El sonido de los cubiertos era tan pausado que parecía una melodía contenida, tensa, como si cualquier nota fuera capaz de romper el equilibrio del salón. A mi lado, Daylon sostenía un whisky helado; no necesitaba mirarlo para saberlo. El aroma intenso del alcohol me envolvía, pesado, como una advertencia silenciosa.
Su semblante estaba rígido, controlado al extremo, como si toda su energía se concentrara en no estallar frente a las miradas sutiles —y no tan discretas— de quienes nos rodeaban.