El amanecer se filtró por las persianas metálicas de la habitación, tiñendo el suelo de un gris frío y desapasionado. Elena permanecía inmóvil en la camilla, con la mirada fija en el goteo pausado del suero. La presencia de Julián, que se había quedado dormido en el sillón contiguo con el rostro desencajado y la chaqueta del traje colgada en el respaldo, le resultaba a la vez un bálsamo y una condena.
Ya no había espacio para la furia ciega que la había consumido antes. El desmayo había act