Mundo ficciónIniciar sesiónEl cuchillo rozó su garganta justo cuando el carruaje frenó en seco. Aria Valdés solo quería sobrevivir. Escapar de los traficantes que la compraron como mercancía. Desaparecer antes de que Viktor, el hombre de la cicatriz en el cuello, la encontrara. Pero el destino tenía otros planes cuando un anuncio en la plaza cambió todo: el Príncipe Cassian de Elaria busca esposa, y cualquier mujer puede ser candidata. Una oportunidad perfecta para esconderse. O eso creyó. Dentro del Palacio Real, Aria descubre que hay peligros peores que las cadenas. Candidatas que desaparecen en la noche. Un comandante de ojos grises que puede ver a través de sus mentiras. Un príncipe que escala su balcón buscando algo real en un mundo de falsedades. Y mensajes escritos con sangre que susurran: "La próxima será la impostora". Porque Aria Valdés no existe. Su verdadero nombre es un secreto que podría destruir reinos. Su pasado, una tragedia que todos creen enterrada. Y su hermana, a quien lloró como muerta, ahora es rehén del hombre que juró destruirla. Entre un príncipe que podría amarla y un comandante que podría condenarla, Aria debe elegir: revelar quién es realmente y perderlo todo, o mantener su mentira y ver morir a quien más ama. En el reino de Elaria, las coronas no se ganan con sangre real. Se conquistan con sangre derramada.
Leer másLa primera grieta apareció en el cielo del amanecer como una herida abierta en la carne del mundo.Aria la sintió antes de verla. El cristal bajo su piel pulsó con un dolor agudo, casi eléctrico, que la hizo jadear y llevarse una mano al pecho. A su alrededor, los supervivientes del ataque de Viktor apenas comenzaban a reagruparse entre los escombros del palacio, pero ella ya estaba corriendo hacia las escaleras que conducían a la torre más alta.—¡Aria! —La voz de Cassian resonó detrás de ella, pero no se detuvo.No podía detenerse. El vínculo con el núcleo de Valdoria tiraba de ella como un anzuelo hundido en su esternón, arrastrándola hacia algo terrible que estaba a punto de suceder.Cuando llegó a la cima de la torre, el mundo se había transformado. La grieta que había visto desde abajo no era una sola fisura, sino docenas de ellas, rasgando el cielo en todas direcciones como si dedos invisibles estuvieran desgarrando un velo. A través de las abertur
El amanecer llegó con el color equivocado.Aria lo supo antes de abrir los ojos, antes de que la luz tocara su rostro a través de las ventanas de cristal de la cámara del núcleo. Lo supo por el silencio. No el silencio de la paz, sino el silencio de algo muriendo lentamente, conteniendo el aliento final antes de rendirse a la oscuridad.Se incorporó con esfuerzo. Cada músculo de su cuerpo protestaba, recordatorio viviente de la batalla de la noche anterior, de la fusión con el núcleo que había dejado marcas plateadas serpenteando bajo su piel como cicatrices luminosas. El cristal en su brazo pulsaba débilmente, fuera de sincronía con su corazón. Una disonancia que le provocaba náuseas.Emberwing dormía a su lado, sus escamas doradas opacas, sin brillo. El dragón respiraba, pero cada exhalación sonaba como metal raspando piedra. Stormclaw y Nightshade y
El aire en la cámara del núcleo había adquirido una densidad sofocante, como si la realidad misma se hubiera vuelto más espesa, más difícil de atravesar. Aria respiraba con esfuerzo, cada inhalación una batalla contra la presión invisible que aplastaba sus pulmones. El cristal bajo su piel pulsaba con un ritmo frenético, descompasado, como si su cuerpo luchara contra sí mismo.Emberwing permanecía inmóvil frente a ella, sus escamas doradas proyectando patrones cambiantes en las paredes de piedra ancestral. El dragón había crecido desde su nacimiento, ahora del tamaño de un caballo de guerra, pero su presencia llenaba la cámara como si fuera diez veces mayor. El poder emanaba de él en oleadas tangibles, haciendo vibrar el aire con frecuencias que Aria sentía en sus huesos.—Hay una forma de cerrar la brecha —dijo Aria, su voz quebr&aa
La primera señal fue el silencio.No el silencio natural de la noche cayendo sobre Elaria, sino algo más profundo, más antinatural. Los pájaros dejaron de cantar. Los insectos cesaron su zumbido. Incluso el viento pareció contener el aliento, como si el mundo mismo se preparara para algo terrible.Aria lo sintió primero en el cristal bajo su piel. Un pulso errático, desincronizado, como un corazón que olvida cómo latir. Se encontraba en la Torre del Consejo cuando sucedió, revisando mapas de defensa con Cassian y tres generales cuyas caras se habían vuelto borrosas por el cansancio. La guerra contra Viktor había durado seis meses. Seis meses de escaramuzas, emboscadas, aldeas quemadas. Pero nada de esto, ninguna de las batallas previas, había preparado a Elaria para lo que estaba por venir.—¿Aria? —La voz de Cassian cortó sus pensamientos. &Eacut
Último capítulo