Mundo ficciónIniciar sesiónElla era la favorita del grupo, la popular, la que se dirigía al estrellato, pero cuando llegó a la adultes todo cambió y nada salió como lo esperaba, se oculto de todos y tiempo después da la cara, pero con miedo a ser juzgada y sale pero con su máscara junto a un aliado inesperado, pero llegará un momento donde esa marcara se resquebrajara y terminara mostrando su verdadero yo.
Leer másYa era pasado las once de la noche, la oficina estaba casi desolada, ya la mayoría de los empleados se fueron, solo los de horas extras daban vueltas en la fría oficina.
El café ya estaba frío y el ambiente se sentía más pesado que de costumbre. Elena miró su reflejo en la pantalla apagada del monitor: el maquillaje empezaba a verse cansado, al igual que sus ánimos. Había pasado mucho tiempo fingiendo que su vida era una línea ascendente de éxitos, cuando la realidad era que los platos se le acumulaban en el fregadero y su autoestima intentaba sobrevivir a duras penas. La reunión de exalumnos era en dos días. Su "pareja/ mejor amigo" le acababa de enviar un mensaje cancelando con una excusa barata. Estaba acorralada y desesperada. Sus ojos se desviaron hacia el escritorio de al lado y una idea loca cruzo por su mente. Julián estaba ahí como siempre, ordenando sus documentos con una precisión casi quirúrgica. Tenía esa forma de vestir impecable —siempre con camisas bien planchadas— que le daba un aire de superioridad que a ella solía irritarle. Pero, a diferencia de otros, Julián no hablaba de más, se mantenía en silencio, pero si observaba, y daba ese aire de saber de más. Elena estaba segura de que él había notado que ella siempre evitaba hablar de su vida personal durante los almuerzos. Se levantó, sintiendo un nudo en el estómago, y caminó hacia él, seria lo más audaz que haría esta noche, sería su pedida Auxio. —Julián —dijo ella, con voz firme pero tensa —Necesito un favor, Algo… bastante grande. Él dejó de escribir, pero no levantó la vista de inmediato. Se tomó un par de segundos, como si estuviera analizando el peso de las palabras de ella antes de responder. Cuando finalmente la miró, sus ojos oscuros tenían esa chispa de sarcasmo que siempre reservaba para ella. —¿Un favor grande? —su voz era grave y pausada, bien articulada —Por lo general, los favores grandes suelen traer consigo una dosis considerable de problemas. Y, si mi memoria no me falla, los problemas son lo último que necesitas ahora mismo. Ella apretó los puños contenido su filosa lengua, aún debia de guardar compostura, porque él podría ser su última opción, respiro hondo y siguió hablando. —Necesito que seas mi pareja en una reunión este viernes. Solo por unas horas. Necesito que alguien que sepa mantener la compostura y que no parezca que está fuera de lugar… me acompañe. Y tú eres el único que encaja en la descripción. Julián se echó hacia atrás en su silla, dejando escapar una risa corta y seca. Se quedó en silencio, observándola con una intensidad que hizo que Elena se sintiera expuesta, como si él pudiera ver a través de su fachada de éxito hasta llegar al caos real. —¿Así que quieres que sea tu accesorio de lujo para impresionar a gente que, estoy casi seguro, ni siquiera te agrada? —dejó un silencio calculado, saboreando el momento —Qué oferta tan tentadora, casi me conmueve tu desesperación. Se hizo un silencio, de por sí ya el sitio ya se encontraba en un silencio que ahogaba.El lunes por la mañana, un año después de haber cerrado la computadora en su antiguo departamento, Elena se detuvo frente al ventanal del piso catorce de la sede central. La vista de la ciudad ya no le resultaba ajena. El invierno había quedado atrás, y la luz de la primavera iluminaba su nueva oficina. Sobre el escritorio de madera oscura, un cartel de acrílico brillaba con su nombre y su nuevo título: Gerente General de Ventas. El traslado a la sede central no había sido fácil. La mudanza implicó desarmar cajas, cambiar de código postal y aprender a respirar en un entorno desconocido. Al principio, el miedo a que el pasado la persiguiera la asaltaba en cada reunión, pero su arduo trabajo, sus horas extra, y su nuevo ascenso a Ventas, le demostraron que su capacidad nunca había sido el problema. El problema era el lugar de donde venía. En doce meses, Elena no solo había duplicado los objetivos de la firma; había reconstruido su seguridad desde los cimientos. El Director General, u
La carta de Julián permaneció sobre la mesa de café durante todo el fin de semana, transformándose en un objeto con gravedad propia. Elena la miraba de reojo mientras caminaba por el departamento, como si el papel fuera un artefacto delicado que pudiera estallar si se lo tocaba con demasiada brusquedad. Las palabras seguían flotando en su mente: Tu puesto está asegurado... Me trasladaré a las oficinas centrales... No te molestare. El alivio que tanto había ansiado durante meses de hostigamiento llegó de golpe, pero no se sintió como una victoria. Se sintió, más bien, como el silencio que queda en un campo de batalla después de que los cañones se han apagado. La justicia de Julián era impecable y quirúrgica, pero los restos del veneno todavía corrían por los pasillos de esa sucursal. Elena lo entendió con una claridad apabullante el domingo por la noche: no quería volver a poner un pie en ese edificio. No importaba que Martina ya no estuviera, ni que el ambiente ahora prometier
Los primeros dias de licencia transcurrió en una nebulosa de silencios y rutinas lentas. Para Elena, apagar el teléfono fue el acto de rebeldía más difícil y, a la vez el más liberador de toda su carrera. Los primeros dos días, su cuerpo experimentó una especie de síndrome de abstinencia digital: estiraba la mano hacia la mesa de luz buscando alertas que ya no existían, temiendo la represalia de Martina por un correo no respondido, Aunque ahora ella no esta. Sin embargo, al tercer día, el silencio dejó de ser amenazante y se convirtió en su refugio. Dedicó las mañanas a tomar té en el balcón, dejando que el sol del invierno le calentara la cara, y las tardes a caminar por el parque del barrio, lejos del cemento y los trajes grises. Físicamente, el cansancio acumulado empezó a salir a la superficie en forma de horas de sueño profundo, pero mentalmente, la herida seguía abierta. La desilusión con Julián era un peso sordo. Extrañaba al compañero que la escuchaba, pero no podía perdon
El amanecer se filtró por las persianas metálicas de la habitación, tiñendo el suelo de un gris frío y desapasionado. Elena permanecía inmóvil en la camilla, con la mirada fija en el goteo pausado del suero. La presencia de Julián, que se había quedado dormido en el sillón contiguo con el rostro desencajado y la chaqueta del traje colgada en el respaldo, le resultaba a la vez un bálsamo y una condena. Ya no había espacio para la furia ciega que la había consumido antes. El desmayo había actuado como un interruptor, apagando el ruido exterior para dejar únicamente un vacío enorme, una desilusión tan densa que casi podía palparla. Sentía que el Julián con el que había compartido confidencias, el hombre que la había contenido en los momentos difíciles, era un fantasma. El que estaba allí, a pocos metros, era un estratega capaz de camuflarse entre las víboras para cumplir sus propios objetivos. Julián se removió en el asiento. Al abrir los ojos, su mirada buscó desesperadamente la d





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