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capítulo 6 : fiesta y advertencia

La atmósfera era perfecta, Julián se movía entre la gente con una elegancia que dejaba a todos intimidados, y Elena al ver cómo él sostenía su copa y le lanzaba miradas calculadas, empezó a disfrutar del papel que le tocaba interpretar. Se sentía, por primera vez en años, invencible.

​Sin embargo, en una esquina de la sala, cerca de la barra, una figura permanecía inmóvil, observándola con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Era Lucía, alguien que durante años había sido su sombra en el instituto, Lucía no era de las que gritaban o confrontaban; ella prefería el goteo constante del veneno sutil.

​Julián se había alejado apenas un momento para buscar un par de copas nuevas, dejando a Elena sola frente a la fuente de champán. Fue entonces cuando Lucía se acercó, caminando con la parsimonia de un depredador, dispuesta a tener su revancha.

​—Elena, Qué sorpresa —dijo Lucía, escaneándola con una mirada que parecía buscar un hilo suelto en su vestido —Te ves... diferente, Menos "estresada" que la última vez que supe de ti. ¿Era cierto aquello de la bancarrota familiar, o fue solo un rumor malintencionado de alguien celoso de tu éxito?

​Elena sintió que el aire se volvía denso. La pregunta fue lanzada al aire como un dardo, directa al corazón de su inseguridad. Pero, antes de que pudiera tartamudear una disculpa, Lucía continuó:

​—Y Julián... un hombre impresionante, de verdad. Aunque me sorprende. He visto a hombres de su círculo social, y suelen ser mucho más... ¿cómo decirlo? ¿Estrechos de mente? Me cuesta creer que alguien de su nivel aceptara una relación con alguien que, bueno, tuvo que desaparecer del mapa por tantos años, por miedo a ser humillada por su presente tan lamentable.

​Lucía dejó escapar una risita aguda y se acercó más, bajando la voz.

​—Debes ser una actriz maravillosa, Elena. Si te sirve de consejo, asegúrate de que él nunca encuentre el viejo archivo de los periódicos locales de cuando tu padre perdió la empresa. Sería una lástima que su "éxito" se desmoronara por un pequeño detalle del pasado, ¿no crees?

​Elena sintió que el suelo se movía, Su rostro se mantuvo impasible por puro entrenamiento, pero por dentro estaba colapsando. Lucía no quería desenmascararla frente a todos —eso sería demasiado vulgar— lo que quería era que Elena supiera que ella tenía el poder de destruirla cuando quisiera, sabia todo de ella.

​En ese momento, sintió una presencia cálida a sus espaldas, Julián había regresado. Al ver a Lucía, su expresión cambió a una máscara de cortesía gélida, Notó la rigidez en los hombros de Elena al instante; él siempre observaba, siempre leía el lenguaje corporal y el de Elena podria decirse que sabia mejor que nadie.

​—Elena, cariño —dijo Julián, entregándole la copa y rodeándola por la cintura con una posesividad deliberada —Te he buscado por todas partes. ¿Interrumpo algo importante?

​La mano de Julián en su cintura no era solo un gesto de pareja; era una advertencia. Él había notado la incomodidad de ella.

​—Solo... saludando a una vieja conocida —respondió Elena, tomando aire —Lucía, te presento a Julián.

​Julián se giró hacia Lucía con esa sonrisa suya, la que no llegaba a sus ojos, y un destello peligroso en la mirada.

​—Lucía, es un placer —dijo él con una voz impecablemente educada —Elena me ha contado tanto sobre sus años de escuela que siento que conozco a todos los presentes. Aunque, curiosamente no mencionó que fueras tan... persistente con las preguntas sobre el pasado.

​Lucía dio un paso atrás, eso que dijo golpeó su orgullo, sorprendida por el tono de voz de Julián, que era como una hoja de afeitar envuelta en seda.

​—Solo intercambiábamos anécdotas, Julián —respondió ella, forzando una sonrisa.

​—Qué amable de tu parte —respondió él sin pestañear —Pero Elena ha tenido un día largo y nos encantaría disfrutar de la fiesta. Elena, ¿vamos? Me habias dicho que habia alguien con quien querias que hablara, vamos antes de que se marche.

​Julián se la llevó, alejándola de Lucía antes de que pudiera decir una palabra más. Una vez a una distancia prudente, él no la soltó, La arrastró hasta un pequeño balcón apartado, donde la ciudad brillaba a sus pies.

​—¿Qué te dijo? —preguntó Julián, sin rodeos —No me mientas. He visto cómo se te ha drenado el color de la cara.

​Elena suspiró, sintiendo que la fachada se resquebrajaba.

—Sabe lo de mi familia, Sabe que todo esto es una mentira, Julián Y acaba de decirme que puede hacer que todo explote cuando quiera.

​Julián se quedó en silencio, mirando hacia el horizonte. Por un segundo, ella pensó que él se enfadaría, que le diría que el trato había terminado. Pero, para su sorpresa, él se rio. Fue una risa seca, desprovista de humor, pero extrañamente reconfortante.

​—Vaya —dijo él, volviéndose hacia ella —Entonces esto acaba de ponerse mucho más interesante.

Ya perdio la cuenta, pero otra ves la dejo sin habla, este hombre es impresionante y hasta recién se pudo percatar de eso.

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