El reloj de la oficina marcaba las once y media de la mañana. Elena tecleaba en su computadora, pero sus ojos se desviaban cada dos minutos hacia la esquina inferior de la pantalla, donde los dígitos avanzaban implacables hacia el mediodía.
A unos metros de ella, Julián estaba sumergido en unos informes. Elena lo observó de reojo. Seguía siendo un enigma viviente, un simple compañero de pasillo que, sin embargo anoche se había movido como un rey en un tablero de ajedrez. Sintió una punzada de