Quizá lo que sentía no era solo deseo. Tampoco podía llamarlo simplemente amor.
Era un abismo incómodo, ese punto exacto entre quiero correr y quiero quedarme. En su regazo perdí el control; entregué una parte de mí que juré mantener bajo llave… y, para mi propia sorpresa, no me arrepentía.
Tal vez el amor no se trataba de ternura ni de certezas, sino de esta lucha absurda entre miedo y entrega, entre razón y delirio. Frente al espejo, con esa sonrisa boba, casi indecente tatuada en mi rostro,