Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis Esposos por Conveniencia: Soy la Madre de tú Verdadero Hijo Ofelia Bentancur estaba a punto de casarse cuando descubre la peor traición: su prometido la engañaba con la viuda de su propio hermano. Humillada pero decidida a no caer, toma una decisión impulsiva que cambiará su destino para siempre: casarse antes que él, con un desconocido encontrado por azar. Lissandro Monteiro acepta el trato. Un matrimonio por contrato, sin amor y sin preguntas. Él ofrece respaldo y silencio. Ella, un nombre y una imagen irreprochable. Pero Lissandro oculta una verdad crucial. No le dice por qué ese matrimonio es tan urgente. Ni por qué el tiempo corre en su contra. Cuando Ofelia escucha una conversación que no debía y cree haber sido utilizada solo para darle un heredero, convencida además de que Lissandro tiene una hija con su ex, Amelia, la confianza se rompe. Sintiendo que todo fue una mentira, Ofelia desaparece. Sin saber que la verdad es otra. Porque cuando Lissandro descubre lo ocurrido, ya es demasiado tarde. Ofelia se ha ido. Y lleva en su vientre al verdadero heredero. Un matrimonio nacido de la traición. Un secreto capaz de destruirlo todo. Y una verdad que aún puede cambiar su destino.
Leer másOfelia estaba feliz y no era una felicidad exagerada ni ingenua, sino esa tranquilidad silenciosa que aparece cuando una cree que, por fin, hizo todo bien.
Esa mañana había salido de compras con Natalia Piriz, su amiga inseparable desde que conoció a Luis, su prometido. Natalia se había vuelto parte de su vida sin pedir permiso, casi sin que Ofelia lo notara. Desde la muerte de su esposo, Natalia se había aferrado a ella como a un salvavidas.Cada día Ofelia veía que tenía que ayudarla porque la depresión la estaba apagando. Un infarto fulminante. Así, sin aviso. Una injusticia tan brutal que todavía a Ofelia se le cerraba el pecho cuando la escuchaba hablar de él. Natalia lloraba en su hombro, decía que no quería vivir, que nada tenía sentido sin su marido. Y ella, con esa necesidad casi enfermiza de cuidar a los demás, estuvo ahí con su cuñada. Siempre. La sacaba de la casa cuando no quería levantarse de la cama. La llevaba a tomar café o de compras para despejar su mente de las malas ideas que tenía. La integraba en cada plan.Había dejado a su grupo de amigas por su cuñada Iban juntas a elegir flores, a ver salones para su boda, a hablar de vestidos. Ofelia confiaba en Natalia Piriz como se confía en alguien que ya tocó el fondo y por eso, no puede hacer daño. Esa mañana, frente a la joyería, Ofelia se detuvo en seco. —Ese —dijo, señalando el reloj—. Ese es.Me lo llevo. Natalia la miró con curiosidad. —¿No es el que a Luis le gustaba? Ofelia asintió, sonriendo. —Lo vio una vez y dijo que algún día se lo compraría. Yo me lo prometí en silencio.Hoy es el dia. El reloj era pesado. De marca. Carísimo. Un exceso. Pero valía la pena. Porque era Luis. Porque era el amor de su vida. Porque lo imaginaba usándolo el día de la boda, mirándolo cada tanto, pensando en ella. Ya en el departamento, Natalia la ayudaba a envolver el regalo sobre la mesa. —Te pasaste —dijo, tocando la caja—. Si yo fuera él, no me lo sacaría nunca. Ni para dormir. Ofelia rió, nerviosa, orgullosa. —Debería tener prohibido sacárselo. Capaz le pongo una etiqueta: “Si te lo sacás, te dejo”. Y así lo hizo. —Tal cual —respondió Natalia—. Ese reloj ya es parte de él. Ofelia sostuvo la caja entre las manos. —Quiero que lo use el día de la boda. Natalia levantó una ceja. —Entonces va a poder contar los minutos que le faltan para casarse contigo.Mejor que lo usé desde ya. Ofelia rió.Si mejor. Rió de verdad. —Ojalá los cuente… y no los haga eternos —dijo—. Todavía no pusimos la fecha. Después de lo que pasó con tu esposo, todo se atrasó. Yo lo entiendo. No quiero presionarlo. Solo espero que quiera que llegue pronto. Natalia rió también. Pero fue una risa corta, distinta. —O si, que llegue rápido —agregó—. Hay hombres que se cansan de esperar… y de hacer esperar. Ofelia no escuchó eso. Siguió disfrutando el momento. Nunca escuchaba lo que no encajaba con su felicidad. Desde que Natalia había quedado viuda, Ofelia la incluía en todo. Luis también era atento con ella, cariñoso, protector. —La quiero como a la hermana que nunca tuve —decía él. Ofelia se sentía orgullosa de esa familia que estaba armando. Antes de irse, Natalia tomó el regalo y lo apretó contra su pecho. —¿Querés que se lo lleve yo a la oficina? —preguntó—. Sé que hoy vos trabajás todo el día. Ofelia dudó. —Pensaba ir después del trabajo… y sorprenderlo. Natalia inclinó la cabeza, pensativa. —Mirá… yo justo paso por ahí. Se lo dejo en su escritorio, le digo que se lo ponga. Que cuente los minutos hasta que vuelva a ver al amor de su vida —sonrió—. Y cuando vos llegás, ya lo tiene puesto. Ofelia sonrió, enternecida. —Me encanta la idea. Natalia la miró a los ojos. —¿Seguro que vas a ir después de trabajar? —Sí —respondió Ofelia—. Directo desde el atelier. —Perfecto —dijo Natalia—. Entonces hacemos eso. Cuando Natalia se fue, Ofelia se quedó sentada en el borde del sofá. Miró el celular. Ningún mensaje de Luis desde la mañana. Pensó en escribirle o en llamarlo. Pero no esperó para verlo cuando saliera de su trabajo. Pero algo en el pecho le pedía verlo. Llamó al atelier para avisar que no iría ese día y salió rumbo a la oficina. — ¡Voy a sorprenderlo!.Y salio. Entró sin problema. La recepcionista la saludó con familiaridad. Lo raro fue no ver a la secretaria. Siempre estaba ahí. La oficina de Luis era amplia. Un pequeño living adelante, el despacho al fondo. La puerta estaba cerrada. Ofelia sonrió, imaginando a Luis con el reloj puesto. Pensó, tonta y feliz: se lo compré porque se lo merece. Es tan trabajador y hace tanto por su familia. Entreabrió la puerta. Primero vio el reloj. Su reloj.. La caja estaba abierta tirada en el suelo y sobre el sofá como si no valiera nada con la correa torcida. Como si lo hubieran arrancado a las apuradas. El estómago se le cerró. Pensó algo estúpido. Se lo olvidó por eso quedó lo dejo así. Después escuchó un ruido en el baño. Respiración agitada. Gemidos. —Si así Luis…si..si.No pares. — Oh si ...Natalia El nombre le explotó adentro. Avanzó dos pasos. Los vio. Completamente desnudos. Las manos de él enredadas en el cabello de ella. Las piernas de Natalia estaban rodeandolo. El movimiento. El olor a sexo entreverado con el perfume de ella. No la habían escuchado entrar. Ofelia se quedó quieta, mirando cómo la traición no era un accidente. Era habitual.Ellos la estaban traicionando… El cerebro se le apagó en un segundo. —Ofelia… La voz de Luis sonó falsa. Natalia se giró despacio. No se cubrió. Ni fingió vergüenza. Solo se acomodó el cabello detrás de la oreja. —Uy —dijo—. Llegaste antes de lo que me dijiste. Y como la burla no le alcanzó— .¿No tenías que estar trabajando? Eso fue lo que la terminó de romper por dentro. No fue ver la infidelidad. No fue ver la traición. Sino entender que sabía. —¿Vos…? —balbuceó Ofelia—. ¿Vos no estabas…? —De luto —terminó Natalia—. Sí. Pero el luto no apaga las necesidades, Ofe. Y sonrió. Luis dio un paso hacia ella. —Esto no es lo que parece… —¿Desde cuándo? —preguntó Ofelia. Silencio. Natalia apoyó la mano en el hombro de Luis. —No le mientas más —dijo—. Ya confió demasiado. —Ofe yo…. Le dijo Luis vistiéndose rápido. Ofelia miró el reloj. —¿No te gustó el reloj? —preguntó—. Porque ella me ayudó a envolverlo y sabía que yo iba a venir. Natalia inclinó la cabeza. —Siempre quise ayudarte —dijo—. En todo. Ahí Ofelia se dio media vuelta y salió. En el pasillo, las piernas le fallaron. Se apoyó contra la pared. Vio que el mundo seguía funcionando alrededor. Ella no. Pensó en su madre en todas las advertencias que le hizo acerca de Luis. Y en lo segura que estaba de su amor. Se secó la cara. No iba a morir por esta traición . Pero algo en ella acababa de hacerlo.Capitulo 95 Cuando la verdad rompe la mente La noche en la cárcel era siempre igual. Pesada. Lenta. Interminable. Natalia Píriz llevaba casi dos meses allí. Dos meses en los que el mundo se había reducido a cuatro paredes húmedas, una cama de hierro y una pequeña ventana con barrotes por donde apenas entraba la luz. El aire olía a encierro, a desinfectante y a tristeza acumulada. El silencio del pabellón femenino no era completo. Siempre había algo. Una tos lejana. Un llanto ahogado. El sonido metálico de alguna puerta. El arrastre de unas pantuflas contra el piso frío. Un susurro que moría antes de convertirse en palabra. Pero esa noche Natalia no escuchaba nada de eso. Estaba sentada en la cama angosta de la celda. Con el cabello recogido en un rodete desprolijo, mechones sueltos pegados a su frente por el sudor. Las manos sobre su vientre. Acariciándolo lentamente. Como si ese gesto fuera lo único que aún la mantenía cuerda. Su embarazo ya era evidente. El unifo
CAPÍTULO 94 El deseo de Ofelia Desde esa última videollamada que hizo Ofelia con Gaspar, algo dentro de su corazón había cambiado. Había visto el cansancio apagándose lentamente en los ojos del abuelo, esa fragilidad que él intentaba esconder detrás de bromas y sonrisas que cada vez le costaban más sostener. Y desde el momento en que la idea empezó a crecer dentro de ella, sentía que no llegaba a tiempo y eso le estaba dando mucha ansiedad. Lissandro no tenía idea de lo que estaba pasando en su corazón. No sabía lo que Ofelia había decidido en silencio, guardándolo como un pequeño secreto lleno de esperanza. Ofelia empezó a esperar. El primer mes no funcionó… y este mes temía lo mismo. Que llegara su período. Los días se volvían más largos cuando se acercaba esa fecha. Miraba el calendario. Contaba los días. Esperaba que los síntomas aparecieran y que pudiera dar esa gran sorpresa a Lissandro y, sin duda, a su abuelo. Ya habían pasado casi dos meses de su matrimonio.
Capítulo 93 La calma antes del caos El regreso de Buenos Aires había sido un cambio enorme entre ellos. No fue una transformación brusca ni una decisión anunciada en voz alta, simplemente algo empezó a acomodarse entre los dos de una manera natural. De pronto, la casa empezó a sentirse habitada de otra manera. Era el ruido cotidiano de una vida que se acomodaba sola, el sonido de la cafetera por la mañana, las puertas del vestidor abriéndose casi al mismo tiempo, las llaves que uno dejaba sobre la mesa y que el otro encontraba después. Pequeños gestos, pequeñas rutinas que, sin darse cuenta, iban construyendo una vida compartida. Ofelia sabía que era la vida que quería. Cuando firmó aquel contrato nunca creyó llegar a ser tan feliz: le gustaba despertarse y saber que Lissandro estaba allí junto a ella. Lo adoraba y Lissandro cada día le demostraba que ella era lo más importante para él. A veces la miraba como si todavía no pudiera creer que ella estuviera allí, compartiendo la casa,
CAPÍTULO 92 El orgullo en primera fila Lissandro se subió al avión y su parada final fue Buenos Aires. El desfile de su esposa lo esperaba allí, sentía esa mezcla de ansiedad y orgullo que solo aparece cuando alguien ama profundamente lo que el otro está logrando. Iba acompañado de Rodrigo, que también estaba desesperado por llegar a ver a Diana. No pudieron llegar antes. El trabajo y la reunión en la sede de São Paulo habían sido pesados, más largos de lo esperado. Habían sido horas tensas, cargadas de decisiones empresariales, discusiones entre socios y silencios incómodos que solo existen cuando hay demasiado dinero y poder en juego. Habían pasado horas entre informes, discusiones y decisiones del consorcio que nadie quería dejar para otro día. Rodrigo se acomodó en su asiento mientras el avión comenzaba a descender. —Bueno… por lo menos les hablaste claro —le dijo—. Que nadie vuelva a hablar de la cláusula de heredero. Lissandro asintió con seriedad. —Era nece
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