Después de aquel prometedor suceso, dejé de actuar como si fuera Miss Universo saludando a todos. Cuando las preguntas incómodas cesaron, escapé hacia el jardín. Allí, mesas redondas, pequeñas pero altas, salpicaban el espacio. Me llegaban justo a la altura adecuada para apoyar los brazos. En el centro de cada mesa había un arreglo floral de rosas, y desde mi lugar podía admirar la enorme casa beige de tres pisos, que se erguía como un laberinto donde sería fácil perderse entre tantas habitacio