Mundo ficciónIniciar sesiónUn Matrimonio de Mentira, Pero ¿Qué Tal un Beso?” Un matrimonio por contrato, una amenaza que pone en jaque a dos poderosas familias y secretos que podrían destruirlo todo. Lylah Min y Daylon Pohl son polos opuestos obligados a fingir ser esposos para salvar sus empresas, pero lo que comienza como una mentira se complica cuando el amor entra en juego. Entre intrigas, traiciones y un vínculo que nunca esperaron, deberán decidir: ¿el final de su acuerdo será también el de sus corazones? Pero mientras oscuros secretos salen a la luz y las traiciones se acumulan, lo que empezó como una farsa comienza a sentirse demasiado real. Entre risas, lágrimas y corazones divididos, deberán decidir si el amor puede florecer incluso en medio de la mentira.
Leer másCuando era niña, odiaba la sensación de estar sola.Aún no tengo claro en qué momento mi madre se volvió más obsesiva con controlarme, pero recuerdo que, con los años, mi abuela terminó siendo mi madre en todos los sentidos.Ella me contaba cuentos antes de dormir, me arropaba con cuidado, cocinábamos galletas juntas, veíamos películas antiguas, salíamos a explorar los viñedos. Yo aprendía de ella.Me cuidaba con una entrega tan natural que, sin darme cuenta, sembró en mí el instinto de querer proteger así algún día a alguien más.Francis Hetel de Min.El nombre que cambió mi vida desde muy pequeña.¿Era posible extrañar tanto a alguien?La muerte comenzó a aferrarse a mí desde la suya. Verla enfermar fue presenciar cómo el tiempo le robaba pedazos. Adelgazaba cada día, su cuerpo cambiaba, su voz se apagaba un poco más. Siempre había algo distinto. Siempre algo peor.Entonces los roles se invirtieron.Yo le contaba los cuentos.Yo la arropaba.Yo cocinaba para ella.Yo salía a recorre
El sonido de los cubiertos era tan pausado que parecía una melodía contenida, tensa, como si cualquier nota fuera capaz de romper el equilibrio del salón. A mi lado, Daylon sostenía un whisky helado; no necesitaba mirarlo para saberlo. El aroma intenso del alcohol me envolvía, pesado, como una advertencia silenciosa. Su semblante estaba rígido, controlado al extremo, como si toda su energía se concentrara en no estallar frente a las miradas sutiles —y no tan discretas— de quienes nos rodeaban. Al menos veinte guardaespaldas se encontraban estratégicamente distribuidos alrededor del comedor: un salón enorme dominado por tonos beige y café suave, acentuados por destellos dorados que brillaban en cada detalle decorativo. El personal de cocina observaba atento, alerta a cada gesto, como si esperaran una orden… o una explosión. En la cabecera de la mesa estaba Richard Pohl, el padre de Daylon, con el celular en la mano y una sonrisa ensayada, intermitente, que desaparecía cada vez que la
Me encontraba esperando a que el mensaje de “el auto está listo” llegara a mi celular. La cena con los Pohl sería un caos, seguro. Tan solo en un año había asistido a cinco cenas idénticas, cada una una copia exacta de la anterior.Los Pohl no eran una familia unida, pero sí expertos en fingir. Siempre tenían algo característico que, al final, resultaba falso, y eso me hacía entender la forma en que Daylon sobrellevaba todo siendo el mayor de los nietos.Aun así, había algo que sin duda los diferenciaba de mi familia: el cariño desinteresado. Se sentía familiar, cómodo… real.Estaba completamente molesta, ofendida.Daylon prácticamente me estaba evitando. Desde la junta hasta el último minuto en la empresa, se encerró en su cueva llamada oficina, y Ailee solo entró una vez para después anunciar, con voz tranquila:—El CEO no recibirá a nadie hoy.Pasé toda la tarde intentando entender aquella “feria de carreras de autos”. Después de los comentarios en la junta, esto tenía que funciona
Quizá lo que sentía no era solo deseo. Tampoco podía llamarlo simplemente amor.Era un abismo incómodo, ese punto exacto entre quiero correr y quiero quedarme. En su regazo perdí el control; entregué una parte de mí que juré mantener bajo llave… y, para mi propia sorpresa, no me arrepentía.Tal vez el amor no se trataba de ternura ni de certezas, sino de esta lucha absurda entre miedo y entrega, entre razón y delirio. Frente al espejo, con esa sonrisa boba, casi indecente tatuada en mi rostro, lo acepté: lo que había nacido entre nosotros no pensaba callarse. Incluso si yo lo intentaba.—Entonces… —Mía suspiró por enésima vez, arrancándome de mis pensamientos. Su pijama estaba alborotada; había salido corriendo cuando le envié el mensaje de alerta.—Solo pasó eso —repetí, mordiéndome una uña, esperando no contradecirme.—¿Hablaron? —preguntó, todavía aturdida.—Mía, muero de la vergüenza —confesé, sin ningún intento de disimulo.—Lylah, fue solo un… —se detuvo, midiendo sus palabras—
Salí directo hacia mi auto, resignada. Sabía perfectamente que ya había decidido por mí: asiento de copiloto, sin discusión.Me dejé caer con un bufido exagerado. Quería adrenalina, pero lo único que me estaba dando era migraña emocional: Félix, mi madre, y ahora Daylon con esa actitud posesiva que me sacaba de quicio… y al mismo tiempo me tenía pensando demasiado.Desde la ventana abierta lo observé junto a Félix afuera de la tienda. Ambos encendieron un cigarrillo. Daylon lo fumaba lento, casi provocador, mientras conversaban en voz baja.Me sorprendí a mí misma observándolo. Su atuendo siempre impecable, el cabello desordenado de la manera justa, ese reloj de confianza que parecía un detalle mínimo y, aun así, lo hacía parecer intocable.Suspiré. Ojalá no fuera tan frío conmigo. Pero tampoco quería caer más de la cuenta. Solo era un gusto… nada más.La escena era absurda: dos hombres atractivos fumando bajo la luz tenue de la gasolinera, con sonrisas de lado, como si fueran enemigo
Llegué a la clínica de psiquiatría, perdida entre árboles y caminos que parecían eternos. Más que una clínica, parecía un refugio olvidado, un lugar donde el tiempo se detenía. El aire estaba cargado de un silencio extraño, y no podía comprender cómo los médicos podían existir aislados del mundo. En la puerta, me encontré con Félix. Ambos respirábamos con dificultad, las manos temblorosas, los ojos buscando fuerza en el otro. Mi corazón latía tan rápido que temía que me fuera a explotar el pecho. Todo se derrumbó cuando pasamos el primer filtro. Una enfermera nos recibió en la recepción: clara, amable, eficiente. Pedía los nombres del paciente con una calma que contrastaba con nuestro caos interior. Félix tomó la iniciativa, su voz apenas un hilo de seguridad: —Alice… Yu —dijo, tragándose el nudo que le apretaba la garganta. —Caso especial —murmuró la enfermera para sí misma, mientras sus dedos tecleaban con rapidez. Nos miramos, conteniendo la tensión y el miedo, como si el
Último capítulo