasta que salí de la residencia. Al llegar a la empresa, el edificio era enorme, quizá veinte pisos o más. Se alzaba imponente a mi, con ventanales de vidrio reformado el cielo. A decir verdad, tenía algo magnético casi seductor. Era, sin duda, una fantasía más atractiva que permanecer en casa, conversando con la lavadora, la estufa y los sartenes. Me di una bofetada mental al recordar que debía dirigirme directamente al baño para retocar el maquillaje. Con el ajetreo de la mañana había olvidado completamente mi figura. Caminé por los pasillos en busca de un baño con urgencia que no era solo física, si no también emoción. Al llegar al baño, confirme mi sospecha: un mechón rubio se había escapado de su lugar. Me retoqué con cuidado, acomode el cabello y repase mi presentación por última vez. Al salir del baño, subí hasta el piso dieciséis. Entregué mis documentos a una señorita de unos veintitantos años, que me recibió con una amabilidad impresionante. Su sonrisa no era forzada; parecía genuinamente interesada en cada persona. Espere mi turno junto a otras jóvenes, todas impecables, claro. La entrevista se llevó a cabo con tal calma que me sorprendió. No hubo interrogatorios agresivos ni miradas inquisitivas. Me esforcé por contestar sin máscaras, ni recité respuestas prefabricadas. -¿Quien es tu escritor favorito? -Preguntó sonriente. La pregunta me tomó por sorpresa. ¡A quién se le ocurre eso! Sonreí y conteste casi automático. Él no reaccionó. Se levantó y caminó hacia a la ventana. Los segundos avanzaban con una cruel lentitud, que sentí miedo. Entonces, sin preámbulos, el murmuró casi en en silencio. -El puesto es tuyo. Asentí con una mezcla de incredulidad que todavía no sé describir. Me empeñé por mantener la compostura; sus palabras aún resonaban en mi cabeza con una intensidad difícil de ignorar. Él pareció percatarse de la situación, así que me explico que llevaban semanas en la búsqueda dela persona adecuada para ocupar el puesto. Pensé en esa pobres chicas que seguramente seguían a la espera de una llamada. Sentí una punzada de pena por ellas. -Señorita Fer… La voz del joven irrumpió en mi profundos pensamientos. -Lo siento -murmuré, avergonzada, limitándome a contener la respiración. -Si le parece, señorita Fer, podemos preceder con la firma de los documentos -agregó, sin mostrarle importancia a mis pobres nervios. Firmamos los papeles en silencio, con una formalidad casi solemne. En ese momento el timbre del teléfono de la oficina sonó. -Si, dime… Hizo una pausa. -Ok, voy en seguida. -Señorita Fer, ¿me disculpas un momento, por favor? Ahora vuelvo. Asentí con una sonrisa que apenas logré sostener. La puerta se cerró. Mi corazón latió fuerte, al imaginarme posibles escenarios. ¿Y si cambian de opinión? ¿Y si solo fui una más? ¿Y si me ilusione como las otras chicas? Mi móvil vibró en mi bolso con una insistencia que me tensó de inmediato. En el identificador aparecía mi marido. Un mensaje: -¿Donde estas? -El desayuno estaba frío y el café parecía agua de calcetín. -Por cierto, las plantas del jardín están triste. Introduje mi móvil en la cartera y respiré profundo, obligándome a no caer en la tentación de responder. Cálmate… cálmate, -me repetí en silencio. Ahora todo lo que importaba era que iba a trabajar, que había firmado un contrato importante. ¿Qué más podría ser más importante en el mundo? En ese instante, la puerta se abrió y me saco de mi meditación. -Bien -dijo una voz firme, con autoridad natural-,¿En donde está esa brillante señorita? Esa voz se me hacia familiar, pero no me giré. No quería parecer maleducada, no quería muestra nerviosísimos. Mantuve la postura recta, apreté con fuerza mi carpeta. -Te presento a nuestra nueva diseñadora, la señorita Elizabeth Conn Fer Lands diseñadora oficial de Grupo Olvera. Me di la vuelta y entendí la mano para saludarlo. Nuestro ojos se encontraron, por un segundo el tiempo se quebró, pero el él reaccionó a tiempo. -Semir Olvera, respondió casi automático. Me burlé en silencio, sabía que mentía. Su verdadero nombre es Semir Emilio Olvera sarrafoglus.






